Escrito dominical, el 7 de febrero
El pasado día 2, Presentación de Jesús en el Templo
(Fiesta de las Candelas), celebramos en toda la Iglesia la Jornada Mundial
de la Vida Consagrada. ¿Qué significado tiene semejante jornada? ¿Por qué
celebrarla? Es muy sencillo: en la Iglesia de Jesucristo existe un sin fin
de posibilidades de seguir a Jesucristo, a cuya vida resucitada hemos sido
agregados como miembros de la Iglesia. Todos formamos la Asamblea de los
fieles cristianos que tenemos como Cabeza a Cristo, el Hijo Primogénito
del Padre Dios; pero «a lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y
mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu,
han elegido el camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a
Él con corazón indiviso (cf. 1 Cor 7, 34)».
Ellos, como los Apóstoles, han dejado todo para estar
con Cristo y ponerse, como Él, al servicio de Dios y de los hermanos. De
este modo han contribuido a manifestar el misterio y la misión de la
Iglesia con los múltiples carismas de vida espiritual y apostólica que les
distribuía el Espíritu Santo, y por ello han cooperado también a renovar
la sociedad. Estamos hablando, pues, de monjes y monjas, de frailes y
religiosos (sean o no sacerdotes), de variadísima comunidades de
religiosas que viven según los ca-rismas propios (misiones, enseñanza,
vida apostólica, dedicación a los más pobres, a los ancianos, a hogares
donde se viva el amor de Dios, hospitales y asistencia sanitaria). Pero
también de institutos seculares masculinos y femeninos en los que, como
fieles laicos, viven su consagración; del Orden de la vírgenes, tan
antiguo y tan nuevo en la Iglesia; de nuevas formas de vida religiosa,
etc.
Yo me admiro de esta enorme riqueza de la Iglesia,
aunque lo entiendo porque Cristo es inabarcable y ¡ha llamado de tantas
formas y por caminos preciosos y misteriosos a su seguimiento! Decía el
Papa Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza que la vida es como
un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje
en que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Pero las
verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir
rectamente. Ellas son luces de esperanza. Es verdad, sin embargo, que
Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre
todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar a Él ha querido que
necesitemos también de luces cercanas, personas que dan luz reflejando la
luz de Cristo. Son los fundadores y fundadoras de esas comunidades, o el
inicio de esas formas de vida consagrada tan rica.
Esos hermanos y hermanas consagrados están entre
nosotros, forman parte importante de nuestra Iglesia, de nuestras
parroquias, de nuestros pueblos y ciudades. ¿Los conocemos? ¿Sabemos qué
riqueza nos aportan? ¿Caemos en la cuenta de qué nos faltaría si ellos y
ellas no existieran? ¡Qué pobreza supondría para una Iglesia diocesana que
desaparecieran esas comunidades y personas consagradas! Es muy serio el
problema de las vocaciones de vida contemplativa en nuestros monasterios
de clausura; también lo es la falta de vocaciones de religiosas y
religiosos, hombres y mujeres que se han encontrado con Jesucristo y de
manera incondicional aman y sirven a los demás miembros de Pueblo de Dios,
y se ocupan de dimensiones esenciales de la vida de niños, jóvenes y
mayores. ¿Y qué decir de la atención amorosa a los más pobres que los
consagrados realizan en medio de nuestra sociedad?
Yo oro al Señor para que este carisma de la vida
consagrada no falte en nuestra Iglesia y exhorto, sobre todo a los
sacerdotes, pero también a los padres de familia, que cuiden de estos
carismas y los promuevan. Solemos tender los humanos a la teoría, pero
hace falta ver la realidad de la vida consagrada entre nosotros y ayudarla
a realizarse. Hay muchos cristianos que aprecian, por ejemplo, la vida
monástica, pero poquísimas son la vocaciones españolas (y toledanas) a esa
forma concreta de seguir a Jesucristo.