Homilía del Sr.
Arzobispo Primado
S. I. Catedral
Primada, 4 de julio de 2010
Queridos hermanos:
Este es un día de alegría para toda la Diócesis. Nuevos sacerdotes y nuevos
diáconos de Jesucristo, para el servicio del Pueblo de Dios. Gracias al
Seminario diocesano, al Mayor y Menor por cuanto habéis hecho en la formación de
estos jóvenes. Y felicidades a vosotros, familia de los nuevos presbíteros y
diáconos; felicidades también a las parroquias de las que salieron ellos y en
las que ellos han trabajado. En este año como Arzobispo de Toledo he comprobado
cómo es un orgullo para un pueblo que uno de sus hijos sea sacerdote. Nos
alegramos también con la Diócesis de Gitega (Burundi) por la ordenación de César
e Innocent y deseamos a los hermanos de la Sagrada Familia un futuro de
vocaciones con motivo de la ordenación del hermano Pablo.
Se han quedado
grabadas en mi las bellas palabras del Papa Benedicto en la Clausura del año
sacerdotal: “El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como
aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas
funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede
hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de
nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida.
Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias
de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente
a El mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los
elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por
tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale
de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los
hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos
de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los
hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es
realmente la mayor grandeza que se oculta en las palabras «sacerdocio». Que Dios
nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así,
se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido de nuevo
considerar y comprender. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan
cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra
debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día”.
También yo quisiera
enseñar de nuevo a los jóvenes “que esta vocación, esta comunión de servicio por
Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro “Sí”. Junto
con la Iglesia, tenemos que pedir a Dios esta vocación, tal y como lo quiso
Jesucristo, fundada en la debilidad de nuestra carne (por tanto siempre como un
riesgo) y la fuerza de Cristo. Otro tipo de sacerdocio sería bien acogido por
muchos en nuestra sociedad de débil
pensamiento, pero sería un fracaso y una infidelidad a lo que nos dice Cristo,
a la audacia de Dios que confía en nuestra limitación y pequeñez. Queridos
ordenandos: no quiero yo dorar ninguna píldora. Ser sacerdote es un riesgo y una
responsabilidad. Pero es posible y da una alegría y unas ganas de vivir
increíbles. Dios es siempre mayor y no nos dejará solos. Por ello, como obispo
de esta Diócesis, estoy particularmente contento de acoger en el seno del
“presbiterio” toledano a estos 6 nuevos sacerdotes y de ordenar a los nuevos
diáconos. Estáis hoy en el centro de la atención del Pueblo de Dios, un pueblo
simbólicamente representado por las personas que llenan nuestra catedral;
vuestros padres, vuestros amigos, los formadores del Seminario, el Cabildo, las
diferentes comunidades parroquiales, pero también las religiosas de clausura y
los enfermos que ofrecen su vida por vosotros. Sí, la Iglesia cuenta mucho con
vosotros. Tiene necesidad de cada uno de vosotros, porque es consciente de los
dones que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la necesidad absoluta del
corazón de cada hombre y mujer de encontrarse con Cristo, Salvador único y
universal del mundo, para recibir de Él la vida nueva y eterna, la verdadera
libertad y la plena alegría.
Nos sentimos, de
este modo, invitados todos a entrar en el “misterio”, en el acontecimiento de
gracia que se realiza esta tarde en vuestros corazones con la ordenación
sacerdotal y diaconal. Dejémonos, pues, iluminar por la Palabra de Dios que ha
sido proclamada ante nosotros.
El evangelio de este
domingo es, en realidad, continuación del que proclamábamos el domingo anterior.
Y es bueno unir la perícopa de los 72 discípulos que Jesús envía por delante a
todos los lugares donde Él pensaba ir, con las condiciones que el Señor pide a
los que Él llama o a los que desean seguirle espontáneamente. Sabido es que
Jesús, al igual que san Juan Bautista y como solían hacer los rabinos de su
tiempo, reunió en torno a sí un círculo de discípulos; y si es verdad que los
seguidores de los rabinos puedan llamarse con cierta propiedad “discípulos”
-pues no se limitaban a aprender la Ley, sino que trataban de asimilar sus
ejemplos y su género de vida-, las diferencias que hay entre los rabinos y sus
escolares y Jesús y sus discípulos son mucho mayores que sus semejanzas.
Una de las
características más llamativas del seguimiento de Jesús es el carácter absoluto
de sus exigencias conforme al mensaje del Reino. Jesús no quiere discípulos con
el corazón dividido. Los quiere convencidos de la absoluta novedad del Reino, y
entregados a él con todas las fuerzas de su corazón. Nada de llevar de todo para
el camino o de detenerse a saludar a nadie por el camino. Lo primero es lo
primero. No corráis el peligro de quedaros en lo que no es esencial, peligro
cierto en la Iglesia de Dios. El sacerdote tiene que ser de corazón grande, pero
el corazón puesto en Él y lo que tenga que ver con su ministerio. La libertad
que nos da Cristo no es para jugar con la gracia, sino para gloriarnos en su
cruz, “en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gal.
6, 14).
Es bueno el
entusiasmo en nuestra declaración de seguir al Señor; pero conviene también el
realismo de la dificultad de esta empresa: El Hijo del Hombre no tiene donde
reclinar la cabeza y los consejos que da a los 72 nacen de la experiencia
personal de Cristo. ¿Pide Jesús unas exigencias que sobrepasan lo que
humanamente puede pedirse? Estoy seguro que no es así. Lo que sí parece es que
al Señor no le gustan los indecisos o la blandura de una fe “light”, al estilo
de nuestro mundo. Pero, ¿quién puede dudar de su amor y de su gracia? No tenemos
derecho a tener estas dudas. El pide que seamos honestos con El y no nos
engañemos. Exige que arando, se eche mano al arado y no se siga mirando atrás,
pero quiere siempre la libertad y la concentración que da su seguimiento, no
personas sin rumbo o sin decisión: de lo contrario no se ara bien. Pero acogida
y pendón El lo da sin medida, de modo que nada hay que temer.
Queridos ordenandos:
la liturgia de este día está revestida de alegría. “Festejar a Jerusalén, gozad
con ella, todos los que la amáis”. Es la alegría de la Iglesia Diocesana:
alegraos vosotros primero de su alegría. La mano del Señor se manifestará a
vosotros, sus siervos. ¡Cómo no! Nuestro mundo necesita la esperanza de Cristo.
Vosotros tenéis esa esperanza. El gozo de hoy no se puede olvidar como si nada
hubiera ocurrido en nuestras vidas. Ciertamente que no debéis pensar que todo
está hecho. Del mismo modo que nunca se deja de crecer en la iniciación
cristiana, tampoco lo debemos hacer en la progresión del ministerio que hoy se
os da. Tenéis que madurar, pero ¡bendita inmadurez! de los que se saben pequeños
pero abiertos a su crecimiento continuo en el seguimiento del Señor para bien de
la Iglesia y toda la humanidad.
Me dirijo ahora
sobre todo a los que en pocos minutos seréis ordenados presbíteros. Está la
invitación de Jesús a “perdernos a nosotros mismos”; hemos escuchado la
afirmación del Apóstol de sólo gloriarnos en la Cruz del Señor. Todo esto nos
recuerda el misterio que celebramos: la Eucaristía. Con el sacramento del Orden,
se nos dará presidir la celebración de la Santa Misa. Se os confía el sacrificio
redentor de Cristo, se os confía su cuerpo donado, partido, y su sangre vertida
para la vida del mundo. Es Cristo quien ofrece su sacrificio, su don de amor
humilde y total a la Iglesia su Esposa, sobre la Cruz. Pero este don de Cristo
–lo sabéis– se hace presente en la Eucaristía gracias a esta “potestas Sacra”
que el sacramento del orden os confiere a nosotros como sacerdotes. Que no se os
olvide que cuando celebréis la Misa, tenemos en nuestras manos el pan del cielo,
el pan de Dios, que es Cristo, el grano de trigo roto para la vida del mundo,
verdadero alimento. Celebrad siempre con amor, temblor y alegría profunda la
Eucaristía. Ahí estará la alegría viva para vosotros, ese profundo asombro y
admiración por el amor de Cristo. Es, sin duda, una nueva y maravillosa
experiencia saber que a través de mi voz, mis manos, mi corazón el Señor cumple
el misterio de su presencia.
Oramos por vosotros,
hermanos ordenandos. Sois parte de nuestra vida. ¡Cómo no orar al Señor para que
Él os dé una conciencia siempre atenta y entusiasta de este don! Pediremos para
que os dé también la gracia de experimentar en profundidad toda la belleza y la
fuerza de nuestro servicio sacerdotal y, al mismo tiempo, la gracia de poder
vivir este misterio con coherencia y generosidad cada día.
Que Santa María del
Sagrario, la humilde sierva del Señor, que ha engendrado a Cristo y le ha dado
al mundo, os acompañe cada día de vuestra vida y de vuestro ministerio. Amén.
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Braulio Rodríguez Plaza