Homilía en
la fiesta de Santo Tomás de Aquino
Instituto
Superior de Estudios Teológicos San Ildefonso
Toledo, 28
de enero
Decía G. K.
Chesterton que uno de los males de nuestro tiempo consiste precisamente en
el hecho de que cuando las cosas van mal, recurrimos al experto. Éste, en
nuestra sociedad, es la persona que sabe cómo funcionan las cosas y es
capaz, por tanto, de mejorar su eficiencia y rendimiento. Pero en una
situación grave, lo que necesitamos no es preguntar el cómo, sino el
porqué y tener el coraje de plantear grandes preguntas que afectan a los
fines y no a los medios. En una situación excepcional, lo que hace falta
es el hombre poco práctico, el contemplativo, aquel que se ha dedicado a
considerar el por qué y el para qué de las cosas.
Algo de esto
hizo santo Tomás en un siglo apasionante como fue el siglo XIII,
injustamente vilipendiado, tanto en París como dentro de los muros de su
convento. Si nadie pregunta por qué o para qué existen las cosas, hombres
como santo Tomás, qué sí hizo esas preguntas desde una fe ardiente, son de
una valía inimaginable. Vosotros, como estudiantes de teología católicos,
no habéis de preguntaros sólo cómo hay que hacer para mejorar el
rendimiento. Este es el trabajo del experto, del hombre y la mujer de los
medios (no me refiero a los MCS); vosotros debéis contemplar los fines.
Mirad este
párrafo de la Ex Corde Ecclesiae: “Por su vocación, la Universitas
magistrorum et scholarium se consagra a la investigación, a la
enseñanza y a la formación de los estudiantes, libremente reunidos con sus
maestros animados todos por el mismo amor al saber. Ella comparte aquel
gaudium de veritate, tan caro a san Agustín, esto es, el gozo de
buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla en todos los campos del
conocimiento. Su tarea privilegiada es la de unificar existencialmente en
el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se
tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la
certeza de conocer y la fuente de la verdad” (Juan Pablo II, Ex Corde
Ecclesiae, n. 1)
La
Universidad, ni el Instituto Teológico San Ildefonso, son una fábrica de
titulados, ni ha de regirse sólo por criterios de eficiencia y
rendimiento económico, por muy necesarios que éstos sean. Sus alumnos no
son “jóvenes profesionales”, como pomposamente proclama la publicidad de
alguna Universidad, buscando arrancar clientes a la competencia. Y quienes
en estos centros enseñan no son funcionarios, sino profesores, es decir,
aquellos que han hecho profesión de consagrarse al estudio de la verdad.
Decir Universidad es decir universalidad en el saber; decir Instituto
Teológico es decir pasión por el conocimiento de la Revelación en toda su
extensión, para superar la fragmentación de saberes en que tiende a
encerrarse el conocimiento. No se puede quedar uno tranquilo únicamente
con el mero aprobar las diferentes asignaturas.
El
conocimiento en toda su extensión es sumamente importante para la
humanidad. Por no tenerlo en cuenta la historia nos ha mostrado horrores,
que pueden repetirse. En este sentido, recuerdo que, después del 11 de
septiembre 2001 en Nueva York leí este comentario de un ateo convencido:
“Os lo habíamos dicho, ¿habéis visto a lo que llevan las religiones,
todas, y no sólo la islámica?”; o este otro: “Al espíritu humano no le
faltan enemigos, pero la creencia en Dios, en cualquier Dios, es uno de
los más corrosivos” (J. Saramago). El ateísmo liberador nos han arengado
de esta guisa: “Las religiones –todas, sin excepción- nunca servirán para
reconciliar a los hombres. Al contrario, han sido y serán causa de
inenarrables sufrimientos, de matanzas, de monstruosas violencias físicas
y espirituales. Son uno de los más tenebroso capítulos de la historia
humana”.
Hay que
mostrar y demostrar que las “religiones” no son todas iguales, como no son
iguales las distintas actividades económicas, sociales, o las formas de
pensamiento o los fundamentos gnoseológicos. Hay cierta diferencia entre
la liturgia del degüello en masa de jóvenes sobre los altares-pirámides de
los Aztecas y la liturgia eucarística de un altar católico; entre Bin
Laden y el Papa Benedicto XVI.
¿Qué pasó
cuando se trató de extirpar la religión de la sociedad y del corazón de
los hombres? ¿Acaso se desplegó entonces el reino de la paz, de la
humildad, de la fraternidad, de la convivencia justa y armoniosa? Los
hechos muestran lo contrario: “Cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra
se llena de ídolos” (K. Barth).
Lo repetimos:
hay religión y religión. No toda concepción de lo divino es siempre y de
cualquier manera aceptable. Hay una religiosidad inquietante, hay también
formas oscuras de una supuesta fe. No cualquier escritura sagrada o
cualquier Dios valen lo que otro. Erradicar toda religión puede traer
malas consecuencias. Si España no tiene el valor de afrontar de nuevo
preguntas sobre el significado de la vida y los fundamentos de la
moralidad, y asentarse en consecuencia en esas normas morales
incondicionales, ¿quién nos garantiza que no vuelvan a surgir viejos
fantasmas, viejos conflictos? ¿No necesitaremos muchos Aquinatenses, que
piensen en los fines y no sólo en el cómo utilitarista? Yo quiero
pedírselo al Señor por medio de este benefactor de la humanidad, santo
Tomás, el Grande.
Para este día
28 de enero, el Martirologio Romano indica: “Memoria de santo Tomás de
Aquino, presbítero de la Orden de Predicadores y doctor de la Iglesia,
que, dotado de gran inteligencia, con sus discursos y escritos comunicó a
los demás una extraordinaria sabiduría”. La suya no fue sabiduría que
pueda confundirse con engreimiento o prurito intelectual, sino beber de la
fuente de la Sabiduría del Padre que es Cristo, para poder dar a los demás
cristianos que la fe tiene su comprensión sin desposeerla del misterio,
ante el cual los hombres siempre balbuceamos. “De nada nos podemos
jactar”, dice san Agustín, buen conocedor de la búsqueda incompleta cuando
falta la gracia de Dios.
Pedimos por
nuestro Instituto Teológico San Ildefonso, por el Instituto Superior de
Ciencias Religiosas Santa María; por vosotros, sus alumnos. El resto de
nuestra Iglesia espera de vosotros, futuros presbíteros o los demás fieles
que aquí estudiáis, que tengáis la valentía de no ocultar la luz de la fe
a nuestro mundo, sino que mostréis, también con vuestro estudio y
comprensión, la infinita riqueza del Dios uno y trino, que ha abierto su
intimidad para que conozcamos su amor.