Homilía en la S.
I. Catedral Primada
1 de abril
Queridos hermanos:
en la tarde del Jueves Santo, los que formamos la Iglesia que peregrina en la
tierra nos reunimos para celebrar la Santa Misa en la Cena del Señor. Se trata
del memorial de la Cena del Señor y del Esposo de la Iglesia, Cena de Pascua y
de adiós, comienzo del Triduo Pascual, que nos adentra en la noche, pues es Cena
que proyecta su misterio hasta el Calvario de mañana, y hasta la victoria de la
resurrección, hasta la vida de la Iglesia a través de los tiempos, hasta que Él
vuelva. ¡Qué grande es la Eucaristía!
Una vez más sentimos
la verdad del misterio que se renueva, de los dones que Cristo nos ha preparado
para siempre. Y es que el Jueves Santo se inscribe no en el pasado de aquel año
en que Jesús murió, sino en la perenne Presencia de un misterio, que es Cristo
Eucaristía, que da sentido a nuestra vida. No creemos, en efecto, en un difunto,
alguien que nos dejó hace muchos años, maravilloso y santo, pero muerto. Es la
Presencia buena de Cristo, que en la fiesta del Corpus aclamamos por nuestras
calles. Quien se ha encontrado con Él realmente confiesa que no podría vivir, si
no volviese ya a oírle hablar.
El evangelio de san
Juan narra cómo Jesús lava los pies a los discípulos. El lavatorio no es, claro
está, un sacramento, pero describe la actitud que debe brotar de los que reciben
a Jesús en la comunión eucarística. Así lo expresaba el cardenal Newman, que
pronto será beatificado por el Santo Padre en su viaje a Inglaterra: “Quédate en
mi corazón con una unión tan íntima, que las almas que tengan contacto con la
mía puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme, olviden que existo y no
piensen sino en Ti”.
“Porque su
humanidad nos ha congregado, su humildad nos ha elevado, su entrega nos ha
liberado, su muerte nos ha redimido, su cruz nos ha llenado de vida, su sangre
nos ha limpiado y su carne nos alimenta… ¿Por qué admirarnos de que, al cumplir
este humilde ministerio, en vísperas de su muerte, se despojara de su
vestiduras, cuando, siendo Dios, se humilló a sí mismo? ¿Por qué admirarnos si
se ciñó la toalla, cuando, al tomar la forma de siervo, se revistió de hombre?
¿Por qué admirarnos de que echara agua en la jofaina para lavar los pies de sus
discípulos, el que derramó su sangre en la tierra para limpiar las manchas de
los pecados? ¿Por qué admirarnos de que limpiara con la toalla, con la que se
ciñó, los pies de los que había lavado, si con la carne con que se revistió
confirmó las pasos de los predicadores del Evangelio? Y ciertamente que para
ceñirse se quitó su vestidura; pero el recibir la forma de siervo, cuando se
humilló a sí mismo, no se despojó de la que tenía, sino que recibió la que no
tenía”. Así canta, admirada, la Liturgia Hispano-Mozárabe del Jueves Santo. Tan
grande es el valor de la humildad humana, que su divina grandeza nos la
recomendó con su ejemplo.
Hermanos: Cristo
antes de padecer nos adelantó sus dones. Este es el misterio del Jueves Santo.
¿Cuáles son estos dones, únicos, incomparables?
El primero es el de
la Eucaristía. La Eucaristía no es un simple ágape comunitario, o una
fiesta de grupos o de vecinos; la Eucaristía es un sacrificio de acción de
gracias del Resucitado con su Pueblo, pues la vida entregada de Cristo ha
vencido al pecado y a la muerte por la resurrección de su Humanidad. Pan y vino
en manos de Cristo se nos dan como cuerpo y sangre suyos, ofrenda sacrificial y
banquete de comunión. Y hoy; Cristo no se ha quedado prendido en el pasado. Se
nos ha infiltrado en el presente por la resurrección; es compañía perenne de
nuestro camino.
Es tan frágil el
signo sacramental y a la vez tan lleno de sentido porque es presencia personal
de Cristo. Actualizamos la Pascua cada día, para que no se nos borre de la
memoria su entrega, no tengamos excusas de olvidarlo porque se fue de entre
nosotros; para que la intimidad de aquella noche de amor y pasión pueda ser
revivida cada día por su resurrección y dé sentido a nuestra vida. Pascua, por
un lado, de cada día, y, una vez al año de aquella Cena hacemos, por otro,
memoria de la noche en que Jesús fue entregado. Él mismo voluntariamente se nos
entregó: “Ardientemente he deseado cenar con vosotros la Pascua antes de
padecer” (Lc 22,15).
Hay otro don que
está en función de la Eucaristía y de sus efectos salvadores: el sacerdocio.
Aquella noche, recuerda la doctrina de la Iglesia, Jesús constituyó sacerdotes a
los Apóstoles, y los capacitó de este modo para hacer presente el misterio mismo
de la Pascua suya: Haced esto como memorial mío. Es un don, como el de la
Eucaristía. Es una gracia, al servicio de esa Presencia de Cristo, que sólo en
su nombre se puede evocar y actualizar. Por eso, el sacerdote se siente
vinculado a la Eucaristía, a su servicio; y tiene que ser un hombre eucarístico,
marcado por su servicio a favor del Pueblo de Dios. Se entrega para ofrecer a
Dios y dar el pan de la vida, y el perdón y la palabra: todo aquello que de la
Eucaristía deriva y a la Eucaristía conduce; para ser, como Jesús, Siervo y
Esposo de la Iglesia, y reunir en la unidad a todos los hijos de Dios.
Os invito a que
oréis por vuestros sacerdotes en este Año sacerdotal: es difícil encarnar a
Cristo Sacerdote, entregarse a los hermanos como Él; vivir la entrega de cada
día sin reservarse nada; vivir la obediencia, la pobreza, el celibato por el
reino de los cielos. Pero ahí están nuestros sacerdotes: este mismo martes han
renovado ante su Obispo y los demás cristianos sus promesas sacerdotales. Es
injusto juzgar a todos por el pecado y la debilidad de muy pocos. ¿Tenemos
derecho, además, a juzgar indiscriminadamente a nuestros sacerdotes, sin conocer
su persona? Ciertamente no debemos aceptar lo que no se corresponde a lo que Cristo
quiere de sus sacerdotes; pero en muchas ocasiones sucede que la comunidad
cristiana apenas ayuda a su sacerdote en las tareas que son de toda la
comunidad, aunque él tenga una responsabilidad especial. Cuidar al sacerdote,
trabajar con él es también tarea de los fieles laicos: la humanidad de Cristo y
su gracia, y su perdón no nos llega sin los sacerdotes. Cuidadlos; no los dejéis
solos.
El tercer don es el
mandamiento nuevo del amor. Tan nuevo que lo estrenó Jesús; tan original
que lo hizo típicamente suyo. Y le dio la medida máxima: hasta dar la vida por
nosotros. Nos reveló un estilo de vida, un signo evidente de nuestra vinculación
a Él. Lo proclamó santo y seña de sus discípulos. Un amor que viene de la
Eucaristía, por imitación en la entrega y por la efusión de su Espíritu de amor,
sin el cual no seríamos capaces de amar.
Por eso, cada Jueves
Santo se estremece la Iglesia ante el misterio del don y la inmensa
responsabilidad de responder al amor. El memorial de la Misa no es mero
recuerdo, sino actualización salvífica del acontecimiento redentor. Pero hay
algo más. Por la comunión, Cristo se une íntimamente al ser humano para que
nosotros podamos amar como Él nos ha amado. He aquí porque toda celebración
eucarística lleva consigo la invitación a unirnos al sacrificio de Cristo, ya
que de ella brota la fuerza y el compromiso de ser nosotros otros cristos en
medio del mundo.
Pero hemos hablado
de Presencia de Cristo, algo que hoy no se tiene en cuenta entre nosotros. Hemos
perdido ese asombro ante la presencia de Cristo en la Eucaristía, que nos lleva
a arrodillarnos y adorarle, respetando en silencio el Santísimo Sacramento.
Nuestras iglesias parecen en ocasiones zocos, mercados donde se habla de todo.
No hace mucho tiempo me contaba una abadesa que una chica postulante en su
monasterio, con fuerte vocación contemplativa, ¡nadie le había enseñado a adorar
al Santísimo en el tabernáculo o sagrario, o expuesto en una custodia! No sabía
lo que era la Exposición con el Santísimo, y era alumna de un Colegio de la
Iglesia.
¡Cuántos niños,
adolescentes y jóvenes vivirían de otro modo la fe cristiana en contacto vivo
con Cristo en la Eucaristía! Ahí está Cristo, presente para nosotros.
Aprovechemos esta tarde para orar ante Cristo en los tabernáculos del monumento;
escuchemos sus palabras de amor y de perdón: su Misterio Pascual empieza con una
esperanza cierta de renovación y salvación para nosotros.
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