Año 2010

 

JUEVES SANTO: MISA IN COENA DOMINI

 

Homilía en la S. I. Catedral Primada

1 de abril

 

Queridos hermanos: en la tarde del Jueves Santo, los que formamos la Iglesia que peregrina en la tierra nos reunimos para celebrar la Santa Misa en la Cena del Señor. Se trata del memorial de la Cena del Señor y del Esposo de la Iglesia, Cena de Pascua y de adiós, comienzo del Triduo Pascual, que nos adentra en la noche, pues es Cena que proyecta su misterio hasta el Calvario de mañana, y hasta la victoria de la resurrección, hasta la vida de la Iglesia a través de los tiempos, hasta que Él vuelva. ¡Qué grande es la Eucaristía!

Una vez más sentimos la verdad del misterio que se renueva, de los dones que Cristo nos ha preparado para siempre. Y es que el Jueves Santo se inscribe no en el pasado de aquel año en que Jesús murió, sino en la perenne Presencia de un misterio, que es Cristo Eucaristía, que da sentido a nuestra vida. No creemos, en efecto, en un difunto, alguien que nos dejó hace muchos años, maravilloso y santo, pero muerto. Es la Presencia buena de Cristo, que en la fiesta del Corpus aclamamos por nuestras calles. Quien se ha encontrado con Él realmente confiesa que no podría vivir, si no volviese ya a oírle hablar.

El evangelio de san Juan narra cómo Jesús lava los pies a los discípulos. El lavatorio no es, claro está, un sacramento, pero describe la actitud que debe brotar de los que reciben a Jesús en la comunión eucarística. Así lo expresaba el cardenal Newman, que pronto será beatificado por el Santo Padre en su viaje a Inglaterra: “Quédate en mi corazón con una unión tan íntima, que las almas que tengan contacto con la mía puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme, olviden que existo y no piensen sino en Ti”.

 “Porque su humanidad nos ha congregado, su humildad nos ha elevado, su entrega nos ha liberado, su muerte nos ha redimido, su cruz nos ha llenado de vida, su sangre nos ha limpiado y su carne nos alimenta… ¿Por qué admirarnos de que, al cumplir este humilde ministerio, en vísperas de su muerte, se despojara de su vestiduras, cuando, siendo Dios, se humilló a sí mismo? ¿Por qué admirarnos si se ciñó la toalla, cuando, al tomar la forma de siervo, se revistió de hombre? ¿Por qué admirarnos de que echara agua en la jofaina para lavar los pies de sus discípulos, el que derramó su sangre en la tierra para limpiar las manchas de los pecados? ¿Por qué admirarnos de que limpiara con la toalla, con la que se ciñó, los pies de los que había lavado, si con la carne con que se revistió confirmó las pasos de los predicadores del Evangelio? Y ciertamente que para ceñirse se quitó su vestidura; pero el recibir la forma de siervo, cuando se humilló a sí mismo, no se despojó de la que tenía, sino que recibió la que no tenía”. Así canta, admirada, la Liturgia Hispano-Mozárabe del Jueves Santo. Tan grande es el valor de la humildad humana, que su divina grandeza nos la recomendó con su ejemplo.

Hermanos: Cristo antes de padecer nos adelantó sus dones. Este es el misterio del Jueves Santo. ¿Cuáles son estos dones, únicos, incomparables?

El primero es el de la Eucaristía. La Eucaristía no es un simple ágape comunitario, o una fiesta de grupos o de vecinos; la Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias del Resucitado con su Pueblo, pues la vida entregada de Cristo ha vencido al pecado y a la muerte por la resurrección de su Humanidad. Pan y vino en manos de Cristo se nos dan como cuerpo y sangre suyos, ofrenda sacrificial y banquete de comunión. Y hoy; Cristo no se ha quedado prendido en el pasado. Se nos ha infiltrado en el presente por la resurrección; es compañía perenne de nuestro camino.

Es tan frágil el signo sacramental y a la vez tan lleno de sentido porque es presencia personal de Cristo. Actualizamos la Pascua cada día, para que no se nos borre de la memoria su entrega, no tengamos excusas de olvidarlo porque se fue de entre nosotros; para que la intimidad de aquella noche de amor y pasión pueda ser revivida cada día por su resurrección y dé sentido a nuestra vida. Pascua, por un lado, de cada día, y, una vez al año de aquella Cena hacemos, por otro, memoria de la noche en que Jesús fue entregado. Él mismo voluntariamente se nos entregó: “Ardientemente he deseado cenar con vosotros la Pascua antes de padecer” (Lc 22,15).

Hay otro don que está en función de la Eucaristía y de sus efectos salvadores: el sacerdocio. Aquella noche, recuerda la doctrina de la Iglesia, Jesús constituyó sacerdotes a los Apóstoles, y los capacitó de este modo para hacer presente el misterio mismo de la Pascua suya: Haced esto como memorial mío. Es un don, como el de la Eucaristía. Es una gracia, al servicio de esa Presencia de Cristo, que sólo en su nombre se puede evocar y actualizar. Por eso, el sacerdote se siente vinculado a la Eucaristía, a su servicio; y tiene que ser un hombre eucarístico, marcado por su servicio a favor del Pueblo de Dios. Se entrega para ofrecer a Dios y dar el pan de la vida, y el perdón y la palabra: todo aquello que de la Eucaristía deriva y a la Eucaristía conduce; para ser, como Jesús, Siervo y Esposo de la Iglesia, y reunir en la unidad a todos los hijos de Dios.

Os invito a que oréis por vuestros sacerdotes en este Año sacerdotal: es difícil encarnar a Cristo Sacerdote, entregarse a los hermanos como Él; vivir la entrega de cada día sin reservarse nada; vivir la obediencia, la pobreza, el celibato por el reino de los cielos. Pero ahí están nuestros sacerdotes: este mismo martes han renovado ante su Obispo y los demás cristianos sus promesas sacerdotales. Es injusto juzgar a todos por  el pecado y la debilidad de muy pocos. ¿Tenemos derecho, además, a juzgar indiscriminadamente a nuestros sacerdotes, sin conocer su persona? Ciertamente no debemos aceptar lo que no se corresponde a lo que Cristo quiere de sus sacerdotes; pero en muchas ocasiones sucede que la comunidad cristiana apenas ayuda a su sacerdote en las tareas que son de toda la comunidad, aunque él tenga una responsabilidad especial. Cuidar al sacerdote, trabajar con él es también tarea de los fieles laicos: la humanidad de Cristo y su gracia, y su perdón no nos llega sin los sacerdotes. Cuidadlos; no los dejéis solos.

El tercer don es el mandamiento nuevo del amor. Tan nuevo que lo estrenó Jesús; tan original que lo hizo típicamente suyo. Y le dio la medida máxima: hasta dar la vida por nosotros. Nos reveló un estilo de vida, un signo evidente de nuestra vinculación a Él. Lo proclamó santo y seña de sus discípulos. Un amor que viene de la Eucaristía, por imitación en la entrega y por la efusión de su Espíritu de amor, sin el cual no seríamos capaces de amar.

Por eso, cada Jueves Santo se estremece la Iglesia ante el misterio del don y la inmensa responsabilidad de responder al amor. El memorial de la Misa no es mero recuerdo, sino actualización salvífica del acontecimiento redentor. Pero hay algo más. Por la comunión, Cristo se une íntimamente al ser humano para que nosotros podamos amar como Él nos ha amado. He aquí porque  toda celebración eucarística lleva consigo la invitación a unirnos al sacrificio de Cristo, ya que de ella brota la fuerza y el compromiso de ser nosotros otros cristos en medio del mundo.

Pero hemos hablado de Presencia de Cristo, algo que hoy no se tiene en cuenta entre nosotros. Hemos perdido ese asombro ante la presencia de Cristo en la Eucaristía, que nos lleva a arrodillarnos y adorarle, respetando en silencio el Santísimo Sacramento. Nuestras iglesias parecen en ocasiones zocos, mercados donde se habla de todo. No hace mucho tiempo me contaba una abadesa que una chica postulante en su monasterio, con fuerte vocación contemplativa, ¡nadie le había enseñado a adorar al Santísimo en el tabernáculo o sagrario, o expuesto en una custodia! No sabía lo que era la Exposición con el Santísimo, y era alumna de un Colegio de la Iglesia.

¡Cuántos niños, adolescentes y jóvenes vivirían de otro modo la fe cristiana en contacto vivo con Cristo en la Eucaristía!  Ahí está Cristo, presente para nosotros. Aprovechemos esta tarde para orar ante Cristo en los tabernáculos del monumento; escuchemos sus palabras de amor y de perdón: su Misterio Pascual empieza con una esperanza cierta de renovación y salvación para nosotros.

 

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