Escrito dominical, el 3 de junio
El 11 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Benedicto XVI
clausura el Año Sacerdotal. Ha sido un tiempo en que hemos visto desfilar
ante nuestros ojos noticias, acontecimientos, realidades de todo tipo.
Muchas de ellas hablaban de actuaciones de algunos sacerdotes reprobables
de todo punto y que han llenado de tristeza a tantos cristianos, no sin
ahorrar cierto ensañamiento y exageración a la hora de informar. No es
necesario repetir cuanto el Santo Padre ha dicho y hecho acerca de los
casos de pederastia cometidos por presbíteros o religiosos; constituyen un
verdadero ejercicio de gobierno de Su Santidad y una indicación de que ese
camino a nada conduce en la Iglesia. A la vez, el Papa ha propuesto una
purificación de toda la Iglesia, porque a nadie serio se le ocurre pensar
que el problema de la pederastia es exclusivo de los sacerdotes.
Pero yo quiero hablar ahora de otra cosa. Quiero hablar de los sacerdotes; y
hablar bien, porque algo entiendo de lo que es la vida sacerdotal y de las
virtudes que la inmensa mayoría de presbíteros posee. Es muy fácil hoy hablar
con frivolidad de los defectos “del clero”; los tenemos, pero en nosotros hay
más de entrega de vida para los demás. Desde que un adolescente piensa que el
Señor le llama para ser cura, su discernimiento continuo acerca de la rectitud
de intención, el que hacen de él los formadores del Seminario, las etapas
vividas para ir formando un corazón de pastor, su preparación para el amor
célibe, su esfuerzo por el estudio de la Revelación o el inicio en la pastoral,
hasta su ordenación han pasado muchos días de aprendizaje. Y una vez ordenado,
el sacerdote está disponible para la tarea del servicio ministerial con
generosidad y esfuerzo.
Habría que preguntar también a la gente qué piensan de éste o aquél magnífico
sacerdote que en años de madurez transformó tal parroquia; y la pena que sienten
cuando el Obispo lo necesita para otra tarea; la fidelidad a prueba de bomba
durante años de tantos sacerdotes; los intentos de iniciar nuevas tareas de
dinamización de la comunidad cristiana, y de que los grupos y movimientos
apostólicos de seglares sean cada vez más significativos en la Iglesia; los
consejos y el acompañamiento de sus hermanos cristianos; la siempre difícil
adaptación a nuevos problemas; la elegancia en vivir el desprestigio social en
el que, con frecuencia, se ve rodeado hoy el sacerdote; el deseo de salir de sus
crisis que, como todo creyente, tiene el que preside una comunidad; el esfuerzo
para salir de la mediocridad; la generosidad para marchar a otras diócesis
lejanas a trabajar con los más pobres.
¿Y el sacerdote mayor? ¿No habéis hablado con sacerdotes mayores que relatan
cómo volverían a ser curas, si nacieran de nuevo? Y no precisamente porque hayan
tenido un buen salario o una buena posición. Sacerdotes que, aunque estén en
situación de eméritos, celebran su Misa con fidelidad y ayudan o con sus oración
o con alguna tarea concreta, aunque sea pequeña. “Sacerdos in aeternum”,
“sacerdote para siempre”.
A todos los sacerdotes, jóvenes y mayores, con dificultades o con toda la
ilusión del mundo, ¡ánimo! ¡Adelante! No antepongamos nada al amor de Cristo.
Dios es la sola riqueza que los hombres y mujeres desean encontrar en nosotros,
los sacerdotes. Gracias de corazón por lo que hacéis en el Pueblo de Dios.
X
Braulio Rodríguez Plaza