S. I.
Catedral Primada
Toledo, 3 de
junio
Queridos hermanos:
“Del mismo Señor creemos que fluyen, como de una fuente, el conjunto de todos
los beneficios. Los fieles, que se acercan a Él con toda confianza, se llenan de
gracia y se enriquecen copiosamente con dones celestiales”. De este modo
comenzaba su Santidad Benedicto XVI la carta que dirigía al Cardenal A. Sodano
para constituirle su Legado para el X Congreso Eucarístico felizmente celebrado
en nuestra ciudad la semana pasada.
El don de la
Eucaristía es, quién lo duda, el más grande de los beneficios divinos, porque es
la Persona adorable del Salvador, Dios y Hombre verdadero. Y “el don, que está
en Cristo, siendo uno está en todos; y porque no falta en ninguna parte, se da
en la medida en que cada uno quiera recibirlo; habita en tanto en cuanto uno
quiera merecerlo” (san Hilario, De Trinitate, 2,31).
En Toledo no falta
este Don, y lo podemos merecer en la Liturgia de la Iglesia de dos maneras: en
el rito romano, nuestro rito; pero también en la liturgia hispano-mozárabe,
guardada con amor por nosotros en Toledo, y en la que hoy celebramos esta
Eucaristía que precede a la gran procesión esperada cada año con nuevo deseo y
entusiasmo.
Como acontece tantas
veces, aparece en la Sagrada Escritura la paradoja: “Quien me encuentra,
encuentra la vida y obtiene el favor del Señor; pero el que me ofende, se daña a
sí mismo”. Porque es el Señor quien prepara el vino y adereza su mesa y envía a
sus criados a invitarnos, proclamando desde lo más alto de la ciudad: “jóvenes
inexpertos, venid a aquí”. Y a los insensatos: “venid, comed de mi pan y bebed
del vino que yo he preparado”.
Esa es nuestra
tradición, recibida directamente de Jesucristo: Él, la noche en que fue
entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se
entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”. Y, después de cenar, hizo lo
mismo con el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi
sangre; cada vez que la bebáis, hacedlo en memoria mía”. Necesitamos de la
Eucaristía imperiosamente. Lo dice palmariamente Jesús en el evangelio: hemos de
comer y beber, pues “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él”.
Le pedimos al Señor
en esta celebración que preserve nuestra vida de la corrupción. No se trata de
la corrupción sólo moral en la que todos podemos caer; es la corrupción de
nuestro ser, pues nos morimos y no tenemos otra prenda de resurrección que la
Eucaristía. Porque lo que somos no acabará, si vivimos según el Espíritu de
Jesucristo. Ciertamente la corrupción que es pecado lleva a grandes dificultades
para conseguir las metas de una humanidad más digna. Por ello mismo, al sentir
hambre y sed, sólo la saciamos bebiendo del sacrificio eucarístico, que nos
limpia de los delitos en la vida presente, y después en la eterna, nos mantiene
felizmente unidos a los santos.
De esa vida
renovada, sana, de nosotros cristianos, tiene necesidad la santa Iglesia, como
subraya con tanto énfasis Benedicto XVI: la Iglesia se renueva cuando nosotros,
sus miembros vivimos según el Espíritu, a la par con Cristo. Ahí radica la
solución de muchos problemas internos de la Iglesia. ¡Qué hermoso orar en esta
liturgia hispano-mozárabe: “Tú te quedas con nosotros bajo apariencia del pan
con que robusteces los corazones, de manera que, por la fuerza de este pan,
durante estos días dedicados a tu nombre, podamos ayunar sin impedimento de la
carne y de la sangre, teniéndote a Ti mismo como pan, porque sacias a los pobres
con el pan de los ángeles y arcángeles!”.
Es verdaderamente
bendito nuestro Señor Jesucristo, quien, rechazando las ofrendas impuras,
instituyó un rito sencillo y natural de nueva función, y enseñó a sus discípulos
a vivir con pura inocencia y a ofrecer el sacrificio de alabanza a solo Dios.
Este es el gran Don que hoy celebramos: Jesucristo entregado por nosotros para
nuestra justificación. Es de una grandeza semejante acción salvadora del Señor
que el Pueblo cristiano hace ya muchos siglos sintió la necesidad de que
prolongar la Eucaristía por calles y plazas. Este Jueves nosotros también nos
sentimos impulsados a colocar al Santísimo en la impresionante Custodia de
Enrique de Arfe y recorrer Toledo. Dios sea bendito y alabado, porque Él está
aquí.
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