Homilía en la S. I. Catedral Primada
30 de marzo
Es realmente bello celebrar, hermanos, la Misa Crismal en este umbral del Triduo
Pascual. Es la primera vez que la celebro con vosotros como vuestro Obispo, con
Don Carmelo, obispo Auxiliar, y con el obispo don Juan García Santacruz, emérito
de Guadix. Quisiera que tengamos presente a todo el presbiterio, los que no han
podido venir a la Catedral por enfermedad, por edad o por otras causas. Tener en
nuestro corazón también a los que están en otras Iglesias, sirviendo en ellas a
otros hermanos. También os pido que oréis al Señor por los presbíteros que no lo
pasan bien, que están en dificultades, y no olvidamos igualmente a los que
murieron.
Hemos vivido un tiempo cuaresmal de preparación, mas siempre nos falta tiempo
para preparar tan grandes misterios. Pero la alegría del tiempo pascual está a
punto de llegar; en él vivimos el encuentro con el Resucitado, no sólo como algo
del pasado, sino en la comunión presente de la fe, de la liturgia, de la vida de
la Iglesia en definitiva. La Tradición apostólica, que se pone hoy de relieve en
la celebración del todo el Pueblo de Dios, consiste justamente en la transmisión
de los bienes de la salvación, que hace de la comunidad cristiana la
actualización permanente, con la fuerza del Espíritu, de la comunión originaria.
Estamos esforzándonos en hacer posible una buena iniciación cristiana, que se
haga carne en las personas de los catecúmenos, si son adultos, o en los niños,
adolescentes y jóvenes. ¿Creemos de veras que el Señor, presente en su Iglesia,
aporta esos bienes de la salvación que nosotros, pobres siervos, intentamos
ofrecer? La Tradición se llama así porque surgió del testimonio de los Apóstoles
y de la comunidad de los discípulos en el tiempo de los orígenes, fue recogida
por inspiración del Espíritu Santo en los escritos del Nuevo Testamento y en la
vida sacramental, en la vida de fe, y a ella –a esta Tradición, que es la
realidad siempre actual del don de Jesús- la Iglesia hace referencia
continuamente como a su fundamento y a su norma a través de la sucesión
ininterrumpida del ministerio apostólico. Esa vida nueva de Cristo es la que
portan los sacramentos de iniciación, por el agua y sangre del Salvador, a la
que hacen referencia los Óleos y el Santo Crisma.
¿Creemos, hermanos, que esta vida es hoy posible? ¿Sentimos el asombro de cómo
actúa Dios hoy en el corazón de sus hijos, aunque sea tantas veces a través de
los pobres instrumentos que somos cada uno de nosotros? Cabe citar aquí ese
bello texto de GS, que es un verdadero grito de esperanza: “La Iglesia sabe muy
bien que su mensaje conecta con los deseos más profundos del corazón humano
cuando reivindica la dignidad de la vocación cristiana, devolviendo la esperanza
a quienes desesperan ya de su destino más alto. Su mensaje, lejos de
empequeñecer al hombre, infunde luz, vida y libertad para su progreso; y fuera
de él nada puede satisfacer el corazón del hombre (…). Realmente, el misterio
del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS, 21-22).
Jesús, en su vida histórica, limitó su misión a la casa de Israel, pero dio a
entender que el don no sólo estaba destinado al pueblo de Israel, sino también a
todo el mundo y a todos los tiempos. Luego, el Resucitado encomendó
explícitamente a los Apóstoles la tarea de hacer discípulos a todas las
naciones, garantizando su presencia y su ayuda hasta el final de los tiempos (cfr.
Mt 28,19s). ¿Quién actualizará la presencia salvífica del Señor Jesús mediante
el ministerio de los Apóstoles y a través de toda la vida del Pueblo de la nueva
alianza? No somos nosotros, hermanos, aunque estemos ungidos en las sacramentos
de iniciación cristiana con estos Óleos y el Santo Crisma que hoy bendeciremos;
aunque nos hayan impuesto las manos en la ordenación diaconal, presbiteral o
episcopal. La respuesta es clara: el Espíritu Santo.
Pero, hoy no parece fácil que los hombres y mujeres se abran a la acción del
Espíritu: se precisa más nuestro testimonio, el jugarse un poco la vida por el
Evangelio, y no avergonzarse de Él. Sí, hermanos todos, los miembros de la
Iglesia somos espectáculo con nuestro Señor, y no vale cualquier vida en
sacerdotes, catequistas, consagrados, cristianos en la vida pública. Hoy es día
de pedir al Señor decisión, arrojo y valentía en la acción evangelizadora y
pastoral, alejados de mediocridades. Pedidlo para nosotros, queridos fieles
laicos o consagrados, para nosotros los Obispos, los presbíteros y los diáconos.
Permitidme por ello, hermanos, que me fije hoy en los sacerdotes o, mejor, en el
presbiterio diocesano. No son muchos en el Pueblo de Dios los sacerdotes
diocesanos, tanto los religiosos como los sacerdotes seculares, pero hoy es un
día no de hablar de estadísticas, sino de personas concretas. El Jueves Santo es
el día en que el Señor encomendó a los Doce la tarea sacerdotal de celebrar, con
el pan y el vino, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su regreso. En
lugar del cordero pascual y de todos los sacrificios de la Antigua Alianza está
el don de su Cuerpo y de su Sangre, el don de sí mismo. Así, el nuevo culto se
funda en el hecho de que, ante todo, Dios nos hace un don a nosotros, y
nosotros, colmados por ese don, llegamos a ser suyos: la creación vuelve al
Creador.
Sólo Jesucristo puede decir: “Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre”. El misterio
del sacerdocio en la Iglesia radica en el hecho de que nosotros, seres humanos
miserables, en virtud del sacramento podemos hablar con su yo: en persona
de Cristo. Jesucristo quiere ejercer hoy su sacerdocio por medio de nosotros.
Este conmovedor misterio nos impresiona más el Jueves Santo, porque necesitamos
huir de la rutina y volver al momento en que él nos impuso sus manos y nos hizo
participar de este misterio. Reflexionemos nuevamente en los signos mediante los
cuales se nos donó el sacramento del Orden. En el centro está el gesto
antiquísimo de la imposición de las manos, con el que Jesucristo tomó posesión
de mí, diciéndome: “Tú me perteneces”. Pero con este gesto también me dijo: “Tú
estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi
corazón. Tú quedas custodiado en el hueco de mis manos y precisamente así te
encuentras dentro de la inmensidad de mi amor. Permanece en el hueco de mis
manos y dame las tuyas”.
Recordemos igualmente que nuestras manos han sido ungidas por el Santo Crisma,
que es el signo del Espíritu Santo y de su fuerza. ¿Por qué precisamente las
manos? Sabemos que la mano del hombre es el instrumento de su acción, el símbolo
de su capacidad de afrontar el mundo, de “dominarlo”. El Señor nos impuso las
manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las
suyas. Pero quiere que ya no sean instrumentos para tomar cosas, los hombres o
el mundo para nosotros, para tomar posesión de él, sino que transmitan su toque
divino, poniéndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumento para
servir y, por tanto, expresión de la misión de toda nuestra persona que se hace
garante de él y lo lleva a los hombres y mujeres.
Las manos ungidas deben ser un signo de nuestra capacidad de donar, de la
creatividad para modelar el mundo con amor, y para eso, sin duda, tenemos
necesidad del Espíritu Santo. Si el en evangelio de hoy Jesús se presenta como
el Ungido de Dios, el Cristo, ¿no se nos está diciendo que Jesús actúa por
misión del Padre y en la unidad del Espíritu Santo, y que, de esta manera, dona
al mundo un nuevo sacerdocio, un nuevo modo de ser profeta, que no se busca a sí
mismo, sino que vive por Aquel con vistas al cual el mundo ha sido creado?
Pongamos hoy de nuevo, hermanos, nuestras manos a su disposición y pidámosle que
nos vuelva a tomar siempre de la mano y nos guíe.
Es evidente que en el gesto sacramental de la imposición de las manos por parte
del obispo está el significado profundo de que fue Cristo quien nos impuso las
manos. Este signo define todo mi itinerario existencial como sacerdote: fue
Cristo quien me llamó, ante Él pusimos nuestras vacilaciones, nuestras miradas
hacia atrás, preguntándole si ese era nuestro camino
¡Cuántas veces nos hemos sobrecogido ante la insuficiencia de nuestra pobre
persona! Pero Cristo, con gran bondad, nos ha tomado de la mano y nos ha dicho
muchas veces: “No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Y tú no me abandones
a mí”. Ya sacerdotes, hemos temblado ante la gran tarea a realizar, nos hemos
visto como Pedro en el oleaje y hemos gritado: “Señor, ¡sálvame” (Mt 14,30).
Pasada la tempestad, hemos mirado hacia Él y eso nos dado “peso específico”: Él
nos sostiene y nos lleva. Dejemos que su mano nos aferre; así no nos hundiremos,
sino que con nueva fuerza nos ponderemos al servicio de la vida en Cristo que es
más fuerte que la muerte, y al servicio del amor que es más fuerte que el odio.
¡Qué bien nos suenan las palabras de Jesús: “Ya no os llamo siervos, porque el
siervo no sabe lo que hace su mano; a vosotros os he llamado amigos, porque todo
lo que le oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). ¡Qué confianza!
Al querer Él que actuemos in persona Christi Capitis, verdaderamente se
ha puesto en nuestras manos. Sinceramente pienso que el significado profundo del
ser sacerdote es llegar a ser amigos de Jesús. Por esta amistad debemos hoy
comprometernos nuevamente, como en el día en que fuimos ordenados. Esto
significa que debemos conocer a Jesús de modo más personal, viviendo con él,
estando con él. ¿De dónde, si no, saldría la fortaleza para entregarnos a
nuestros hermanos en el servicio ministerial? El simple activismo puede ser
incluso heroico, pero pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima
comunión con él.
¿Qué es “ser sacerdote de Jesucristo”? Lo describe muy bien la plegaria
eucarística II, que probablemente fue redactada ya a finales del siglo II;
describe, en efecto, el ministerio sacerdotal con las palabras que usa Dt 18,5.7
para mostrar la esencia del sacerdocio del AT: astare coram te et tibi
ministrare. En primer lugar “estar en presencia del Señor”, como los hijos
de Leví. ¿Qué quiere esto decir? La expresión, ahora en esta Plegaria II
inmediatamente después de la consagración de los dones, tras la entrada del
Señor en la asamblea reunida para orar, indica que Él está presente, es decir,
indica la Eucaristía como centro de la vida sacerdotal. El sacerdote tiene la
misión de velar. Debe estar en guardia ante las fuerzas amenazadoras del mal;
mantener despierto al mundo para Dios. Debe estar en pie frente a las corrientes
del tiempo. De pie en la verdad. De pie en el compromiso por el bien.
El sacerdote ha de ser una persona recta, vigilante; una persona que está de
pie. A todo ello se añade luego el servir. Al utilizar la palabra “servir” en el
canon de la Misa, de acuerdo con la novedad del culto cristiano, lo que hace el
sacerdote en ese momento, en la celebración de la Eucaristía, es en efecto
servir, realizar un servicio a Dios y a los hombres. Si Cristo rindió al Padre
el culto que consistió en entregarse hasta la muerte por los hombres, el
sacerdote debe insertarse en ese culto, es este servicio. No se trata de algo
artificioso; es “ars celebrandi” que no es ritualismo, sino familiaridad con la
palabra de Dios, amarla y vivirla; y aprender a conocer al Señor cada vez más y
darlo a conocer a todas las personas que Él nos encomienda. En este sentido,
“servir” significa cercanía y requiere familiaridad, sin que se apague el temor
reverencial que siempre se debe a Dios.
Os deseo lo mejor,
hermanos sacerdotes; y os agradezco profundamente vuestra entrega, la fatiga del
trabajo, el amor del día a día en las comunidades parroquiales o en la vida sin
tanto trabajo pastoral en los ya jubilados. Cuidad unos de otros, y tened
siempre abiertas vuestras puertas y vuestro corazón para los otros hermanos
sacerdotes. Hay que amar a los de lejos, pero sobre todo a los de cerca. En la
comunión con la Iglesia de Roma y el Pastor universal, con la intercesión
poderosa de María, nuestra Madre, vivid la Pascua, el misterio inefable del
Triduo Sacro. Saludad a vuestros fieles en mi nombre; hacedlo todo en nombre del
Señor Jesús. Que así sea.
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