Escrito dominical, el 22 de mayo
Subió Jesús al cielo y cumplió su promesa, pues había
dicho a los Apóstoles: «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Valedor» (Jn
14,16). Lo sabemos bien: cuando llegó el día 50 de la resurrección de
Cristo, estando reunidos todos en casa, descendió el Valedor, el guardián
y santificador de la Iglesia, el que dirige a las almas y lleva el timón
de las tormentas, la luz que señala el camino a los extraviados, el juez
de campo para los que luchan y el que trae la corona para los vencedores.
Y descendió entonces para revestir de fortaleza y bautizar a
los Apóstoles. Pues el Señor les había dicho: «Dentro de pocos días seréis
bautizados en el Espíritu Santo» (Hch 1,5). No fue una gracia parcial, sino una
integral fortaleza. No nos extrañe esta maravilla. El Espíritu Santo ha
descendido después sobre todos nosotros, hombre y mujeres que seguimos a Cristo.
¿Cómo, si no, hubiéramos podido ser cristianos, miembros del Pueblo Santo, sin
la capacidad del Espíritu?
La grandeza de la gracia que entonces descendió no debía
pasar inadvertida; por eso se oyó de súbito desde el cielo un estruendo como de
viento que soplaba vehemente (Cf. Hch 2,2); con él se significa la venida del
que da a los hombres gracia para arrebatar con violencia el reino de Dios. Los
Apóstoles estaban dentro, y toda la casa quedó llena del estruendo y se vieron
lenguas de fuego. Recibieron fuego, pero fuego que nos les quemaba, un fuego
saludable que consumía las zarzas y cardos de los pecados y hacía brillar sus
almas. Este fuego va a bajar también hoy sobre nosotros, si así lo queremos, y
arrancará y devorará las espinas de nuestros pecados, porque derrama sobre
nosotros la alegría de ser cristianos.
Necesitamos los que formamos la Iglesia recibir de nuevo
participación en el Espíritu Santo; lo necesitamos para que, dando muerte al
pecado, vivifique el Espíritu Santo nuestro corazón un tanto apocado. El Señor
no da su Espíritu con medida. El Padre de los cielos, que ama al Hijo y lo ha
puesto todo en su mano, le dio también a Jesús la potestad de conceder la gracia
del Espíritu Santo a todos los que formamos la Iglesia, para no convertirnos en
una secta, en una mera organización, unos rutinarios o profesionales de la
religión, sino en un Pueblo nuevo, que abre sus puertas a todas las naciones.
Os invito, pues, católicos de Toledo, sobre todo a los fieles
laicos, a estar preparados para recibir la gracia del Espíritu en Pentecostés.
Yo le pido que por ese mismo Espíritu, aquí en nuestra Diócesis, se digne
guardarnos y otorgarnos a todos las gracia de producir siempre los frutos del
Espíritu Santo: la caridad de Cristo, el gozo, la paz que llena los corazones,
un corazón grande y magnánimo; también la bondad y la benignidad para con los
demás, y una fe sin límites; y la castidad en Jesucristo nuestro Señor
Queridos hermanos: «Cristo está siempre con nosotros y camina
siempre con su Iglesia, la acompaña y la protege, como Él nos dijo: ‘Yo estoy
con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’ (Mt 28,20). Nunca dudéis de
su presencia. Buscad siempre al Señor Jesús, creced en su amistad, recibidlo en
la comunión. Aprended a escuchar su palabra y reconocerlo también en los pobres.
Vivid vuestra existencia con alegría y entusiasmo, seguros de su presencia y su
amistad gratuita, generosa, fiel hasta la muerte de cruz. Dad testimonio a todos
de la alegría por su presencia, fuerte y suave (...). Decid-les que es hermoso
ser amigo de Jesús y que vale la pena seguirlo. Mostrad con vuestro entusiasmo
que, de las muchas formas de vivir que el mundo parece ofrecernos hoy
–aparentemente todas del mismo nivel–, la única en la que se encuentra el
verdadero sentido de la vida y, por lo tanto, la alegría auténtica y duradera,
es siguiendo a Jesús» (Benedicto XVI, de la homilía en Lisboa el 11 de mayo de
2010).
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Braulio Rodríguez Plaza