Homilía del
Sr. Arzobispo de Toledo, Primado de España,
en la
solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Jornada
Mundial de la Paz
1 de enero
de 2010
Santa
Iglesia Catedral Primada
En la liturgia del 1º de enero nuestra mirada sigue fija
en el gran misterio de la encarnación del Hijo de Dios, mientras, con
relieve especial, contemplamos la maternidad de la Virgen María. Es verdad
que, tras pasar a un año nuevo, el fin del año civil se entrecruzan en
nosotros dos perspectivas distintas: la primera, vinculada a la
nochevieja; la segunda, a la solemnidad de María santísima Madre de Dios,
que concluye la octava de la santa Navidad. El primer acontecimiento es
común a todos; el segundo es propio de los cristianos.
La primera perspectiva, muy sugerente, está vinculada a la
dimensión del tiempo. En las últimas horas de cada año solar asistimos al
repetirse de algunos “ritos” mundanos que, en el contexto actual, están
marcados sobre todo por la diversión, con frecuencia vivida como evasión
de la realidad, como para exorcizar los aspectos negativos y favorecer
improbables golpes se suerte.
La actitud de la comunidad cristiana ha de ser diferente.
Y no siempre es así. Porque la Iglesia está llamada a vivir las horas
últimas del año haciendo suyos los sentimientos de la Virgen María.
Juntamente con Ella, en este primero de enero, estamos invitados a tener
fija la mirada en el Jesús Niño, nuevo Sol que ha surgido en el horizonte
de la humanidad y no lo ha abandonado; nosotros, confortados por su luz,
estamos también invitados a presentar con presteza a este Niño “las
alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y
mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los
afligidos” (GS, 1).
En la segunda lectura de hoy (Gál 4,4-7), el Apóstol alude
de un modo muy discreto a la mujer por la que el Hijo de Dios entró en el
mundo: María de Nazaret, la Madre de Dios, la Theotókos. Al inicio,
pues, de un nuevo año se nos invita a entrar en su escuela, en la escuela
de la fiel discípula del Señor, para aprender de Ella a acoger en la fe y
en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían
en su amor misericordioso. Hagámoslo.
La salvación es don de Dios. En la primera lectura (Num
6,22-27) esta salvación se presenta como bendición: “El Señor te bendiga y
te proteja (…); el Señor se fije en ti y te conceda la paz”. Es la
bendición que los sacerdotes del AT solían invocar sobre el Pueblo al
final de las grandes fiestas litúrgicas, especialmente en la fiesta del
año nuevo. Es un texto denso, marcado por el nombre del Señor que viene,
repetido al inicio de cada versículo. Pero una bendición del Señor tiende
a realizar lo que afirma. En efecto, en el pensamiento semítico la
bendición del Señor produce, por su propia fuerza, bienestar y salvación,
como la maldición procura desgracia y ruina.
La Liturgia de la Iglesia, al presentarnos nuevamente esta
antigua bendición en el inicio del año solar, es como si quisiera
impulsarnos a invocar también nosotros la bendición el Señor para el nuevo
año que comienza, a fin de que sea para todos nosotros una año de
prosperidad y paz. ¡La paz! Este gran anhelo del corazón de todo hombre y
mujer se edifica, día tras día, con la aportación de todos. No olvidemos
aquel sabio consejo del Vaticano II: La humanidad no logrará “un mundo más
humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser
que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz” (GS,
77). Pero nuestra sociedad soporta con dificultad la verdad.
Sería bueno convencernos de que “En verdad, la paz –como
decía el Santo Padre el 31.12.2008- donde y cuando el hombre se deja
iluminar por el resplandor de la verdad, emprende él de modo casi natural
el camino de la paz”. Ahí tenemos una realización concreta y adecuada de
eso se ve en el pasaje evangélico que acaba de proclamarse, en el que
hemos contemplado la escena de los pastores en camino hacia Belén para
adorar al Niño (cfr. Lc 2,16). ¿No son los pastores, que el evangelista
san Lucas describe en su pobreza y en su sencillez obedeciendo al mandato
del ángel y dóciles a la voluntad de Dios, la imagen más fácilmente
accesible a cada uno de nosotros del hombre y la mujer que se deja
iluminar por la verdad, capacitándose así para construir un mundo de paz?
Es muy ilustrativo, en este sentido, lo que dice Benedicto
XVI en el mensaje para la XLIII Jornada Mundial de la Paz: Señala el Santo
Padre que “cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer
lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se
corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la
responsabilidad. En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la
humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre (…).
Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor
del Creador, ese amor que `mueve el sol y las demás estrellas´” (n. 2).
Volvamos al evangelio de hoy. Nos dice san Lucas: “María
conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). El
primer día del año está puesto bajo el signo de una mujer, María. El
tercer evangelista la describe como la Virgen silenciosa, en constante
escucha de la Palabra eterna, que vive de la Palabra de Dios. María
conserva en su corazón las palabras que vienen de Dios y, uniéndolas como
en un mosaico, aprende a comprenderlas. En su escuela queremos aprender
también nosotros a ser discípulos atentos y dóciles del Señor.
Con su ayuda maternal deseamos comprometernos, como hijos
de la Iglesia de Toledo, a trabajar solícitamente en la “obra” de la paz,
tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. 2010 es año de Congreso
Eucarístico, de mostrar y valorar la Presencia de Cristo Sacramentado en
medio de nuestra comunidad cristiana, para que los jóvenes tengan a
Alguien en quien confiar y apoyar su vida. Los jóvenes son nuestro empeño:
nuestro primer empeño y tarea pastoral es que a ellos sea anunciado el
Dios vivo, el Dios que se revela a su Pueblo, el Dios de nuestros padres,
el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, que está
con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Una vida sin nuestro
Dios es una vida truncada.
A Nuestra Señora encomendamos la vida de nuestros
sacerdotes en este año sacerdotal; también la de los fieles y consagrados
de nuestra Iglesia; las dificultades de los padres, los problemas de la
transmisión de la fe, la presencia de los cristianos en la vida pública,
la suerte de los no nacidos en riesgo de ser abortados, el dolor de los
pobres y los enfermos, la fe sentida de los mayores. Siguiendo el ejemplo
de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por
Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Heb 13,8). Amén.