Año 2010

 

VIDA CRISTIANA

 

Escrito dominical, 11 de julio

 

Va avanzando el mes de julio. Parecería que la intensidad de la vida cristiana habría de entrar en un periodo de tranquilidad y relajación. Sería un error. El tiempo de los meses de julio y agosto, por el contrario, son decisivos para muchos cristianos, pues hay más espacio para leer, reflexionar, orar. Muchos aprovechan para unos días de retiro o ejercicios espirituales, para curso de formación más intensiva o, en el caso de niños, adolescentes y jóvenes, para hacer campamentos, peregrinaciones y otras experiencias espirituales. Ahí está el Camino de Santiago, que tantos recorren con enormes ventajas de todo tipo. La peregrinación diocesana de jóvenes partirá en los días finales de julio hasta el 8 de agosto. Siempre hay sitio, si alguien lo desea.

Todo esto nos está diciendo que la vida cristiana no es una realidad que llevamos de mala manera; siempre tiende a lo más grande. En este tiempo de cierta mediocridad, de hacer lo que todo el mundo hace, sea o no bueno, creo que debemos animarnos a dar testimonio de Cristo, que no nos ama para una época del año, sino siempre, y nos pide un «más», que da el tono de nuestro seguimiento y de la capacidad así de ahondar en la maravilla que lleva consigo «la vida escondida en Cristo», a la que todos los cristianos estamos llamados: laicos o sacerdotes; religiosos u otros consagrados; jóvenes o mayores.

El Papa Benedicto XVI está subrayando con mucha fuerza en la necesidad de que los miembros de la Iglesia de ser testigos del amor de Cristo, pues el peligro más grande para la Iglesia es la falta de santidad de sus miembros. En los veinte siglos de historia de la Iglesia, no han faltado pruebas y persecuciones a los cristianos. Pero eso no constituye –dice el Papa– el peligro más grande para la Iglesia. El daño mayor lo recibe ella de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, cortando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio y empañando la belleza de su rostro.

Todo lo cual supone una gran responsabilidad para todos nosotros, de modo que hemos de valorar lo que nos sucede. ¡Cuántas vidas cristianas rotas por no estar atentos al Espíritu Santo, por bajar la guardia! En ocasiones, toda la labor que hemos hecho con un grupo de jóvenes y de adultos desaparece en unos días de insensatez o por no prever qué puede ocurrir con motivo de este o aquel suceso, fiesta, riesgo, etc. ¡Es tan delicada la amistad con Jesucristo o tan frágil, si no estamos dispuestos a luchar o a organizar el tiempo de ocio más prolongado del verano!

Pido al Señor que nos dé capacidad de lucha, de fortaleza. Con frecuencia se piensa que la vida cristiana es fácil y que basta con no hacer el mal. ¿Y el bien que dejamos de hacer? Sólo los arriesgados se lanzan hacia delante, porque saben de quién se fían: de Cristo. Es necesario, pues, cambiar un poco nuestra manera de pensar y llenar la vida con los ideales que nacen del encuentro con Cristo y su Evangelio. La vida de Cristo se vuelve a realizar en el tiempo de la Iglesia y cada generación de cristianos tenemos el reto de ofrecer al mundo la vida nueva del Señor, que llena de alegría a hombres y mujeres y da un sentido muy grande a nuestra existencia. Nada conseguiremos sin pedir ayuda a Jesucristo, y vivir la vida de gracia en los sacramentos, la oración, la caridad de Cristo.

En estos días peregrino a Tierra Santa con un grupo numeroso de toledanos. Ya sé cuánto tengo que orar por todas las comunidades parro-quiales, por todos los movimientos y grupos cristianos, por los enfermos y los abatidos, por los niños y los grandes. Lo haré, sin duda. Y lo haré con gusto, pues vosotros no me sois indiferentes: estáis siempre en mi mente y mi corazón.

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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