Año 2010

 

VII JORNADA POR LA VIDA

 

Homilía en la parroquia de San Julián de Toledo, el 24 de marzo

Queridos hermanos:

La humanidad debe cuidar y favorecer la vida humana, que no puede considerarse como una mercancía “con la que se comercia y se manipula al propio gusto”, en palabras de Juan Pablo II. Ante el eclipse del valor de la vida este Papa escribía: “Esto hace pensar espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son entre otros, la falta de solidaridad con los miembros más débiles de la sociedad –es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños- y la indiferencia que con frecuencia se observa en la relación entre los pueblos, incluso cuando están en juego valores fundamentales tales como la supervivencia, la paz y la libertad” (Juan Pablo II, Evangelium Vital, nº 8).

La temática de la vida no se circunscribe al problema del aborto, aunque las cifras de éste en España son aterradoras y nos dejan un tanto estupefactos. Pero es necesario ser lúcidos. No basta con rechazar enfadados que la vida humana concebida sea una simple agrupación de células. Siempre me ha parecido que en los problemas de la humanidad hay una responsabilidad de los católicos, porque no vivimos ni actuamos de forma correcta, de forma que demos respuesta a los que actúan de forma no correcta en los problemas humanos. Es el pecado de los que nos creemos buenos.

Ante el tema de la vida o, si se quiere, el problema del aborto, los católicos tenemos que formarnos más y mejor y saber argumentar y argumentarnos. Ya sé que el rechazo de las prácticas abortistas es lo mejor que podemos hacer en este campo. Pero hay otras cosas que descuidamos, en concreto no tener las ideas claras. Pensamos con frecuencia, por ejemplo, que los partidarios del aborto pueden tener un “derecho a decidir”. “¿A decidir sobre qué? –Decía un conocido columnista católico recientemente- Un niño gestante no es una verruga o un padrastro que podemos extirpar discrecionalmente; un niño gestante tiene un derecho inalienable a la vida que nadie puede arrogarse, ni siquiera la madre en cuyo seno se aloja. No es este un derecho que se derive de tales o cuales creencias religiosas; es un derecho primario que nace de la solidaridad natural de la especie humana. Cuando ese derecho deja de ser reconocido, podemos afirmar sin hipérbole que nuestra especie ha dejado de ser humana”.

El aborto no es, sin duda, un problema sólo para los católicos. Muchos que no comparten nuestra fe lo rechazan. Lo cual indica que la ley despenalizadora del aborto de 1985, en sus tres supuestos, era injusta. Hay que tener estas ideas claras y transmitirlas a las nuevas generaciones, porque éstos han sido ya durante muchos años bien aleccionados de lo contrario. Preguntad, preguntad a unos cuantos adolescentes y jóvenes qué piensan sobre la práctica del aborto y os daréis cuenta de qué piensan al respecto: con bastante frecuencia preguntan: ¿por qué no van a tener derecho a elegir el aborto aquellos que no desean seguir adelante con un embarazo?

La Jornada por la Vida del 25 de marzo viene revestida este año de una peculiar significación, que coincide con la aprobación de la nueva ley del aborto. Las gravísimas implicaciones morales negativas de la nueva ley han sido clarísimamente denunciadas en la Declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal titulada “Atentar contra la vida de los que van a nacer convertido en un derecho” (17 de junio de 2009), que la Asamblea Plenaria ha hecho expresamente propia en su reunión de noviembre de 2009. Leedla, para no ser engañados incluso por católicos que creen estar por encima de lo que dice el Magisterio de la Iglesia.

 “El triste retroceso que la nueva legislación supone en la tutela del derecho a la vida no debe llevarnos al desánimo. El debate público que se ha suscitado en los últimos meses; los testimonios a favor de la vida en diversos ámbitos científicos, culturales, jurídicos, religiosos y sociales; las múltiples iniciativas por parte de diversas instituciones que se han movilizado masivamente en defensa del niño que va a nacer, las propuestas cada vez más numerosas de apoyo a la mujer embarazada y, sobre todo, la confianza en Dios, Señor y dador de Vida, nos hacen afrontar el futuro con gran esperanza. Por ello, invitamos a todos los miembros de la Iglesia a intensificar su testimonio a favor del Evangelio de la vida y a trabajar en la formación de las conciencias” (Nota de los Obispos de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida con motivo de la Jornada por la Vida 2010).

 Es preciso informarse e informar de las razones por las que la Iglesia sostiene –y con ella otros muchos ciudadanos no pertenecientes a ella-, siempre con argumentos teológicos, filosóficos y científicos sólidos, el valor y la dignidad de la vida personal desde la fecundación hasta la muerte natural. Y esto frente a redes de muerte, como son el aborto procurado, toda forma de eutanasia directa, que no debe confundirse con la aplicación de los llamados “cuidados paliativos”, destinados a hacer más soportables el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado.

Por eso, hemos de tejer y extender las redes de vida apoyando eficazmente a la mujer especialmente con motivo de su maternidad, favoreciendo el proceso de adopción, asegurando siempre a cada persona los cuidados necesarios y debidos, además del apoyo social a las familias más probadas por la enfermedad de uno de sus miembros, sobre todo si es grave o se prolonga, y creando una nueva cultura donde las familias acojan y promuevan la vida. Ante la vida no podemos ceder a la tentación del egoísmo o a la pasividad de la desesperanza.

Los cristianos somos un pueblo de la vida y para la vida, pero tenemos que demostrarlo. No podemos descuidar la educación sexual de nuestros niños, adolescentes y jóvenes, enseñar a aprender a amar. Hay muchos padres y otros educadores interesados en el tema y no podéis dejarlo en manos de los que defienden concepciones reducionistas de la sexualidad humana. ¡Os quieren educar a los hijos en su manera de entender la sexualidad! Es algo que sucede en Toledo. No hay que ir a otra parte. Por ello, esta tarea educativa de los padres también constituye un objetivo de nuestra programación pastoral diocesana, así como de los Centros de Orientación Familiar diocesanos. Pero vemos mucha pasividad, mucho quejarse y poco hacer, por comodidad o pereza, cuando es asunto tan vital. Todavía seguimos pensando ingenuamente que se acepta en nuestra sociedad una cultura de la vida basada en la ley natural compartida por todos o casi todos. Gentes de la derecha o de la izquierda sociológicas comparten, más de lo que parece, la existencia de esas redes de muerte o concepciones sobre la vida inaceptables para un cristiano.

La vida es una realidad maravillosa que no deja de sorprendernos. Cuantos más datos nos proporciona la ciencia, mejor podemos comprender que la vida del hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, es un misterio que desborda el ámbito de lo puramente bioquímico. En su constante progreso, la ciencia afirma cada vez con más fuerza que desde la fecundación tenemos una nueva vida humana, original e irrepetible, con una historia y un destino únicos. Como vosotras hacéis, madres gestantes que nos acompañáis, la vida tiene que ser acogida, respetada y amada: “es compromiso de todos acoger la vida humana como don que se debe respetar, tutelar y promover, mucho más cuando es frágil y necesita atención y cuidados, sea antes del nacimiento, sea en su fase terminal” (Benedicto XVI, Angelus 3-II-2008).

Gracias por lo que hacéis por la vida tantas y tantas personas: madres y padres, educadores, sacerdotes, religiosos y catequistas. Pedimos al Señor que esta Jornada, contemplando el misterio de la Encarnación, sepamos acoger como la Virgen María el don de la vida, y aprendamos de la Madre del amor hermoso a defender y promover la vida en todos sus momentos, proclamando que “frente a la muerte está la vida” (Sir 33,14). Que así sea.

 

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