Escrito dominical, el 25 de abril
En medio de la alegría de la Pascua, nos produjo una terrible
desazón la muerte injusta de Cristina Martín, la niña de Seseña. El dolor de sus
padres y hermanos debe ser respetado ante todo y, al hablar de este suceso, nos
mueve únicamente la cercanía a esta familia que sufre. Me consta que la
parroquia de Nuestra Señora de la Asunción donde vive, sacerdotes y fieles
laicos, ha puesto de su parte lo mejor de sus personas acompañando a la familia
en aquellos tristes días.
En cualquier caso, siento que algo falta en este dramático
acontecimiento, que incluye también a la otra familia, la de la chica que es
acusada de ser la autora presunta de esta muerte de Cristina Martín. Ante la
turbación de la sociedad que se pregunta qué ha sucedido para este desenlace,
los medios de comunicación han informado profusamente, indagando hipótesis,
razones, causas, pero falta preguntar más hondamente: ¿Por qué ha podido suceder
semejante despropósito? ¿Qué le pasa a nuestra sociedad para que en ella unos
adolescentes vivan de tal manera que entre ellos quepa hasta el desprecio de la
vida humana? Yo, adulto, responsable, por tanto, de una manera concreta de
vivir, ¿he podido contribuir a degradar la existencia de los demás y, sobre
todo, haber influido para que muchos adolescentes vivan una vorágine de
existencia en la que sobrepasan líneas rojas que nos asustan?
Habría, pues, que decir que hemos fracasado como sociedad
humana, al no saber transmitir a niños y adolescentes una forma sana de crecer,
de moverse en la vida, de saber vivir la alegría, el ocio. Independientemente de
las responsabilidades en la muerte de Cristina Martín, lo que me preocupa como
ciudadano que soy, obispo en esta tierra nuestra que es España, es que el
torbellino de las noticias devore también esta muerte y en pocos días todo
vuelva a la rutina. ¿Seremos capaces de reaccionar? No me atrevo a decir que
nuestra sociedad está corrompida, pues no es verdad, pero no quiero aceptar que
no seamos capaces de ver que el enemigo del ser humano está dentro de él. ¿Es la
ignorancia? Puede ser, pero es, ante todo, la mentira.
No dudo que la ignorancia ha sido y es el gran obstáculo del
ser humano para desarrollarse con plenitud. Sí, un deseo de no saber lo que
somos como seres humanos, ya niños, adolescentes o adultos; es un deseo de
mantenerse en los prejuicios trabajosamente afianzados durante años, que piden e
indican una forma de vida que no se ajusta al ser humano. Y la ideología se
aprovecha de ese deseo humano de ignorancia de varios modos. Quizá el más actual
sea la mentira, he leído en un artículo que ha llegado estos días a mis manos.
Mentir una y las veces que sean necesarias, pues la mentira (que proviene del
Mentiroso, como llama Jesús al Demonio) no conoce los hechos, los desprecia y
sólo los acepta como datos. La mentira sólo surge de intereses espurios y
consigue que ignoremos lo que somos y desconozcamos la verdad del mundo y de una
vida razonable, adecuada a la edad de cada uno.
Pensemos lo que se llevó (nazismo, comunismo, etc.) y lo que
mueve ahora a nuestros adolescentes: racismo, xenofobia, ideología de género,
consumismo a ultranza, espectáculos de masas, fomento de placeres efímeros,
desprecio de los demás, sexo banal, utilización de las personas, éxito fácil y a
toda costa. No es, sin duda, lo que están viviendo todos nuestros adolescentes,
pero sí muchísimos de ellos. Y esto destruye por dentro a nuestros niños, apenas
empezando a vivir. No podemos consentirlo; hemos de reaccionar y exigir a
nuestras autoridades que hagan algo y no se queden únicamente en encuestas para
ver por dónde van las opiniones de los que depositan votos en urnas.
X
Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de
Toledo
Primado de España
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