Homilía del Sr.
Arzobispo en la S. I. Catedral Primada
Toledo, 28 de
marzo
En la procesión
del domingo de Ramos nos hemos unido a la multitud de los discípulos que, desde
la primera vez, con gran alegría, han acompañado al Señor en su entrada en
Jerusalén. Y hemos cantado y aclamado al Hijo de David por los prodigios de
Cristo. También nosotros vemos hoy prodigios: cómo lleva a hombres y mujeres a
renunciar a las comodidades de su vida y ponerse al servicio de los que sufren,
cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la
mentira, para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres
y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde hay
odio, a crear paz donde reina la enemistad.
La procesión
litúrgica es, ante todo, un testimonio gozoso que damos a Jesucristo, en el que
se ha hecho visible el rostro de Dios y gracias al cual el corazón de Dios se
nos ha abierto a todos. Podemos, así decir que la procesión de Ramos es una
procesión donde profesamos la realeza de Jesucristo, pues le reconocemos como el
Hijo de David, el Rey de la paz y de la justicia. Reconocerlo como rey significa
aceptarlo como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y al que
seguimos. Significa aceptar cada día su palabra como criterio válido para
nuestra vida. Significa ver en Él la autoridad a la que nos sometemos: la
autoridad de la verdad.
La procesión de
Ramos es –como sucedió en Jerusalén en aquella ocasión- ante todo expresión de
alegría, porque podemos conocer a Jesús, porque Él nos concede ser sus amigos y
porque nos ha dado la clave de la vida. Pero esta alegría del inicio es también
expresión de nuestro “sí” a Jesús y de nuestra disponibilidad a ir con Él a
dondequiera que nos lleve. La exhortación inicial de la liturgia de hoy
interpreta muy bien la procesión también como representación simbólica de lo que
llamamos “seguimiento de Cristo”. ¿En qué consiste? ¿Qué quiere decir “seguir a
Cristo”?
Al inicio, con
los primeros discípulos, el sentido era muy sencillo: ellos habían dejado su
profesión, sus negocios, para ir con Jesús. Significaba en Palestina emprender
una nueva profesión: la de discípulo. Era algo concreto, exterior: caminar
detrás de Jesús en sus peregrinaciones por aquella tierra. Pero el interior del
seguimiento era la nueva orientación de la existencia, que ya no tenía sus
puntos de referencia en los negocios, en el oficio que daba con qué vivir, en la
voluntad personal, sino que se abandonaba totalmente la voluntad de Otro. Estar
a su disposición era una razón de vida. Eso implicaba renunciar a lo que era
propio, desprenderse de sí mismo, como podemos ver en los evangelios.
¿Significará
para nosotros lo mismo? Pues seguir a Jesús es realmente un cambio interior de
la existencia. Me exige que ya no esté encerrado en mi yo. Requiere que me
entregue libremente a Otro, por la verdad, por amor, por Dios que, en
Jesucristo, me precede y me indica el camino. Se trata de la decisión
fundamental de no considerar ya los beneficios legítimos, la carrera, el éxito
como fin último de mi vida, sino de reconocer como criterios auténticos la
verdad y el amor. Hay que elegir entre vivir para mí mismo o entregarme por lo
más grande. Pero sabiendo que verdad y amor no son valores abstractos; en
Jesucristo se han convertido en una Persona. Siguiéndolo a Él, entro al servicio
de la verdad y el amor. Perdiéndome, me encuentro.
Queridos
hermanos y amigos, sobre todo los jóvenes, ¡qué importante es hoy precisamente
no dejarse llevar simplemente de un lado a otro en la vida, no contentarse con
lo que todos piensan, dicen o hacen, buscar a Dios, no dejar que el interrogante
sobre Dios se disuelva en el alma, el deseo de que lo más grande, el deseo de
conocerlo a Él, de buscar su rostro!
“¿Quién puede
subir al monte del Señor?”, pregunta el Sal 24: “El hombre de manos inocentes y
puro corazón”. Manos inocentes son manos que nos se usan para actos de
violencia. Son manos que no se ensucian con la corrupción, con sobornos. ¿Cuándo
es el corazón puro? Cuando no finge y no se mancha con la mentira y la
hipocresía; un corazón transparente que no se extravía en la embriaguez del
placer; un corazón cuyo amor es verdadero y no solamente pasión de un momento.
Es lo que da la amistad con Dios mismo.
Pero el salmo
24, que habla de subida, termina con una liturgia de entrada ente el pórtico
del templo: “¡Portones! Alzad los antiguos dinteles, que se alcen las antiguas
compuertas: va a entrar el Rey de la gloria”. También en la antigua liturgia del
domingo de Ramos, el sacerdote o el Obispo, al llegar al templo, llamaba
fuertemente con el asta de la cruz procesional al portón aún cerrado, que a
continuación se abría. Era una hermosa imagen para ilustrar el misterio de
Jesucristo mismo que, con el madero de su cruz, con la fuerza de su amor que se
entrega, ha llamado desde el lado del mundo a la puerta de Dios; desde el lado
de un mundo que no lograba encontrar el acceso a Dios.
El domingo de
Ramos leemos el relato entero de la pasión de Cristo. Es que con la cruz Jesús
ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres.
Ahora ya está abierta. Ya ha llegado también nuestra barca cuaresmal al puerto
de la Semana Santa. También hoy, desde el otro lado el Señor llama con su cruz:
llama a las puertas del mundo, y a las puertas de nuestro corazón, que con tanta
frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios. Este es el llamamiento
que en esta hora hemos de dejar que penetre en nuestro corazón. Que el Señor nos
ayude a abrir la puerta del corazón y la puerta del mundo, para que Él, el Dios
vivo, pueda llegar en su Hijo a nuestro tiempo y a nuestra sociedad, y cambiar
nuestra vida.
Entremos, pues,
con ánimo en la Semana Santa. No temamos acercarnos a Cristo; si necesitamos
reconciliación, confesemos nuestros pecados; renovemos nuestra iniciación
cristiana, nuestra fe, nuestra vida cristiana. Vivamos los misterios de estos
días santos. Os exhorto a ello, hermanos toledanos, desde esta Iglesia Madre, en
esta celebración en la santa Iglesia Catedral Primada.
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