Año 2010

 

CUANDO VINIERE EL CONSOLADOR

 

Escrito dominical, el 22 de mayo

Subió Jesús al cielo y cumplió su promesa, pues había dicho a los Apóstoles: «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Valedor» (Jn 14,16). Lo sabemos bien: cuando llegó el día 50 de la resurrección de Cristo, estando reunidos todos en casa, descendió el Valedor, el guardián y santificador de la Iglesia, el que dirige a las almas y lleva el timón de las tormentas, la luz que señala el camino a los extraviados, el juez de campo para los que luchan y el que trae la corona para los vencedores.

Y descendió entonces para revestir de fortaleza y bautizar a los Apóstoles. Pues el Señor les había dicho: «Dentro de pocos días seréis bautizados en el Espíritu Santo» (Hch 1,5). No fue una gracia parcial, sino una integral fortaleza. No nos extrañe esta maravilla. El Espíritu Santo ha descendido después sobre todos nosotros, hombre y mujeres que seguimos a Cristo. ¿Cómo, si no, hubiéramos podido ser cristianos, miembros del Pueblo Santo, sin la capacidad del Espíritu?

La grandeza de la gracia que entonces descendió no debía pasar inadvertida; por eso se oyó de súbito desde el cielo un estruendo como de viento que soplaba vehemente (Cf. Hch 2,2); con él se significa la venida del que da a los hombres gracia para arrebatar con violencia el reino de Dios. Los Apóstoles estaban dentro, y toda la casa quedó llena del estruendo y se vieron lenguas de fuego. Recibieron fuego, pero fuego que nos les quemaba, un fuego saludable que consumía las zarzas y cardos de los pecados y hacía brillar sus almas. Este fuego va a bajar también hoy sobre nosotros, si así lo queremos, y arrancará y devorará las espinas de nuestros pecados, porque derrama sobre nosotros la alegría de ser cristianos.

Necesitamos los que formamos la Iglesia recibir de nuevo participación en el Espíritu Santo; lo necesitamos para que, dando muerte al pecado, vivifique el Espíritu Santo nuestro corazón un tanto apocado. El Señor no da su Espíritu con medida. El Padre de los cielos, que ama al Hijo y lo ha puesto todo en su mano, le dio también a Jesús la potestad de conceder la gracia del Espíritu Santo a todos los que formamos la Iglesia, para no convertirnos en una secta, en una mera organización, unos rutinarios o profesionales de la religión, sino en un Pueblo nuevo, que abre sus puertas a todas las naciones.

Os invito, pues, católicos de Toledo, sobre todo a los fieles laicos, a estar preparados para recibir la gracia del Espíritu en Pentecostés. Yo le pido que por ese mismo Espíritu, aquí en nuestra Diócesis, se digne guardarnos y otorgarnos a todos las gracia de producir siempre los frutos del Espíritu Santo: la caridad de Cristo, el gozo, la paz que llena los corazones, un corazón grande y magnánimo; también la bondad y la benignidad para con los demás, y una fe sin límites; y la castidad en Jesucristo nuestro Señor

Queridos hermanos: «Cristo está siempre con nosotros y camina siempre con su Iglesia, la acompaña y la protege, como Él nos dijo: ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’ (Mt 28,20). Nunca dudéis de su presencia. Buscad siempre al Señor Jesús, creced en su amistad, recibidlo en la comunión. Aprended a escuchar su palabra y reconocerlo también en los pobres. Vivid vuestra existencia con alegría y entusiasmo, seguros de su presencia y su amistad gratuita, generosa, fiel hasta la muerte de cruz. Dad testimonio a todos de la alegría por su presencia, fuerte y suave (...). Decid-les que es hermoso ser amigo de Jesús y que vale la pena seguirlo. Mostrad con vuestro entusiasmo que, de las muchas formas de vivir que el mundo parece ofrecernos hoy –aparentemente todas del mismo nivel–, la única en la que se encuentra el verdadero sentido de la vida y, por lo tanto, la alegría auténtica y duradera, es siguiendo a Jesús» (Benedicto XVI, de la homilía en Lisboa el 11 de mayo de 2010).

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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