Año 2010

 

SÍMBOLOS RELIGIOSOS

 

Escrito dominical, 4 de julio

En la última Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, los obispos que la integran han emitido una interesante Nota, muy corta, escueta y, sin embargo, sustanciosa. Pueden encontrar dicha Nota en la publicación diocesana «Padre Nuestro», en la página web de la Conferencia Episcopal o en la de la Archidiócesis, porque me figuro que toda entera no la publicarán los medios de comunicación. Se trata de un problema no menor y que tiene que ver con una constante confusión entre Estado laico y Estado laicista.

La separación entre la Iglesia y el Estado, que proclama nuestra Constitución y que la Iglesia acepta, ¿significa que debe desaparecer de la vida pública toda simbología religiosa cristiana, como el crucifijo u otros signos cristianos? ¿Por qué todo sentimiento religioso cristiano ha de quedar en la privacidad, en el interior de cada creyente? ¿Responde eso a la realidad o es algo artificial y que va en contra de lo que somos? Hay que decir que hace daño, sobre todo a los más sencillos, que entienden que la fe es algo valioso y no desdeñable. La Nota afirma con razón –que negarán los laicistas– que «gracias precisamente al cristianismo, Europa ha sabido afirmar la autonomía de los campos espiritual y temporal y abrirse al principio de la libertad religiosa, respetando tanto los derechos de los creyentes como de los no creyentes. Esto se ve más claro en nuestros días, cuando otras religiones se difunden entre nosotros al amparo de esa realidad».

¿Acaso pretendemos los católicos obligar a ser cristianos a los que no lo son? Evidentemente que no. Pero que el Estado sea laico lo que quiere decir es que no es Estado teocrático, no sometido a una Iglesia, que no decide consultado textos religiosos. Ahora bien, la separación de la Iglesia y el Estado es buena, pero ¿significa que el Papa no puede ser Papa, el Obispo no pueda ser Obispo y el cristiano no pueda ser cristiano? Esto es una desmesura increíble.

Yo puedo aceptar, sin compartir ese criterio, que haya personas que vivan «como si Dios no existiera», y que han de ser respetadas; pero no que tengan una superioridad sobre las personas que viven sabiendo que Dios existe, pues éstas hacen a la sociedad en que vivimos mejores servicios. Me remito a las pruebas de cada día. Pretender, pues, una neutralidad total del Estado es una quimera y es injusto, aunque no les parezca así a los laicistas.

En el caso de la presencia de la cruz en los ámbitos públicos, ésta refleja el sentimiento religioso de los cristianos de todas las confesiones y no pretende excluir a nadie. «Al contrario –dice la Nota– es expresión de una tradición a la que todos reconocen un gran valor y un gran papel catalizador en el diálogo entre personas de buena voluntad y como sostén para los que sufren y los necesitados, sin distinción de fe, raza o nación (...). Ponerse en contra de los símbolos de los valores que modelan la historia y la cultura de un pueblo es dejarle indefenso ante otras ofertas culturales, no siempre benéficas y cegar las fuentes básicas de la ética y el derecho que se han mostrado fecundas en el reconocimiento, la promoción y la tutela de la dignidad de la persona». ¿Lamentaremos algún día tal actitud?

Les hablaré ahora de otro símbolo. Este domingo, 4 de julio, en la catedral habrá ordenaciones de nuevos sacerdotes y diáconos. Es una manera de decirnos a todos los católicos que sigue habiendo jóvenes que quieren mostrar la donación de su vida para el servicio de los demás. Es un gesto no sólo hermoso, sino eficaz. Les pido que oren por ellos. Se los encontrarán pronto en nuestras parroquias. Es un día de gozo para toda la Iglesia diocesana de Toledo.

 

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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