Año 2010

 

SACERDOTES

 

Escrito dominical, el 3 de junio

El 11 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Benedicto XVI clausura el Año Sacerdotal. Ha sido un tiempo en que hemos visto desfilar ante nuestros ojos noticias, acontecimientos, realidades de todo tipo. Muchas de ellas hablaban de actuaciones de algunos sacerdotes reprobables de todo punto y que han llenado de tristeza a tantos cristianos, no sin ahorrar cierto ensañamiento y exageración a la hora de informar. No es necesario repetir cuanto el Santo Padre ha dicho y hecho acerca de los casos de pederastia cometidos por presbíteros o religiosos; constituyen un verdadero ejercicio de gobierno de Su Santidad y una indicación de que ese camino a nada conduce en la Iglesia. A la vez, el Papa ha propuesto una purificación de toda la Iglesia, porque a nadie serio se le ocurre pensar que el problema de la pederastia es exclusivo de los sacerdotes.

Pero yo quiero hablar ahora de otra cosa. Quiero hablar de los sacerdotes; y hablar bien, porque algo entiendo de lo que es la vida sacerdotal y de las virtudes que la inmensa mayoría de presbíteros posee. Es muy fácil hoy hablar con frivolidad de los defectos “del clero”; los tenemos, pero en nosotros hay más de entrega de vida para los demás. Desde que un adolescente piensa que el Señor le llama para ser cura, su discernimiento continuo acerca de la rectitud de intención, el que hacen de él los formadores del Seminario, las etapas vividas para ir formando un corazón de pastor, su preparación para el amor célibe, su esfuerzo por el estudio de la Revelación o el inicio en la pastoral, hasta su ordenación han pasado muchos días de aprendizaje. Y una vez ordenado, el sacerdote está disponible para la tarea del servicio ministerial con generosidad y esfuerzo.

Habría que preguntar también a la gente qué piensan de éste o aquél magnífico sacerdote que en años de madurez transformó tal parroquia; y la pena que sienten cuando el Obispo lo necesita para otra tarea; la fidelidad a prueba de bomba durante años de tantos sacerdotes; los intentos de iniciar nuevas tareas de dinamización de la comunidad cristiana, y de que los grupos y movimientos apostólicos de seglares sean cada vez más significativos en la Iglesia; los consejos y el acompañamiento de sus hermanos cristianos; la siempre difícil adaptación a nuevos problemas; la elegancia en vivir el desprestigio social en el que, con frecuencia, se ve rodeado hoy el sacerdote; el deseo de salir de sus crisis que, como todo creyente, tiene el que preside una comunidad; el esfuerzo para salir de la mediocridad; la generosidad para marchar a otras diócesis lejanas a trabajar con los más pobres.

¿Y el sacerdote mayor? ¿No habéis hablado con sacerdotes mayores que relatan cómo volverían a ser curas, si nacieran de nuevo? Y no precisamente porque hayan tenido un buen salario o una buena posición. Sacerdotes que, aunque estén en situación de eméritos, celebran su Misa con fidelidad y ayudan o con sus oración o con alguna tarea concreta, aunque sea pequeña. “Sacerdos in aeternum”, “sacerdote para siempre”.

A todos los sacerdotes, jóvenes y mayores, con dificultades o con toda la ilusión del mundo, ¡ánimo! ¡Adelante! No antepongamos nada al amor de Cristo. Dios es la sola riqueza que los hombres y mujeres desean encontrar en nosotros, los sacerdotes. Gracias de corazón por lo que hacéis en el Pueblo de Dios.

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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