Homilía en la S. I. Catedral Primada
2 de abril
Queridos hermanos: Tras escuchar la impresionante lectura de la Pasión según san
Juan, casi sobran las palabras y preferible es el silencio meditativo y orante
que pregunte a nuestro corazón: “¿Qué ha pasado? ¿Por qué muere el Hijo de
Dios?”. Es conveniente darse razones y encontrarlas en el interior de cada uno
de nosotros: ¿Habrá sido por mí, Señor, tu muerte cruel? ¿Habré tenido yo que
ver con esta muerte, este acto de amor impresionante? Hemos escuchado que Él fue
triturado por nuestros crímenes cuando los hombres lo cubrieron de
insultos y Pilatos lo hizo flagelar y conducir a la cruz, mientras nosotros
éramos liberados de las penas y de los suplicios, pues sus cicatrices nos
curaron. ¿Llegaremos a sentir, como san Pablo, que Cristo me amó y se
entregó por mí?
Pero, más importante que reconocernos culpables de su muerte, es saber que donde
creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Por ello, ¿dónde podrá hallar
nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del
Salvador? En ellas habito con seguridad, sabiendo que Él puede salvarme. Sé bien
que grita el mundo, que me atraen los deseos que genera mi cuerpo, que el
enemigo, el Mentiroso, me pone asechanzas, que quiere alejarme del Señor, pero
estoy cimentado sobre piedra firme y, si quiero, yo no caigo.
Puedo cometer un gran pecado, quizá lo he cometido. ¿Qué hacer? Me remorderá la
conciencia, pero el Viernes Santo me hará no perder la paz, porque me acordaré
de las llagas del Señor. Él, en efecto, fue traspasado por nuestras
rebeliones. ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte
de Cristo? Por esto hoy, si me acuerdo que tengo a mano un remedio tan poderoso
y eficaz como es la pasión de Cristo y su perdón en el Sacramento, ya no me
atemoriza ninguna dolencia, por maligna que sea. Por ello mismo, no tenía razón
aquel que dijo: Mi culpa es demasiado grande para soportarla (Gn 4,13).
Yo tomo, en efecto, de las entrañas del Señor lo que me falta, pues sus entrañas
rebosan misericordia. Agujerearon sus manos y pies y atravesaron su costado con
una lanza; y, a través de estas hendiduras, que tan bellamente están plasmadas
en nuestros Cristos de Semana Santa, puedo libar miel silvestre y aceite de
roca de pedernal, es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor.
Sus designios eran de paz, y yo lo he ignorado durante demasiado tiempo. Ahora,
en esta celebración de la muerte de Cristo, tengo ocasión de conocerlos mejor,
pues el clavo penetrante en su carne inocente se ha convertido para mí en una
llave que me ha abierto el conocimiento de la voluntad de Dios, esa que me
cuesta aceptar. ¿Por qué no he de mirar a través de esta hendidura? Tanto el
clavo como la llaga proclaman que en verdad Dios está en Cristo reconciliando al
mundo consigo. Y es que un hierro atravesó su alma, hasta cerca del corazón
y ya no es Cristo incapaz de compadecerse de mis debilidades y mis pecados.
Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos
dejan ver el gran misterio de la piedad de Dios, nos dejan ver la entrañable
misericordia de nuestro Dios, por la que nos ha visitado el sol que nace de lo
alto (Lc 1,78). ¿Qué dificultad hay en admitir que tus llagas nos dejan ver
tus entrañas, Señor? No podría hallarse otro medio más claro que estas tus
llagas para comprender que tú, Señor, eres bueno y clemente, y rico en
misericordia. Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por
los sentenciados a muerte y a la condenación. Y de esos somos nosotros, Señor,
por quienes Tú has dado la vida.
Entiendo hoy, al celebrar tu muerte, que mi único mérito es la misericordia del
Señor. Y no seré pobre en méritos, mientras Él no lo sea en misericordia. Porque
la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. Y, aunque
tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante
fue la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo
también cantaré eternamente las misericordias del Señor. Yo quiero ya
cantar mi propia justicia, mi propia justificación de vida sin el amor de Dios.
Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también
mía, pues Tú, Jesucristo, has sido constituido mi justicia de parte de Dios. Mis
palabras para agradecer tanto amor no serán nunca adecuadas, pero mi
agradecimiento Señor quiero que sea sincero. Ayúdeme tu gracia y la misericordia
del Padre, que contigo y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los
siglos.
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