En nuestra
procesión, Cristo Eucaristía, hemos llegado hasta Zocodover. Es momento de
reflexión serena ante ti, Señor sacramentado. Sabemos que la fiesta del Corpus
Christi constituye una continuación del Jueves Santo, casi una obediencia a tu
invitación: “Lo que yo os digo en lo secreto, predicadlo sobre los tejados”.
Efectivamente, el don de la Eucaristía los Apóstoles, sí, lo recibirán de Ti en
la intimidad de la última Cena, pero estaba destinado a todos, al mundo entero.
He aquí por qué se proclama y se expone abiertamente, para que cada uno pueda
encontrarte, Jesús que pasas por nuestras calles, como ocurría por los caminos
de Galilea, de Samaría y de Judea; para que cada uno, recibiéndote, pueda ser
sanado y renovado con la fuerza de tu amor.
Señor, en cuanto yo
puedo entender, éste es el sentido del sacrificio eucarístico: contra el gran
peso del mal que existe en el mundo y que inclina el mundo hacia abajo, Tú pones
otro peso más grande: el del amor infinito que irrumpe en el mundo. Pero no
acabamos, Señor, de entender este punto importante de lo que el Padre nos ha
revelado: Dios es siempre un bien absoluto, pero este bien absoluto ha querido
entrar justamente en el juego de la historia. Tú, Hijo del Padre, te haces aquí
presente y sufres hasta el fondo el mal, creando así un contrapeso de valor
absoluto. El plus del mal que nos parece que prevalece en nuestro mundo,
si sólo vemos empíricamente las proporciones, es superado, sin embargo, por el
plus inmenso del bien, por el sufrimiento y el amor del Hijo de Dios.
Pero creo, Señor,
que Tú nos indicas también prestar atención a otro aspecto de tu Eucaristía en
esta procesión del Corpus: “la mística del Sacramento tiene un carácter
social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido a <Ti> Señor como
todos los demás que comulgan: El pan es uno, y así todos nosotros, aunque
somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan (1 Cor
10,17) (Deus caritas est, 14). Se nos olvida, o preferimos olvidar, que la
unión contigo en la comunión es al mismo tiempo unión con todos los demás a los
que Tú te entregas. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo
pertenecer en unión con todos los que son suyos o lo serán.
Enséñanos, Hijo de
Dios, a sentir que la comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Ti, y por
tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos y aun con todos los
hombres y mujeres. Nos hacemos “un cuerpo”, aunado en una misma existencia.
Ahora, el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: Tú, el Dios encarnado
nos atraes a todos hacia Ti.
“El cáliz que
bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es
comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo
cuerpo, pues todos participamos de ese único pan”. Son palabras de tu apóstol
Pablo, Señor, que él ha sentido y vivido cuando Tú te revelaste al que sería el
apasionado por el Evangelio. En estas palabras aparece, a la vez, el carácter
personal y social del sacramento de la Eucaristía que hemos conmemorado hoy en
la Misa en rito Hispano-Mozárabe. Tú, Cristo, te unes personalmente a cada uno
de nosotros, pero te unes igualmente a los que están junto a mí. Por eso el pan
es para mí y también para el otro.
Haznos comprender
que Tú nos unes todo a ti, pero nos unes a todos nosotros, el uno con el otro.
Te recibimos a ti en la comunión. Pero te unes, Señor, igualmente con mi
prójimo/próximo: Cristo y el prójimo son inseparables en la Eucaristía. Y así
nosotros somos un solo pan, un solo cuerpo. Una Eucaristía, un Corpus, sin
solidaridad con los demás es una Eucaristía de la que se abusa. Háznoslo
entender así, Señor. En el mismo culto eucarístico, en la comunión eucarística
se contiene el ser amados por ti, Jesús sacramentado, y el amar nosotros a su
vez a los demás. Una Eucaristía que nos se traduzca en amor concretamente
practicado es en sí misma una Eucaristía fragmentada, rota, no completa.
Recuerdo ahora tus
palabras, Señor, las que dirigiste a aquel escriba que te preguntaba sobre quién
era su prójimo, y a quien contestaste con la parábola del buen samaritano. Tu
conclusión fue clara: “Anda, haz tú lo mismo” (Lc 10,37). Nos invitas así a
hacer nuestro el estilo del buen samaritano, que es tu estilo. Y, ¿cuál es ese
estilo?, preguntaría alguien hoy. “Es un corazón que ve. Este corazón ve dónde
se necesita amor y actúa en consecuencia” (Deus caritas est, 31). Es lo
que entiendo, Señor: tu amor incondicional que nos ha curado deberá ahora, si
queremos vivir con un corazón de buen samaritano, transformarse en un amor
ofrecido gratuita y generosamente, mediante la justicia y la caridad.
Tú no has enseñado
que “Dios es amor”, y que la ley fundamental de la perfección humana, y por ello
de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. El actual
escenario de la historia es de crisis socioeconómica, cultural y espiritual, y
pone de manifiesto la conveniencia de un discernimiento orientado por la
propuesta creativa del mensaje social de la Iglesia, que permita trazar un
proceso de desarrollo humano que implique la profundidad del corazón y alcance
una mayor humanización de la sociedad. Danos una sabiduría que dé sabor y
condimento, que ofrezca creatividad a las vías teóricas y prácticas para
afrontar una crisis tan amplia y compleja. Que las instituciones de la Iglesia,
junto con las organizaciones no eclesiales, mejoren la capacidad de conocimiento
y orientación para una nueva dinámica, que lleve a esa “civilización del amor”,
que el Padre de los cielos ha puesto en cada pueblo y cultura.
Estamos llamados a
promover orgánicamente, sobre todo los fieles laicos, el bien común, la justicia
y a configurar rectamente la vida social (Cf. Deus caritas est, 29).
Unidos a Ti, Jesucristo, en tu consagración al Padre, haznos participar de tu
compasión por las muchedumbres que reclaman justicia y solidaridad, y que nos
comprometamos a ofrecer respuestas concretas y generosas. Sabes, Señor, que la
presión ejercida por la cultura dominante presente insistentemente un estilo de
vida basado en la ley del más fuerte, en el lucro fácil y seductor, que acaba
por influir en nuestro modo de pensar, en nuestros proyectos y en el horizonte
de nuestro servicio, con el riesgo de vaciarlos de aquella motivación de fe y
esperanza cristiana que los había suscitado, cuando un elemento fundamental de
la actividad caritativa cristiana es su autonomía e independencia de la política
y de las ideologías, si bien en colaboración con los organismos del Estado para
alcanzar fines comunes.
Tú, Señor, y la más
genuina tradición católica nos habéis enseñado a reconocer todas las iniciativas
sociales y pastorales que tratan de luchar contra los mecanismos
socio-económicos y culturales que favorezcan el aborto; pero también a unirnos a
cuantos fomentan la defensa de la vida, así como la reconciliación y atención a
las personas heridas por el drama del aborto, del desempleo, del abandono por el
desamor de un consumismo indigno. Son los valores esenciales y primarios de la
vida. Dichas iniciativas, junto con otros compromisos por las que más sufren,
son elementos esenciales para la construcción de la civilización del amor.
Nuestra vida, Señor
Sacramentado, esté penetrada por tu presencia. Con el gesto de esta hermosa
procesión por nuestro Toledo, ponemos bajo tus ojos los sufrimientos de los
enfermos, la solicitud de jóvenes y ancianos, los miedos y tentaciones de
nuestra vida. Queremos, Señor, que esta procesión sea un gran y pública
bendición para nuestra ciudad. Tú, Jesucristo, eres, en persona, la bendición
divina para el mundo; que ella se extienda sobre todos nosotros. Así sea.