Escrito dominical, 11 de julio
Va avanzando el
mes de julio. Parecería que la intensidad de la vida cristiana habría de
entrar en un periodo de tranquilidad y relajación. Sería un error. El
tiempo de los meses de julio y agosto, por el contrario, son decisivos
para muchos cristianos, pues hay más espacio para leer, reflexionar, orar.
Muchos aprovechan para unos días de retiro o ejercicios espirituales, para
curso de formación más intensiva o, en el caso de niños, adolescentes y
jóvenes, para hacer campamentos, peregrinaciones y otras experiencias
espirituales. Ahí está el Camino de Santiago, que tantos recorren con
enormes ventajas de todo tipo. La peregrinación diocesana de jóvenes
partirá en los días finales de julio hasta el 8 de agosto. Siempre hay
sitio, si alguien lo desea.
Todo esto nos está
diciendo que la vida cristiana no es una realidad que llevamos de mala manera;
siempre tiende a lo más grande. En este tiempo de cierta mediocridad, de hacer
lo que todo el mundo hace, sea o no bueno, creo que debemos animarnos a dar
testimonio de Cristo, que no nos ama para una época del año, sino siempre, y nos
pide un «más», que da el tono de nuestro seguimiento y de la capacidad así de
ahondar en la maravilla que lleva consigo «la vida escondida en Cristo», a la
que todos los cristianos estamos llamados: laicos o sacerdotes; religiosos u
otros consagrados; jóvenes o mayores.
El Papa Benedicto XVI
está subrayando con mucha fuerza en la necesidad de que los miembros de la
Iglesia de ser testigos del amor de Cristo, pues el peligro más grande para la
Iglesia es la falta de santidad de sus miembros. En los veinte siglos de
historia de la Iglesia, no han faltado pruebas y persecuciones a los cristianos.
Pero eso no constituye –dice el Papa– el peligro más grande para la Iglesia. El
daño mayor lo recibe ella de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus
miembros y de sus comunidades, cortando la integridad del Cuerpo místico,
debilitando su capacidad de profecía y de testimonio y empañando la belleza de
su rostro.
Todo lo cual supone
una gran responsabilidad para todos nosotros, de modo que hemos de valorar lo
que nos sucede. ¡Cuántas vidas cristianas rotas por no estar atentos al Espíritu
Santo, por bajar la guardia! En ocasiones, toda la labor que hemos hecho con un
grupo de jóvenes y de adultos desaparece en unos días de insensatez o por no
prever qué puede ocurrir con motivo de este o aquel suceso, fiesta, riesgo, etc.
¡Es tan delicada la amistad con Jesucristo o tan frágil, si no estamos
dispuestos a luchar o a organizar el tiempo de ocio más prolongado del verano!
Pido al Señor que nos
dé capacidad de lucha, de fortaleza. Con frecuencia se piensa que la vida
cristiana es fácil y que basta con no hacer el mal. ¿Y el bien que dejamos de
hacer? Sólo los arriesgados se lanzan hacia delante, porque saben de quién se
fían: de Cristo. Es necesario, pues, cambiar un poco nuestra manera de pensar y
llenar la vida con los ideales que nacen del encuentro con Cristo y su
Evangelio. La vida de Cristo se vuelve a realizar en el tiempo de la Iglesia y
cada generación de cristianos tenemos el reto de ofrecer al mundo la vida nueva
del Señor, que llena de alegría a hombres y mujeres y da un sentido muy grande a
nuestra existencia. Nada conseguiremos sin pedir ayuda a Jesucristo, y vivir la
vida de gracia en los sacramentos, la oración, la caridad de Cristo.
En estos días
peregrino a Tierra Santa con un grupo numeroso de toledanos. Ya sé cuánto tengo
que orar por todas las comunidades parro-quiales, por todos los movimientos y
grupos cristianos, por los enfermos y los abatidos, por los niños y los grandes.
Lo haré, sin duda. Y lo haré con gusto, pues vosotros no me sois indiferentes:
estáis siempre en mi mente y mi corazón.
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Braulio Rodríguez Plaza