Benedicto XVI ante el Cuerpo Diplomático: Un discurso para la reflexión
Escrito dominical, el 31 de enero
Acabamos el mes de enero 2010, un mes de inicio, de
alegrías y dificultades, de acontecimientos y de deseos de un futuro
favorable a corto plazo, esto es, durante el año que comenzó el día uno de
enero, 2010. Quiero referirme a un tradicional discurso del Santo Padre,
dirigido al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en el que se
reflexiona sobre el año en curso. Un apunte interesante es que la Iglesia
está abierta a todos porque, en Dios, ella existe para los demás; comparte
así intensamente la suerte de la humanidad que, en este año apenas
comenzado, aparece todavía marcada por la crisis dramática que ha golpeado
a la economía mundial, provocando todavía una grave y vasta inestabilidad
social.
¿Seremos capaces de buscar las raíces profundas de esta
situación en la vigente mentalidad egoísta y materialista, que no tiene en
cuenta los límites inherentes a toda criatura y, por tanto, desprecia la
misma dignidad humana? El Papa se atreve a afirmar lo que tantas veces ha
dicho: la negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana, e
incluso devasta también la creación. Si se quiere construir una verdadera
paz, ¿cómo se puede separar, o incluso oponer, la protección del medio
ambiente y la de la vida humana, comprendida la vida antes del nacimiento?
El ser humano representa lo más noble del universo. Eso es lo que expresa
la reacción inmediata de la humanidad a socorrer a las víctimas del
terremoto de Haití. He quedado impresionado de la alegría que muestras los
rostros de los que han rescatado vidas, sobre todo de bebés, de entre los
escombros de Puerto Príncipe.
Por cierto, la salvaguarda de la creación implica una
gestión correcta de los recursos naturales de los países y, en primer
lugar, de los más desfavore-cidos económicamente. Ahí está el continente
africano o el mismo Haití. ¿Acaso olvidamos que la lucha por acceder a los
recursos naturales es una de las causas de numerosos conflictos en esos
países? Sí, la protección de la creación es un factor importante de paz y
justicia. Pero si éstas se olvidan, y aumentan los gastos militares, así
como el mantenimiento y desarrollo de los arsenales nucleares, ¿dónde
queda el desarrollo de los pueblos más pobres? Curiosamente luego nos
extraña que no se consiga la paz en esas zonas del mundo. No se puede
evitar la espiral de violencia que surge aquí y allí, sin que se lleve a
cabo por los gobiernos poderosos del planeta el deseo de acabar con las
plagas de la pobreza y el hambre, sin afrontar las catástrofes naturales y
la destrucción del medio ambiente. No se puede decir hipócritamente que
hambre y pobreza tiene que ver exclusivamente con población o índices de
natalidad altos en los países del subdesarrollo. Hay algo más profundo que
los poderes públicos no quieren reconocer.
El Papa afirma que las raíces de todas estas
situaciones nos son de tipo únicamente económico; está en vista de todos:
son de tipo moral y los problemas tienen que ser afrontados en el marco de
un gran esfuerzo educativo, con el fin de promover un cambio efectivo de
la mentalidad y establecer nuevos modelos de vida.
En todos estos temas, hay que decir que la comunidad
cristiana católica puede y quiere participar, pero para participar es
necesario que se reconozca su papel público. Lamentablemente, en ciertos
países, sobre todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y
culturales, así como en los medios de comunicación social, un sentimiento
de escasa consideración, como si la fe católica sólo valiera para la
esfera personal. Es urgente, pues, concluye el Papa definir una laicidad
positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden
temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un
espíritu de de responsabilidad compartida