Año 2010

 

SANTA MISA CRISMAL

 

Homilía en la S. I. Catedral Primada

30 de marzo

Es realmente bello celebrar, hermanos, la Misa Crismal en este umbral del Triduo Pascual. Es la primera vez que la celebro con vosotros como vuestro Obispo, con Don Carmelo, obispo Auxiliar, y con el obispo don Juan García Santacruz, emérito de Guadix. Quisiera que tengamos presente a todo el presbiterio, los que no han podido venir a la Catedral por enfermedad, por edad o por otras causas. Tener en nuestro corazón también a los que están en otras Iglesias, sirviendo en ellas a otros hermanos. También os pido que oréis al Señor por los presbíteros que no lo pasan bien, que están en dificultades, y no olvidamos igualmente a los que murieron.

Hemos vivido un tiempo cuaresmal de preparación, mas siempre nos falta tiempo para preparar tan grandes misterios. Pero la alegría del tiempo pascual está a punto de llegar; en él vivimos el encuentro con el Resucitado, no sólo como algo del pasado, sino en la comunión presente de la fe, de la liturgia, de la vida de la Iglesia en definitiva. La Tradición apostólica, que se pone hoy de relieve en la celebración del todo el Pueblo de Dios, consiste justamente en la transmisión de los bienes de la salvación, que hace de la comunidad cristiana la actualización permanente, con la fuerza del Espíritu, de la comunión originaria.

Estamos esforzándonos en hacer posible una buena iniciación cristiana, que se haga carne en las personas de los catecúmenos, si son adultos, o en los niños, adolescentes y jóvenes. ¿Creemos de veras que el Señor, presente en su Iglesia, aporta esos bienes de la salvación que nosotros, pobres siervos, intentamos ofrecer? La Tradición se llama así porque surgió del testimonio de los Apóstoles y de la comunidad de los discípulos en el tiempo de los orígenes, fue recogida por inspiración del Espíritu Santo en los escritos del Nuevo Testamento y en la vida sacramental, en la vida de fe, y a ella –a esta Tradición, que es la realidad siempre actual del don de Jesús- la Iglesia hace referencia continuamente como a su fundamento y a su norma a través de la sucesión ininterrumpida del ministerio apostólico. Esa vida nueva de Cristo es la que portan los sacramentos de iniciación, por el agua y sangre del Salvador, a la que hacen referencia los Óleos y el Santo Crisma.

¿Creemos, hermanos, que esta vida es hoy posible? ¿Sentimos el asombro de cómo actúa Dios hoy en el corazón de sus hijos, aunque sea tantas veces a través de los pobres instrumentos que somos cada uno de nosotros? Cabe citar aquí ese bello texto de GS, que es un verdadero grito de esperanza: “La Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación cristiana, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de su destino más alto. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, infunde luz, vida y libertad para su progreso; y fuera de él nada puede satisfacer el corazón del hombre (…). Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS, 21-22).

Jesús, en su vida histórica, limitó su misión a la casa de Israel, pero dio a entender que el don no sólo estaba destinado al pueblo de Israel, sino también a todo el mundo y a todos los tiempos. Luego, el Resucitado encomendó explícitamente a los Apóstoles la tarea de hacer discípulos a todas las naciones, garantizando su presencia y su ayuda hasta el final de los tiempos (cfr. Mt 28,19s). ¿Quién actualizará la presencia salvífica del Señor Jesús mediante el ministerio de los Apóstoles y a través de toda la vida del Pueblo de la nueva alianza? No somos nosotros, hermanos, aunque estemos ungidos en las sacramentos de iniciación cristiana con estos Óleos y el Santo Crisma que hoy bendeciremos; aunque nos hayan impuesto las manos en la ordenación diaconal, presbiteral o episcopal. La respuesta es clara: el Espíritu Santo.

Pero, hoy no parece fácil que los hombres y mujeres se abran a la acción del Espíritu: se precisa más nuestro testimonio, el jugarse un poco la vida por el Evangelio, y no avergonzarse de Él. Sí, hermanos todos, los miembros de la Iglesia somos espectáculo con nuestro Señor, y no vale cualquier vida en sacerdotes, catequistas, consagrados, cristianos en la vida pública. Hoy es día de pedir al Señor decisión, arrojo y valentía en la acción evangelizadora y pastoral, alejados de mediocridades. Pedidlo para nosotros, queridos fieles laicos o consagrados, para nosotros los Obispos, los presbíteros y los diáconos.

Permitidme por ello, hermanos, que me fije hoy en los sacerdotes o, mejor, en el presbiterio diocesano. No son muchos en el Pueblo de Dios los sacerdotes diocesanos, tanto los religiosos como los sacerdotes seculares, pero hoy es un día no de hablar de estadísticas, sino de personas concretas. El Jueves Santo es el día en que el Señor encomendó a los Doce la tarea sacerdotal de celebrar, con el pan y el vino, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su regreso. En lugar del cordero pascual y de todos los sacrificios de la Antigua Alianza está el don de su Cuerpo y de su Sangre, el don de sí mismo. Así, el nuevo culto se funda en el hecho de que, ante todo, Dios nos hace un don a nosotros, y nosotros, colmados por ese don, llegamos a ser suyos: la creación vuelve al Creador.

Sólo Jesucristo puede decir: “Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre”. El misterio del sacerdocio en la Iglesia radica en el hecho de que nosotros, seres humanos miserables, en virtud del sacramento podemos hablar con su yo: en persona de Cristo. Jesucristo quiere ejercer hoy su sacerdocio por medio de nosotros. Este conmovedor misterio nos impresiona más el Jueves Santo, porque necesitamos huir de la rutina y volver al momento en que él nos impuso sus manos y nos hizo participar de este misterio. Reflexionemos nuevamente en los signos mediante los cuales se nos donó el sacramento del Orden. En el centro está el gesto antiquísimo de la imposición de las manos, con el que Jesucristo tomó posesión de mí, diciéndome: “Tú me perteneces”. Pero con este gesto también me dijo: “Tú estás bajo la protección  de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú quedas custodiado en el hueco de mis manos y precisamente así te encuentras dentro de la inmensidad de mi amor. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas”.

Recordemos igualmente que nuestras manos han sido ungidas por el Santo Crisma, que es el signo del Espíritu Santo y de su fuerza. ¿Por qué precisamente las manos? Sabemos que la mano del hombre es el instrumento de su acción, el símbolo de su capacidad de afrontar el mundo, de “dominarlo”. El Señor nos impuso las manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las suyas. Pero quiere que ya no sean instrumentos para tomar cosas, los hombres o el mundo para nosotros, para tomar posesión de él, sino que transmitan su toque divino, poniéndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumento para servir y, por tanto, expresión de la misión de toda nuestra persona que se hace garante de él y lo lleva a los hombres y mujeres.

Las manos ungidas deben ser un signo de nuestra capacidad de donar, de la creatividad para modelar el mundo con amor, y para eso, sin duda, tenemos necesidad del Espíritu Santo. Si el en evangelio de hoy Jesús se presenta como el Ungido de Dios, el Cristo, ¿no se nos está diciendo que Jesús actúa por misión del Padre y en la unidad del Espíritu Santo, y que, de esta manera, dona al mundo un nuevo sacerdocio, un nuevo modo de ser profeta, que no se busca a sí mismo, sino que vive por Aquel con vistas al cual el mundo ha sido creado? Pongamos hoy de nuevo, hermanos, nuestras manos a su disposición y pidámosle que nos vuelva a tomar siempre de la mano y nos guíe.

Es evidente que en el gesto sacramental de la imposición de las manos por parte del obispo está el significado profundo de que fue Cristo quien nos impuso las manos. Este signo define todo mi itinerario existencial como sacerdote: fue Cristo quien me llamó, ante Él pusimos nuestras vacilaciones, nuestras miradas hacia atrás, preguntándole si ese era nuestro camino

¡Cuántas veces nos hemos sobrecogido ante la insuficiencia de nuestra pobre persona! Pero Cristo, con gran bondad, nos ha tomado de la mano y nos ha dicho muchas veces: “No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Y tú no me abandones a mí”. Ya sacerdotes, hemos temblado ante la gran tarea a realizar, nos hemos visto como Pedro en el oleaje y hemos gritado: “Señor, ¡sálvame” (Mt 14,30). Pasada la tempestad, hemos mirado hacia Él y eso nos dado “peso específico”: Él nos sostiene y nos lleva. Dejemos que su mano nos aferre; así no nos hundiremos, sino que con nueva fuerza nos ponderemos al servicio de la vida en Cristo que es más fuerte que la muerte, y al servicio del amor que es más fuerte que el odio.

¡Qué bien nos suenan las palabras de Jesús: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su mano; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que le oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). ¡Qué confianza! Al querer Él que actuemos in persona Christi Capitis, verdaderamente se ha puesto en nuestras manos. Sinceramente pienso que el significado profundo del ser sacerdote es llegar a ser amigos de Jesús. Por esta amistad debemos hoy comprometernos nuevamente, como en el día en que fuimos ordenados. Esto significa que debemos conocer a Jesús de modo más personal, viviendo con él, estando con él. ¿De dónde, si no, saldría la fortaleza para entregarnos a nuestros hermanos en el servicio ministerial? El simple activismo puede ser incluso heroico, pero pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima comunión con él.

¿Qué es “ser sacerdote de Jesucristo”? Lo describe muy bien la plegaria eucarística II, que probablemente fue redactada ya a finales del siglo II; describe, en efecto, el ministerio sacerdotal con las palabras que usa Dt 18,5.7 para mostrar la esencia del sacerdocio del AT: astare coram te et tibi ministrare. En primer lugar “estar en presencia del Señor”, como los hijos de Leví. ¿Qué quiere esto decir? La expresión, ahora en esta Plegaria II inmediatamente después de la consagración de los dones, tras la entrada del Señor en la asamblea reunida para orar, indica que Él está presente, es decir, indica la Eucaristía como centro de la vida sacerdotal. El sacerdote tiene la misión de velar. Debe estar en guardia ante las fuerzas amenazadoras del mal; mantener despierto al mundo para Dios. Debe estar en pie frente a las corrientes del tiempo. De pie en la verdad. De pie en el compromiso por el bien.

El sacerdote ha de ser una persona recta, vigilante; una persona que está de pie. A todo ello se añade luego el servir. Al utilizar la palabra “servir” en el canon de la Misa, de acuerdo con la novedad del culto cristiano, lo que hace el sacerdote en ese momento, en la celebración de la Eucaristía, es en efecto servir, realizar un servicio a Dios y a los hombres. Si Cristo rindió al Padre el culto que consistió en entregarse hasta la muerte por los hombres, el sacerdote debe insertarse en ese culto, es este servicio. No se trata de algo artificioso; es “ars celebrandi” que no es ritualismo, sino familiaridad con la palabra de Dios, amarla y vivirla; y aprender a conocer al Señor cada vez más y darlo a conocer a todas las personas que Él nos encomienda. En este sentido, “servir” significa cercanía y requiere familiaridad, sin que se apague el temor reverencial que siempre se debe a Dios.

Os deseo lo mejor, hermanos sacerdotes; y os agradezco profundamente vuestra entrega, la fatiga del trabajo, el amor del día a día en las comunidades parroquiales o en la vida sin tanto trabajo pastoral en los ya jubilados. Cuidad unos de otros, y tened siempre abiertas vuestras puertas y vuestro corazón para los otros hermanos sacerdotes. Hay que amar a los de lejos, pero sobre todo a los de cerca. En la comunión con la Iglesia de Roma y el Pastor universal, con la intercesión poderosa de María, nuestra Madre, vivid la Pascua, el misterio inefable del Triduo Sacro. Saludad a vuestros fieles en mi nombre; hacedlo todo en nombre del Señor Jesús. Que así sea.

 

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