Escrito dominical, el 2 de mayo
El 19 de abril ha hecho cinco años de la elección de
Benedicto XVI. Como tantos millones de católicos, también nosotros damos gracias
a Dios por Su Santidad el Papa, hombre entregado al servicio de la Iglesia de
modo tan clarividente y generoso. Lo hacemos porque estamos convencidos de que
el Santo Padre es una gracia del Señor para su Iglesia; lo hacemos ahora que se
quiere hacer creer a la gente que el Romano Pontífice no ha hecho nada en los
casos de abusos de sacerdotes y religiosos de niños o menores de edad; ¡ahora
que se quiere invitar incluso a los obispos prácticamente a la rebeldía en una
carta de un teólogo disidente! Supuestamente, ante esta manera de actuar el
Papa, callarnos los obispos nos haría cómplices de «sus culpas».
No tengo ninguna duda de afirmar de lado de quién estoy: de
aquel en quien hoy vive Pedro. «Nos duelen en el alma –decía el presidente de la
Conferencia Episcopal Española hace unos días– los graves pecados y delitos
cometidos por algunos hermanos en el sacerdocio y por algunos religiosos que han
abusado de menores traicionando la confianza depositada en ellos por la Iglesia
y por la sociedad». Sí, deben ciertamente responder de sus actos ante Dios y
ante la justicia humana. Es intolerable faltar tan gravemente a la castidad, a
la justicia y a la caridad abusando de una autoridad que debería haber sido
puesta precisamente al servicio de esas virtudes y del testimonio del amor de
Dios. Yo también creo, como el Cardenal de Madrid, que «ya es demasiado que se
haya abusado de un solo niño. No puede ser».
Pero es también intolerable que se culpabilice a Benedicto
XVI de estos escándalos. He leído en un diario español llamar al Papa pederasta.
Ahí están, sin embargo, sus disposiciones encaminadas a prevenir y corregir
abusos en el campo mencionado y en otros ámbitos de la vida de la Iglesia. No
hay que callar esta rectitud del Papa, puesta en duda por instancias muy
concretas a nivel mundial. Tampoco tenéis que tener vosotros, hermanos, ninguna
duda acerca de la conducta del sucesor de san Pedro. No hay ninguna razón para
ello.
Pero quiero hacer una llamada de atención en todo este asunto
de los abusos de menores, tan aireado uno y otro día. La herida existe. Hay
suciedad en la Iglesia: algo que dijo alto y claro el mismo Papa cuando era
cardenal. Y nunca ha dejado de recordarlo, con realismo. Hay mal, hay pecado. Y
es necesario detener ese mal y reparar ese dolor. Benedicto XVI lo está haciendo
ya. Pero los datos hablan de una realidad mucho más limitada de casos de
pederastia en los sacerdotes. Es verdad. Bastaría un solo caso para reaccionar.
Sin embargo, hay también contradicciones en quienes denuncian estas atrocidades
y, poco después, justifican cualquier cosa, especialmente en materia de sexo, en
una sociedad que lo vanaliza constantemente.
Nosotros decimos: ahí está el pecado. ¿Existe algo más grande que el pecado?
¿Hay algo que pueda romper la cadena inexorable de nuestro mal? Sí: Dios que se
ha conmovido de nuestra nada; ahí está su conmoción por nuestra mezquindad. Hay
algo, pues, infinitamente más grande que nuestro pecado. Es el perdón de Dios.
Éste tampoco lo puede olvidar la Iglesia ni dejar de ofrecerlo también a los
sacerdotes que han pecado
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Braulio Rodríguez Plaza