Homilía en la
parroquia de San Julián de Toledo, el 24 de marzo
Queridos hermanos:
La humanidad debe
cuidar y favorecer la vida humana, que no puede considerarse como una mercancía
“con la que se comercia y se manipula al propio gusto”, en palabras de Juan
Pablo II. Ante el eclipse del valor de la vida este Papa escribía: “Esto hace
pensar espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de responsabilidad
del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son entre otros, la falta de
solidaridad con los miembros más débiles de la sociedad –es decir, ancianos,
enfermos, inmigrantes y niños- y la indiferencia que con frecuencia se observa
en la relación entre los pueblos, incluso cuando están en juego valores
fundamentales tales como la supervivencia, la paz y la libertad” (Juan Pablo II,
Evangelium Vital, nº 8).
La temática de la
vida no se circunscribe al problema del aborto, aunque las cifras de éste en
España son aterradoras y nos dejan un tanto estupefactos. Pero es necesario ser
lúcidos. No basta con rechazar enfadados que la vida humana concebida sea una
simple agrupación de células. Siempre me ha parecido que en los problemas de la
humanidad hay una responsabilidad de los católicos, porque no vivimos ni
actuamos de forma correcta, de forma que demos respuesta a los que actúan de
forma no correcta en los problemas humanos. Es el pecado de los que nos creemos
buenos.
Ante el tema de la
vida o, si se quiere, el problema del aborto, los católicos tenemos que
formarnos más y mejor y saber argumentar y argumentarnos. Ya sé que el rechazo
de las prácticas abortistas es lo mejor que podemos hacer en este campo. Pero
hay otras cosas que descuidamos, en concreto no tener las ideas claras. Pensamos
con frecuencia, por ejemplo, que los partidarios del aborto pueden tener un
“derecho a decidir”. “¿A decidir sobre qué? –Decía un conocido columnista
católico recientemente- Un niño gestante no es una verruga o un padrastro que
podemos extirpar discrecionalmente; un niño gestante tiene un derecho
inalienable a la vida que nadie puede arrogarse, ni siquiera la madre en cuyo
seno se aloja. No es este un derecho que se derive de tales o cuales creencias
religiosas; es un derecho primario que nace de la solidaridad natural de la
especie humana. Cuando ese derecho deja de ser reconocido, podemos afirmar sin
hipérbole que nuestra especie ha dejado de ser humana”.
El aborto no es, sin
duda, un problema sólo para los católicos. Muchos que no comparten nuestra fe lo
rechazan. Lo cual indica que la ley despenalizadora del aborto de 1985, en sus
tres supuestos, era injusta. Hay que tener estas ideas claras y transmitirlas a
las nuevas generaciones, porque éstos han sido ya durante muchos años bien
aleccionados de lo contrario. Preguntad, preguntad a unos cuantos adolescentes y
jóvenes qué piensan sobre la práctica del aborto y os daréis cuenta de qué
piensan al respecto: con bastante frecuencia preguntan: ¿por qué no van a tener
derecho a elegir el aborto aquellos que no desean seguir adelante con un
embarazo?
La Jornada por la
Vida del 25 de marzo viene revestida este año de una peculiar significación, que
coincide con la aprobación de la nueva ley del aborto. Las gravísimas
implicaciones morales negativas de la nueva ley han sido clarísimamente
denunciadas en la Declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia
Episcopal titulada “Atentar contra la vida de los que van a nacer convertido
en un derecho” (17 de junio de 2009), que la Asamblea Plenaria ha hecho
expresamente propia en su reunión de noviembre de 2009. Leedla, para no ser
engañados incluso por católicos que creen estar por encima de lo que dice el
Magisterio de la Iglesia.
“El triste
retroceso que la nueva legislación supone en la tutela del derecho a la vida no
debe llevarnos al desánimo. El debate público que se ha suscitado en los últimos
meses; los testimonios a favor de la vida en diversos ámbitos científicos,
culturales, jurídicos, religiosos y sociales; las múltiples iniciativas por
parte de diversas instituciones que se han movilizado masivamente en defensa del
niño que va a nacer, las propuestas cada vez más numerosas de apoyo a la mujer
embarazada y, sobre todo, la confianza en Dios, Señor y dador de Vida, nos hacen
afrontar el futuro con gran esperanza. Por ello, invitamos a todos los miembros
de la Iglesia a intensificar su testimonio a favor del Evangelio de la vida y a
trabajar en la formación de las conciencias” (Nota de los Obispos de la
Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida con motivo de la Jornada por
la Vida 2010).
Es preciso
informarse e informar de las razones por las que la Iglesia sostiene –y con ella
otros muchos ciudadanos no pertenecientes a ella-, siempre con argumentos
teológicos, filosóficos y científicos sólidos, el valor y la dignidad de la vida
personal desde la fecundación hasta la muerte natural. Y esto frente a redes de
muerte, como son el aborto procurado, toda forma de eutanasia directa, que no
debe confundirse con la aplicación de los llamados “cuidados paliativos”,
destinados a hacer más soportables el sufrimiento en la fase final de la
enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano
adecuado.
Por eso, hemos de
tejer y extender las redes de vida apoyando eficazmente a la mujer especialmente
con motivo de su maternidad, favoreciendo el proceso de adopción, asegurando
siempre a cada persona los cuidados necesarios y debidos, además del apoyo
social a las familias más probadas por la enfermedad de uno de sus miembros,
sobre todo si es grave o se prolonga, y creando una nueva cultura donde las
familias acojan y promuevan la vida. Ante la vida no podemos ceder a la
tentación del egoísmo o a la pasividad de la desesperanza.
Los cristianos somos
un pueblo de la vida y para la vida, pero tenemos que demostrarlo. No podemos
descuidar la educación sexual de nuestros niños, adolescentes y jóvenes, enseñar
a aprender a amar. Hay muchos padres y otros educadores interesados en el tema y
no podéis dejarlo en manos de los que defienden concepciones reducionistas de la
sexualidad humana. ¡Os quieren educar a los hijos en su manera
de entender la sexualidad! Es algo que sucede en Toledo. No hay que ir a
otra parte. Por ello, esta tarea educativa de los padres también constituye un
objetivo de nuestra programación pastoral diocesana, así como de los Centros de
Orientación Familiar diocesanos. Pero vemos mucha pasividad, mucho quejarse y
poco hacer, por comodidad o pereza, cuando es asunto tan vital. Todavía seguimos
pensando ingenuamente que se acepta en nuestra sociedad una cultura de la vida
basada en la ley natural compartida por todos o casi todos. Gentes de la derecha
o de la izquierda sociológicas comparten, más de lo que parece, la existencia de
esas redes de muerte o concepciones sobre la vida inaceptables para un
cristiano.
La vida es una
realidad maravillosa que no deja de sorprendernos. Cuantos más datos nos
proporciona la ciencia, mejor podemos comprender que la vida del hombre y la
mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, es un misterio que desborda el
ámbito de lo puramente bioquímico. En su constante progreso, la ciencia afirma
cada vez con más fuerza que desde la fecundación tenemos una nueva vida humana,
original e irrepetible, con una historia y un destino únicos. Como vosotras
hacéis, madres gestantes que nos acompañáis, la vida tiene que ser acogida,
respetada y amada: “es compromiso de todos acoger la vida humana como don que se
debe respetar, tutelar y promover, mucho más cuando es frágil y necesita
atención y cuidados, sea antes del nacimiento, sea en su fase terminal”
(Benedicto XVI, Angelus 3-II-2008).
Gracias por lo que
hacéis por la vida tantas y tantas personas: madres y padres, educadores,
sacerdotes, religiosos y catequistas. Pedimos al Señor que esta Jornada,
contemplando el misterio de la Encarnación, sepamos acoger como la Virgen María
el don de la vida, y aprendamos de la Madre del amor hermoso a defender y
promover la vida en todos sus momentos, proclamando que “frente a la muerte está
la vida” (Sir 33,14). Que así sea.
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