Escrito dominical, 18 de julio
Peregrinar es
siempre una buena experiencia religiosa. Se puede peregrinar a muchos
lugares cristianos, pero sin duda la cumbre de la peregrinación para un
discípulo de Cristo es Tierra Santa, aunque otros lugares de peregrinación
son igualmente importantes. Uno se siente en presencia de un misterio y,
de algún modo, privilegiado. Conocer bien la tierra en la que nació Jesús
ha sido para mí una gracia inmensa. Y después de once años sin venir ella,
este verano desde el 6 al 15 de julio he vuelto con un grupo numeroso de
toledanos y puedo decir que he sentido de nuevo el misterio de esta tierra
y de sus lugares santos, lejos de fantasías o de fundamentalismos, sino
sintiendo esa encarnación del Señor, que caminó, vio este cielo, estos
valles, el Tabor y el Hermón, el Jordán y el lago de Galilea o el desierto
de Judá. Y, por supuesto, Jerusalén y Belén, Nazaret, Cafarnaún y Jericó,
y otros muchos rincones evocadores por sencillos y por historia densa.
Uno puede peregrinar
solo, pero no es igual. En grupo, en comunidad que recuerda la Iglesia a la que
pertenecemos, las cosas se viven mejor, y nos ayudamos a tantas cosas de la fe,
de la vida de cada persona. Merece la pena y quisiera tener muy presente al
grupo concreto con el que he peregrinado. Soy el Obispo de ellos y eso no lo he
olvidado nunca. Cada día he celebrado con ellos la Eucaristía; he hablado de
tantos pasajes bíblicos, sobre todo del Nuevo Testamento, he ayudado un poco a
los guías o al sacerdote encargado de la peregrinación. Sobre todo he vivido con
ellos el asombro de tener un Dios como el nuestro, manifestado en su Hijo y en
el Espíritu Santo. La fe se refuerza cuando se activa y se pone en movimiento y
en una peregrinación a Tierra Santa o se hace de este modo o es un poco
incomprensible el viaje realizado de otra manera.
La peregrinación se
compone de muchas cosas y todas forman un conjunto armónico: el paisaje que nos
recuerda este o aquel momento de la vida de Jesús; la Eucaristía celebrada en el
lugar de la Encarnación del Verbo en Nazaret; la vista del lago de Galilea o del
Jordán; Cafarnaún, «el pueblo de Jesús» o el monte de las Bienaventuranzas,
donde adoramos al Santísimo leyendo las palabras de Cristo; la subida la Tabor;
la aventura de Jordania y Petra; el Mar Muerto y Belén. ¡Ah Belén! ¡Cuántas
evocaciones! Getsemaní y el monte de los Olivos. ¿Y la ciudad vieja de
Jerusalén, con la iglesia del Santo Sepulcro? (Me gusta más decir la Santa
Resurrección, aunque dentro de ella está el Calvario). No olvidamos el Cenáculo
y la iglesia de la Dormición de María.
Sin duda un viaje
como este tiene muchas anécdotas, que cada persona del grupo seguro que recuerda
durante mucho tiempo. Al final, lo más grande es haber aprovechado este tiempo
privilegiado y conocer mejor nuestra fe y nuestra vida cristiana, para seguir
adelante. Los momentos de gracia son muchos, los lugares donde hemos orado,
bastantes.
Algunos me han
contado: «Me he sentido realmente bien, y la presencia de Cristo me ha llenado».
Con eso se paga todo. Yo no quiero hacer publicidad de esta peregrinación y se
puede vivir la fe cristiana y seguir a Jesús sin necesidad de venir a Tierra
Santa. Es cierto. Pero no es un viaje más y, si el espíritu se prepara un poco
para él, es un viaje muy provechoso. He tenido tiempo de orar por tanta gente
que forma parte de la Diócesis de Toledo, de los que te piden que ores por
ellos, de otros que has ido conociendo o que sólo les conoce Dios. ¿De algún
modo tengo que pagar tanta oración que cada día hacéis por mí? No he olvidado a
los jóvenes, con los que peregrinaré en agosto a Santiago y serán parte
importante de nuestro próximo curso pastoral. Le he pedido al Señor, además, que
seamos valientes y demos testimonio: nuestro Señor Jesucristo merece la entrega
de toda nuestra vida.
Nunca un Obispo
olvida su Diócesis porque no es ésta un campo de trabajo, que de deja o se entra
en él según circunstancias. Es otra cosa. Es su Pueblo, su familia, su ocupación
diaria, el único objetivo de su vida. Ciertamente en una peregrinación la
actividad es un poco diferente. Yo no le he vivido como unas vacaciones, aunque
sea un descanso del alma. Pero en la Tierra de Jesús he seguido pensando en la
vida de la sociedad toledana, en lo que ocupa a las personas, en los problemas
de cada día, en seguir insistiendo en la evangelización, en la catequesis, en
los grupos cristianos, en la vida de atención a los más pobres, en los
descorazonados por tantas cosas. A la intercesión de la Madre del Señor pongo
todas estas cosas, las unas y las otras. Ella ha formado parte también, y muy
importante, de esta peregrinación diocesana. Gracias sean dadas al Señor y a
cuantos la han hecho hermosa.
X
Braulio Rodríguez Plaza