Año 2010

 

DOMINGO DE PASCUA

 

Homilía en la S. I. Catedral Primada

4 de abril

 

 “Mi alegría, Cristo, ha resucitado”. Con estas palabras solía saludar un santo (san Serafín de Sarov) a quienes les visitaban. Así deberíamos saludarnos hoy nosotros, y convertirnos en mensajeros de la alegría pascual. En el día de Pascua, y a través del relato evangélico, el anuncio de la resurrección se dirige  a todos los hombres por los mismos ángeles y, después de ellos, por las piadosas mujeres a la vuelta del sepulcro, por los Apóstoles y por los cristianos de las generaciones pasadas, vivas ahora para siempre en El que vive.

Todos estos hechos hacen resurgir en el corazón de cada uno de nosotros la pregunta fundamental de la vida: ¿quién es Jesús para ti? Ahora bien, esta pregunta se quedaría para siempre como una herida dolorosamente abierta si no indicara al mismo tiempo el camino para encontrar la respuesta: No hemos de buscar entre los muertos al Autor de la vida. No encontraremos a Jesús en las páginas de los libros de historia o en las palabras de quienes lo describen como uno de tantos maestros de sabiduría de la humanidad.

Él mismo, libre ya de las cadenas de la muerte, viene a nuestro encuentro en la Iglesia, su Esposa, su Pueblo; a lo largo del camino de la vida se nos concede encontrarnos con Él, que no desdeña en hacerse peregrino con el hombre peregrino, o mendigo, o simple hortelano, como creía María Magdalena. Él, el Inaprensible, el siempre Mayor, se deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la resurrección hasta los confines de la tierra. Lo hemos visto reflejado en la primera lectura del libro de los Hechos: desde el primer momento, Pedro y los Once son conscientes, y mucho, de cual es su tarea como testigos de la resurrección y portadores del perdón y la gracia que da el Resucitado a los que creen en Él por la predicación apostólica.

En consecuencia, sólo hay una cuestión importante de verdad: ponernos en camino al alba, no demorarnos más, encadenados como estamos a veces por los prejuicios y los temores, sino vencer las tinieblas de la duda con la esperanza. ¿Por qué no habría de suceder hoy que encontráramos al Señor vivo? ¿Por qué no va a ser posible anunciar a Jesucristo con la ayuda del Espíritu Santo a tantos hombres y mujeres que no le conocen? Claro que esto puede suceder. El modo y el lugar habrán sido diferentes y personalísimos para cada uno de nosotros, y los serán para los que acepten nuestro testimonio. Pero el resultado de este encuentro con Jesús resucitado es siempre el mismo: la transformación de nuestra persona, de los que nos hemos encontrado con Cristo porque la Iglesia no ha dejado de anunciar la salvación.

 “¡Si Jesús vive, eso me basta!”. Si Él vive, vivo yo, porque mi alma está suspendida en Él. ¿Qué puede faltarme, en efecto, si Jesús vive? Aún cuanto me faltara todo, no me importa, con tal de que viva Jesús. Si el amor de Cristo absorbe nuestro corazón, nos olvidaremos de nosotros mismos, nos volveremos a los demás y será perfecta nuestra caridad. ¡Luz Santa, Jesucristo, esplendor del Padre, a ti la alabanza! Tu amor hacia nosotros ha sido tan grande que tu Resurrección nos alegra y nos da la única vida.

 “¡Entrad todos en el gozo de vuestro Señor! Primeros y últimos, ricos y pobres, vigilantes y holgazanes, los que habéis ayunado y los que no lo habéis hecho, alegraos todos hoy. El festín está a punto, venid, pues, todos. El ternero cebado está servido, que nadie se marche hambriento. Gozad todos del banquete de la fe, venid a sacad el tesoro del pozo de la misericordia. Que nadie deplore su pobreza, porque el reino ha llegado para todos; que nadie se lamente de sus faltas, porque el perdón ha brotado del sepulcro; que nadie tema la muerte, porque la muerte del Señor nos ha librado de ella. Ha destruido la muerte Aquel al que la muerte había apresado; ha despojado al infierno Aquel que ha descendido a los infiernos”. Así invitada el obispo san Juan Crisóstomo a sus fieles. También os invito yo a este mismo gozo, pues no ha disminuido con los siglos. Feliz Pascua.

 

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