Homilía en la S.
I. Catedral Primada
4 de abril
“Mi alegría,
Cristo, ha resucitado”. Con estas palabras solía saludar un santo (san Serafín
de Sarov) a quienes les visitaban. Así deberíamos saludarnos hoy nosotros, y
convertirnos en mensajeros de la alegría pascual. En el día de Pascua, y a
través del relato evangélico, el anuncio de la resurrección se dirige a todos
los hombres por los mismos ángeles y, después de ellos, por las piadosas mujeres
a la vuelta del sepulcro, por los Apóstoles y por los cristianos de las
generaciones pasadas, vivas ahora para siempre en El que vive.
Todos estos hechos
hacen resurgir en el corazón de cada uno de nosotros la pregunta fundamental de
la vida: ¿quién es Jesús para ti? Ahora bien, esta pregunta se quedaría para
siempre como una herida dolorosamente abierta si no indicara al mismo tiempo el
camino para encontrar la respuesta: No hemos de buscar entre los muertos al
Autor de la vida. No encontraremos a Jesús en las páginas de los libros de
historia o en las palabras de quienes lo describen como uno de tantos maestros
de sabiduría de la humanidad.
Él mismo, libre ya
de las cadenas de la muerte, viene a nuestro encuentro en la Iglesia, su Esposa,
su Pueblo; a lo largo del camino de la vida se nos concede encontrarnos con Él,
que no desdeña en hacerse peregrino con el hombre peregrino, o mendigo, o simple
hortelano, como creía María Magdalena. Él, el Inaprensible, el siempre Mayor, se
deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la
resurrección hasta los confines de la tierra. Lo hemos visto reflejado en la
primera lectura del libro de los Hechos: desde el primer momento, Pedro y los
Once son conscientes, y mucho, de cual es su tarea como testigos de la
resurrección y portadores del perdón y la gracia que da el Resucitado a los que
creen en Él por la predicación apostólica.
En consecuencia,
sólo hay una cuestión importante de verdad: ponernos en camino al alba, no
demorarnos más, encadenados como estamos a veces por los prejuicios y los
temores, sino vencer las tinieblas de la duda con la esperanza. ¿Por qué no
habría de suceder hoy que encontráramos al Señor vivo? ¿Por qué no va a ser
posible anunciar a Jesucristo con la ayuda del Espíritu Santo a tantos hombres y
mujeres que no le conocen? Claro que esto puede suceder. El modo y el lugar
habrán sido diferentes y personalísimos para cada uno de nosotros, y los serán
para los que acepten nuestro testimonio. Pero el resultado de este encuentro con
Jesús resucitado es siempre el mismo: la transformación de nuestra persona, de
los que nos hemos encontrado con Cristo porque la Iglesia no ha dejado de
anunciar la salvación.
“¡Si Jesús vive,
eso me basta!”. Si Él vive, vivo yo, porque mi alma está suspendida en Él. ¿Qué
puede faltarme, en efecto, si Jesús vive? Aún cuanto me faltara todo, no me
importa, con tal de que viva Jesús. Si el amor de Cristo absorbe nuestro
corazón, nos olvidaremos de nosotros mismos, nos volveremos a los demás y será
perfecta nuestra caridad. ¡Luz Santa, Jesucristo, esplendor del Padre, a ti la
alabanza! Tu amor hacia nosotros ha sido tan grande que tu Resurrección nos
alegra y nos da la única vida.
“¡Entrad todos en
el gozo de vuestro Señor! Primeros y últimos, ricos y pobres, vigilantes y
holgazanes, los que habéis ayunado y los que no lo habéis hecho, alegraos todos
hoy. El festín está a punto, venid, pues, todos. El ternero cebado está servido,
que nadie se marche hambriento. Gozad todos del banquete de la fe, venid a sacad
el tesoro del pozo de la misericordia. Que nadie deplore su pobreza, porque el
reino ha llegado para todos; que nadie se lamente de sus faltas, porque el
perdón ha brotado del sepulcro; que nadie tema la muerte, porque la muerte del
Señor nos ha librado de ella. Ha destruido la muerte Aquel al que la muerte
había apresado; ha despojado al infierno Aquel que ha descendido a los
infiernos”. Así invitada el obispo san Juan Crisóstomo a sus fieles. También os
invito yo a este mismo gozo, pues no ha disminuido con los siglos. Feliz Pascua.
Q