Escrito dominical, el 17 de enero
En la Iglesia nadie es extranjero, y la Iglesia no es
extranjera para ningún hombre y mujer», dijo ya hace 15 años Juan Pablo II.
Son unas palabras rotundas, que expresan cuál tiene que ser la acogida de
los cristianos de aquellas personas que llegaron hace más o menos tiempo a
nuestra Patria en busca de trabajo y están en nuestros pueblos y ciudades,
muchos con grandes problemas y en situación de empobrecidos. Muchos de
ellos vinieron porque habían sido invitados a venir; otros, sufriendo
verdaderos calvarios y desgarrones de la vida; algunos, no pocos, murieron
en el intento.
Lo que debe hacer el Estado o los distintos gobiernos
regionales, provinciales o locales nos interesa, claro está, porque son
seres humanos con derechos; pero es responsabilidad de ellos, y algunos
programas con inmigrantes se están haciendo conjuntamente. ¿Qué tenemos
que hacer los católicos? Esa debe ser nuestra preocupación. Uno puede
pensar: ahí está Cáritas diocesana, interparroquial o parroquial, que se
ocupen de ellos, que ya habrá algún recurso. Y es verdad, los migrantes
necesitan de Caritas, con sus programas de inmigrantes, ayudas a papeleos,
situaciones de emergencia. ¿Basta con esto? No, en absoluto.
En primer lugar, los inmi-grantes son personas que no
necesitan únicamente comer y malvivir: tienen unas necesidades de su
espíritu, son hijos de Dios y necesitan acogida, todos, sean quienes sean.
Pero muchos son católicos, como tú y yo, con los mismos derechos y deberes
que los demás católicos. ¿Quién cuida de su fe, de su amor, de su
necesidad de amor, de expresar su fe en su cultura?
El Secretariado Diocesano de Migraciones trabaja duro y
bien, sobre todo en Talavera y Toledo. Están organizados, tienen servicios
y atención a inmigrantes, en unión con Cáritas; coordinan el Centro
sociocultural María Inmaculada en la plaza de san Antonio, 2, de Toledo;
está la Casa de acogida «Santa Lioba, del instituto secular Misioneras
Seculares de san Bonifacio, en la avenida Pío XII, 114, de Talavera; está
el Asilo San Prudencio, de las Hijas de la Caridad, en la calle Río Tajo,
2, también de Talavera; organiza actividades concretas en algunas
parroquias y está en contacto con los servicios religiosos de católicos
ucranianos y los hermanos ortodoxos rumanos y búlgaros. Una estupenda
realidad. Para este domingo preparan la celebración de la Santa Misa en la
Catedral a las 12 horas, presidida por mí mismo, en la que unos niños
serán bautizados.
Pero no basta. Los inmi-grantes y su atención no es la
tarea sólo de estos grupos, es la de toda la comunidad católica, sobre
todo de todas las parroquias donde viven inmigran-tes. En las actividades
parro-quiales no debe quedar como un apéndice esta atención pastoral y
humana.
El Secretariado Diocesano ha elaborado materiales para
que en estas parroquias se haga un proyecto pastoral con in-migrantes, que
entre en la programación pastoral ordinaria de la parroquia. Debe ser del
interés de todos. Pedid esos materiales, estudiarlos. Hay que afrontar la
atención pastoral con un nuevo estilo.
Termino esta página con este texto del Papa Juan Pablo
II: «La parroquia representa el espacio en el que puede llevarse a cabo
una verdadera pedagogía del encuentro con personas con personas de
convicciones religiosas y culturas diferentes. En sus diversas
articulaciones, la comunidad parroquial puede convertirse en lugar de
acogida, donde se realiza el intercambio de experiencias y dones, y esto
no podrá por menos de favorecer una convivencia serena, previniendo
peligros de tensiones con inmigrantes que profesan otras creencias
religiosas» (Jornada Mundial del Emigrante 2002).
Dios os bendiga en este necesario trabajo para el bien
de nuestros hermanos inmigrantes.