Año 2010

 

VIERNES SANTO

 

Homilía en la S. I. Catedral Primada

2 de abril

 

Queridos hermanos: Tras escuchar la impresionante lectura de la Pasión según san Juan, casi sobran las palabras y preferible es el silencio meditativo y orante que pregunte a nuestro corazón: “¿Qué ha pasado? ¿Por qué muere el Hijo de Dios?”. Es conveniente darse razones y encontrarlas en el interior de cada uno de nosotros: ¿Habrá sido por mí, Señor, tu muerte cruel?  ¿Habré tenido yo que ver con esta muerte, este acto de amor impresionante? Hemos escuchado que Él fue triturado por nuestros crímenes cuando los hombres lo cubrieron de insultos y Pilatos lo hizo flagelar y conducir a la cruz, mientras nosotros éramos liberados de las penas y de los suplicios, pues sus cicatrices nos curaron. ¿Llegaremos a sentir, como san Pablo, que Cristo me amó y se entregó por mí?

Pero, más importante que reconocernos culpables de su muerte, es saber que donde creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Por ello, ¿dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Salvador? En ellas habito con seguridad, sabiendo que Él puede salvarme. Sé bien que grita el mundo, que me atraen los deseos que genera mi cuerpo, que el enemigo, el Mentiroso, me pone asechanzas, que quiere alejarme del Señor, pero estoy cimentado sobre piedra firme y, si quiero, yo no caigo.

Puedo cometer un gran pecado, quizá lo he cometido. ¿Qué hacer? Me remorderá la conciencia, pero el Viernes Santo me hará no perder la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, fue traspasado por nuestras rebeliones. ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo? Por esto hoy, si me acuerdo que tengo a mano un remedio tan poderoso y eficaz como es la pasión de Cristo y su perdón en el Sacramento, ya no me atemoriza ninguna dolencia, por maligna que sea. Por ello mismo, no tenía razón aquel que dijo: Mi culpa es demasiado grande para soportarla (Gn 4,13).

Yo tomo, en efecto, de las entrañas del Señor lo que me falta, pues sus entrañas rebosan misericordia. Agujerearon sus manos y pies y atravesaron su costado con una lanza; y, a través de estas hendiduras, que tan bellamente están plasmadas en nuestros Cristos de Semana Santa, puedo libar miel silvestre y aceite de roca de pedernal, es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor.

Sus designios eran de paz, y yo lo he ignorado durante demasiado tiempo. Ahora, en esta celebración de la muerte de Cristo, tengo ocasión de conocerlos mejor, pues el clavo penetrante en su carne inocente se ha convertido para mí en una llave que me ha abierto el conocimiento de la voluntad de Dios, esa que me cuesta aceptar. ¿Por qué no he de mirar a través de esta hendidura? Tanto el clavo como la llaga proclaman que en verdad Dios está en Cristo reconciliando al mundo consigo. Y es que un hierro atravesó su alma, hasta cerca del corazón y ya no es Cristo incapaz de compadecerse de mis debilidades y mis pecados.

Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de la piedad de Dios, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios, por la que nos ha visitado el sol que nace de lo alto (Lc 1,78). ¿Qué dificultad hay en admitir que tus llagas nos dejan ver tus entrañas, Señor? No podría hallarse otro medio más claro que estas tus llagas para comprender que tú, Señor, eres bueno y clemente, y rico en misericordia. Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por los sentenciados a muerte y a la condenación. Y de esos somos nosotros, Señor, por quienes Tú has dado la vida.

Entiendo hoy, al celebrar tu muerte, que mi único mérito es la misericordia del Señor. Y no seré pobre en méritos, mientras Él no lo sea en misericordia. Porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo también cantaré eternamente las misericordias del Señor. Yo quiero ya cantar mi propia justicia, mi propia justificación de vida sin el amor de Dios. Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también mía, pues Tú, Jesucristo, has sido constituido mi justicia de parte de Dios. Mis palabras para agradecer tanto amor no serán nunca adecuadas, pero mi agradecimiento Señor quiero que sea sincero. Ayúdeme tu gracia y la misericordia del Padre, que contigo y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

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