Año 2010

 

UNA VIDA APASIONANTE (II)

 

Escrito dominical, el 21 de marzo

 

Afirmábamos la semana anterior que el Pueblo cristiano debe conocer el tipo de educación que emprende un joven seminarista hasta que es ordenado presbítero, y describíamos las dimensiones de esa formación para el ministerio ordenado. Quedamos emplazados para esta semana, pues queríamos fijarnos en describir una cualidad que todo sacerdote ha de tener, aprendida en el Seminario: la misericordia.

Nos interesa fijarnos en un significado que designa la misericordia como un atributo propio de Dios por el que perdona los pecados y miserias de sus criaturas; es decir, la misericordia es una modalidad del amor. En el sacerdote, pues, la misericordia es una cualidad de su amor pastoral. Es esa capacidad de dejarnos afectar y movilizar por el sufrimiento, la pobreza, la miseria moral y espiritual, el pecado y las injusticias sociales. Si miramos a Jesucristo, Él tuvo una intención básica en su vida: que sus gestos y palabras reflejaran el modo de amar de Dios.

El origen y fundamento último de la misericordia está en el amor a Dios y al prójimo. Los seminaristas y presbíteros encuentran en los textos bíblicos infinidad de afirmaciones y actitudes de misericordia de Dios, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Impresiona, por ejemplo, el profeta Oseas que declara el amor singular de Dios con Israel, a pesar de su infidelidad.

He aquí sus palabras: «Mi corazón se revuelve dentro de mí y al mismo tiempo se conmueven mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera… porque soy Dios, y no hombre; Santo en medio de ti y no enemigo a la puerta». La consecuencia la encontramos en Jn 3,16: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito».

Bastan estos textos para entender hasta dónde debe llegar el seminarista y el sacerdote en su acción sacerdotal, después asimilar los sentimientos de Jesucristo. En las enseñanzas de Jesús, ¿quién puede olvidar las parábolas del hijo pródigo, la del buen samaritano, la del rico Epulón y el pobre Lázaro, la del siervos sin entrañas, que narra Mt 18,21-35. Es suficiente, pues, leer cualquiera de los cuatro evangelios para ir descubriendo las actitudes de Cristo, el Pastor bueno, para que el futuro pastor aprenda íntimamente cómo serlo.

El sacerdote, por el sacramento del Orden, recibe de Cristo la capacidad que lo pone en condiciones de hacer las veces de Él en la celebración de los sacramentos. Partiendo de esta manera de entender al sacerdote como signo-sacramento que representa y personifica Cristo, Cabeza y Pastor, el pueblo cristiano espera de él: la donación total de sí mismo y el servicio desinteresado a los demás, cultivando con esmero las relaciones interpersonales, sin arrogancias ni polémicas, sino con afabilidad, hospitalidad y, claro está, sinceridad; la preferencia por los más pequeños, los más pobres, defendiendo los derechos y la dignidad del hombre, manifestando el amor misericordioso por los pecadores, creando un ambiente donde se viva el amor fraterno, dialogando con todos y buscando la justicia y la paz; la colaboración y el sentido comunitario, como guía y animador de la comunidad eclesial: con el obispo, con el presbiterio, con los laicos; capaz de coordinar los dones y carismas de la comunidad, con amor a la propia Iglesia y a la comunión misionera.

Este es el horizonte de la formación de los futuros sacerdotes, que, ya ordenados, tienen que poner en práctica con sencillez, sabiendo quién es su Señor, el que les ha llamado a ejercer el misterio de la piedad y la misericordia.

Ese es el estilo de Jesucristo, que permite al futuro sacerdote anunciar el Evangelio a los hombres y mujeres, porque él se ha sentido liberado por la Palabra de Dios; que sabe que, al celebrar los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, realiza el misterio redentor de Cristo; que ejerce el servicio de la caridad, viviendo él mismo la caridad y misericordia del Buen pastor; que celebra y preside la paz y reconciliación de los hombres en la vida y en el sacramento de la Reconciliación, llenándose él mismo de amor y misericordia.

Esta es la tarea del Seminario para formar nuevos sacerdotes. Ese es su fin primordial. Si tú formas parte de la Iglesia, ¿no estarás interesado en ayudar a que tal fin se consiga? Yo te pido tu ayuda, que es sencilla: preocupación, oración, conocimiento de nuestro Seminario. También tu aportación económica: es igualmente necesaria.

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

 

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