Año 2009


 

INTERVENCIÓN DEL SR. ARZOBISPO EN EL

FORO COPE CASTILLA-LA MANCHA

Toledo, 2 de diciembre de 2009

Deseo saludar a cuantos se encuentran en este hermoso lugar de la ciudad de Toledo, que han querido participar en este nuevo Foro COPE. Quien les habla es el Arzobispo de esta archidiócesis, en la que tengo poco recorrido, pero ya intenso, como pastor toledano… y extremeño. Mis respetos igualmente para cuantos nos ven por Popular TV en sus casas. Tengo poca experiencia en programas de este estilo y espero no defraudarles. En cualquier caso, he aceptado hablarles y responder a las preguntas que se me hagan más tarde únicamente como parte de mi tarea de Obispo. No me mueve otro motivo.

La razón de ser de mi vida es conocer y anunciar a Jesucristo, Hijo de Dios. Estoy convencido de que no hay nadie que valga más que Él y de que es capaz de llenar el corazón humano. La vida de los hombres y mujeres necesita de Él, pues Cristo es lo mejor que le ha sucedido al mundo y anunciar su Evangelio y su Presencia entre nosotros llena toda mi vida, a pesar de mi debilidad e incluso de mi pecado. Él está vivo. En la mañana de Pascua, primero las mujeres y luego los discípulos tuvieron la gracia de ver al Señor. Desde entonces supieron que el primer día de la semana, el domingo, sería el día de Él, de Cristo. Y el día del inicio de la creación sería el día también el día de la renovación de la creación. Creación y redención caminan juntas en la más genuina tradición cristiana.

Porque ya desde antiguo llamó Dios a Abraham y le mandó salir de su tierra, para constituirle padre de todas las naciones. Quiso Dios suscitar también a Moisés para librar a su Pueblo y guiarlo a la tierra prometida. Pero en la etapa final de la historia, ha enviado a su Hijo, Jesucristo, para redimirnos del pecado y de la muerte; y ha derramado el Espíritu Santo, para hacer de todas las naciones un solo Pueblo nuevo, que tiene como meta su Reino/Reinado, como característica, la libertad de sus hijos y como ley, el mandamiento del amor.

Ese Pueblo nuevo es la Iglesia, en la que está Cristo de muchas maneras. Una de estas maneras es la que Él tiene en la persona de los Obispos, que actuamos en su nombre como Cabeza de la Iglesia, para que sea posible la alianza definitiva. Presididos en el amor los Obispos por aquel en el que hoy vive Pedro, el Obispo de Roma, cada Obispo sabe que en la Iglesia particular o Diócesis que preside –en este caso Toledo- acontece la Iglesia de Jesucristo, una, santa católica y apostólica. No somos una sucursal de la Iglesia central que estaría en Roma, pues cada Obispo se inserta en la cadena de sucesión de los pastores que antes pastorearon en nombre de Cristo. Somos una comunidad diocesana compuesta por muchos hombres y mujeres, la mayor parte de sus miembros son fieles laicos, a los que sirven el Obispo, los presbíteros o sacerdotes y los diáconos.

El pastoreo del Obispo y los sacerdotes es un servicio imprescindible para los demás fieles, incluidos los religiosos. Pero es eso: un servicio, no una dignidad o, en el caso del Obispo, el fin de una carrera eclesiástica. Yo entiendo mi servicio de pastor no como una situación privilegiada de la que saco provecho; tampoco como el ejercicio de un poder, ni como una realidad a la que haya llegado por influencias. No es un poder político, al haber sido elegido por la mayoría, aunque esto es perfectamente legítimo en otros ámbitos de la vida de nuestra sociedad.            

En realidad, en el cristiano no hay separación en su persona entre su fe y su hacer. Mejor, no debería haberlo; si lo hay, es que existe en él el pecado y la debilidad, porque el que acepta a Cristo, lo acepta con todo lo que esto supone. No va diciendo por ahí que su fe se ha de quedar en su interior y no salir a la vida pública o que su fe nada influye en la manera de posicionarse en la sociedad civil donde los cristianos estamos. No se es cristiano a ráfagas o cuando me interesa. Seremos pobres y débiles, pero no queremos actuar con doble personalidad.

Como católico y como Obispo de la Iglesia Católica, veo que está bien que haya separación entre la Iglesia y el Estado. Es saludable. Y lo tengo en cuenta. No entiendo esta separación, es verdad, como confrontación ni como un irenismo, sino como una colaboración con los poderes públicos, en la que puede haber tensiones e incomprensiones y puntos de vista distintos al analizar la realidad. Y esto no por razones confesionales, sino atendiendo a la realidad que nos circunda, pues en ella también hay una gramática que permite una lectura en la que puedo coincidir con otros hombres y mujeres que no sean católicos. Acepto, pues, con respeto a las autoridades de nuestro municipio, de nuestra provincia, de nuestra Autonomía y de nuestra Patria. Quiero actuar en el ámbito que me compete y deseo que en él tenga libertad para actuar y enseñar a mi Pueblo.

Mi actuación no está en el ejercicio del poder político. Lo cual no significa que piense que la Iglesia no debe tener un papel social en esta sociedad plural. La Iglesia Católica de Toledo tiene una visibilidad, pues ciudadanos son sus hijos; no es una realidad puramente espiritual, si por este concepto se entiende el ámbito de la pura conciencia. En sana libertad religiosa la Iglesia católica, sin querer privilegios y sin aceptar ingerencias, tiene una actuación pública y social, pero no practica política de partidos. Esta es una actividad legítima, pero no es competencia de la Iglesia y sus instituciones.

Otra cosa es que los hijos de la Iglesia, como ciudadanos, actúen en la vida social y pública y defiendan puntos de vista a partir de la experiencia humana, aunque su fe refuerza, como es lógico, sus convicciones humanas, que puede compartir con otros seres humanos, aunque no compartan su fe. Los creyentes participamos de los problemas, los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de nuestro tiempo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de un verdadero cristiano.

Ya el Concilio Vaticano II reconocía la autonomía de las realidades creadas, y que el Estado, el Gobierno de la nación y los distintos poderes públicos tienen una tarea propia que realizar que no debe ser suplida por la Iglesia; pero también afirmaba que la realidad o, si se quiere, la humanidad no sólo es servida desde los poderes públicos: Iglesia y Estado o poderes públicos sirven a los mismos hombres y mujeres desde ángulos diferentes, pero no necesariamente opuestos, es decir, pueden coincidir en algunos punto o divergir en otros. Creo que esa es una buena concepción de la llamada “laicidad”; no me refiero al laicismo, que es otra cosa.

Es clarificador lo que dice GS 76: “La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diferente título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre y de la mujer. Este servicio la realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto mejor cultiven ambas entre sí una sana cooperación habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo”.

Quiero decir que a mí no me compete la lucha política o la confrontación partidista. No es ése, creo, el ámbito de los pastores de la Iglesia. Sí debe ser el ámbito de los fieles laicos cristianos, a partir de su persona que ha sido alcanzada por Cristo y goza de la vida nueva que trae su Iniciación cristiana. Lo cual no quiere decir que yo, como Obispo, vea cuanto sucede en nuestra sociedad plural y me calle ante todo cuanto sucede en ella, porque lo mío es “la cosa de la religión”. Puedo –espero- y debo iluminar a mi pueblo y hacer juicios, no prejuicios, sobre lo que acontece en esta sociedad. Podré argumentar a los católicos desde la doctrina de la Iglesia e indicarles cómo han de actuar en esta o aquella cuestión, pero también utilizar mi razón y opinar sobre sucesos, acontecimientos, leyes, programas, actuaciones que acontecen en la sociedad donde vivo. Eso sí, sin imponer mi criterio personal.

Por ejemplo: yo no sé nada de teoría económica ni de planes de cómo salir de la crisis que padecemos, pero sí afirmar que la economía tiene un contenido moral que, si se olvida, es peligroso para la dignidad humana; que la ganancia no es la única razón de la actividad económica, ni la discriminación de pueblos o países, sectores de la humanidad o grupos de riesgo.

A mí no se ocurre pensar que tengo algún papel en la actividad legislativa del Parlamento Español o los parlamentos regionales. Pero me preocuparía que no pudiera opinar sobre esta o aquella ley o en cómo puede afectar a la humanidad, de la que forman parte por cierto los miembros de la Iglesia, pues son conciudadanos con los que no se consideran como tales. Hacen bien los legisladores en legislar, pero deben aceptar opiniones, críticas constructivas y puntos de vista diferentes de los que vienen de las mayorías o minorías. Yo también deseo que no me digan cómo tengo que gobernar o actuar en el ámbito de mis competencias, pero entiendo que mis actuaciones puedan ser criticadas o que se me aconseje en este o aquel punto a la hora de tomar una determinada medida de gobierno.

Pienso que ya no debo de cansarles más en mi discurso. Es tiempo de pasar a contestar algunas de las preguntas que los asistentes hayan tenido a bien hacer. Muchas gracias.