Año 2010

LOS CONSAGRADOS

 

Escrito dominical, el 7 de febrero

 

El pasado día 2, Presentación de Jesús en el Templo (Fiesta de las Candelas), celebramos en toda la Iglesia la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. ¿Qué significado tiene semejante jornada? ¿Por qué celebrarla? Es muy sencillo: en la Iglesia de Jesucristo existe un sin fin de posibilidades de seguir a Jesucristo, a cuya vida resucitada hemos sido agregados como miembros de la Iglesia. Todos formamos la Asamblea de los fieles cristianos que tenemos como Cabeza a Cristo, el Hijo Primogénito del Padre Dios; pero «a lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido el camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con corazón indiviso (cf. 1 Cor 7, 34)».

Ellos, como los Apóstoles, han dejado todo para estar con Cristo y ponerse, como Él, al servicio de Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a manifestar el misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples carismas de vida espiritual y apostólica que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello han cooperado también a renovar la sociedad. Estamos hablando, pues, de monjes y monjas, de frailes y religiosos (sean o no sacerdotes), de variadísima comunidades de religiosas que viven según los ca-rismas propios (misiones, enseñanza, vida apostólica, dedicación a los más pobres, a los ancianos, a hogares donde se viva el amor de Dios, hospitales y asistencia sanitaria). Pero también de institutos seculares masculinos y femeninos en los que, como fieles laicos, viven su consagración; del Orden de la vírgenes, tan antiguo y tan nuevo en la Iglesia; de nuevas formas de vida religiosa, etc.

Yo me admiro de esta enorme riqueza de la Iglesia, aunque lo entiendo porque Cristo es inabarcable y ¡ha llamado de tantas formas y por caminos preciosos y misteriosos a su seguimiento! Decía el Papa Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza que la vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Pero las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Es verdad, sin embargo, que Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar a Él ha querido que necesitemos también de luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo. Son los fundadores y fundadoras de esas comunidades, o el inicio de esas formas de vida consagrada tan rica.

Esos hermanos y hermanas consagrados están entre nosotros, forman parte importante de nuestra Iglesia, de nuestras parroquias, de nuestros pueblos y ciudades. ¿Los conocemos? ¿Sabemos qué riqueza nos aportan? ¿Caemos en la cuenta de qué nos faltaría si ellos y ellas no existieran? ¡Qué pobreza supondría para una Iglesia diocesana que desaparecieran esas comunidades y personas consagradas! Es muy serio el problema de las vocaciones de vida contemplativa en nuestros monasterios de clausura; también lo es la falta de vocaciones de religiosas y religiosos, hombres y mujeres que se han encontrado con Jesucristo y de manera incondicional aman y sirven a los demás miembros de Pueblo de Dios, y se ocupan de dimensiones esenciales de la vida de niños, jóvenes y mayores. ¿Y qué decir de la atención amorosa a los más pobres que los consagrados realizan en medio de nuestra sociedad?

Yo oro al Señor para que este carisma de la vida consagrada no falte en nuestra Iglesia y exhorto, sobre todo a los sacerdotes, pero también a los padres de familia, que cuiden de estos carismas y los promuevan. Solemos tender los humanos a la teoría, pero hace falta ver la realidad de la vida consagrada entre nosotros y ayudarla a realizarse. Hay muchos cristianos que aprecian, por ejemplo, la vida monástica, pero poquísimas son la vocaciones españolas (y toledanas) a esa forma concreta de seguir a Jesucristo.

 

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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