Escrito dominical, 25 de julio
En el hermoso y grandioso proceso de evangelización
que, partiendo de la Iglesia Madre de Jerusalén, llevaron a cabo los
Apóstoles con otros discípulos, hombres y mujeres, territorios y comarcas
oyeron el anuncio de Jesucristo, Maestro y Salvador. Pero siempre fueron
personas concretas quienes impulsaron con la fuerza del Espíritu Santo esa
vida nueva de Cristo; tal o cual apóstol o sus compañeros, hombres y
mujeres de carne y hueso. Hay naciones cristianas, como Georgia o Armenia,
en las que fueron determinantes figuras femeninas, jóvenes vírgenes, que
dieron su vida por Jesucristo y el Evangelio.
En lo que hoy llamamos España y Portugal, la evangelización
tiene un protagonista: el apóstol Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan.
Hombre fogoso, llamado también Santiago el Mayor, pertenece, con Pedro y Juan,
al grupo de los tres discípulos privilegiados que son admitidos por Jesús a
asistir a unos momentos importantes de su vida. Con Pedro y Juan, ha podido
participar en el momento de la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní y al
acontecimiento de la transfiguración. Son situaciones muy diferentes la una de
la otra. En un caso, Santiago experimenta la gloria del Señor, le ve conversando
con Moisés y Elías, ve cómo Jesús transparenta su esplendor divino. En el otro,
se encuentra ante el sufrimiento y la humillación.
Con sus propios ojos, ve cómo se humilla el Hijo de Dios
haciéndose obediente hasta la muerte. Ciertamente, esta segunda experiencia ha
sido para él una ocasión de madurar en la fe, para corregir la interpretación
unilateral, triunfalista, de la primera: ha podido entrever que el Mesías
esperado por el pueblo judío como triunfador, en realidad, no estaba tan sólo
aureolado de honor y gloria, sino también de sufrimiento y debilidades. Este es
Santiago, el primer apóstol que da la vida por Cristo, muerto por el rey Herodes
Antipas hacia el año 42 d.C.
Este es nuestro patrón de España. Una antigua tradición
indica que vino a evangelizar la península y también que su cuerpo está
enterrado en la ciudad compostelana. Tal vez las características personales de
Santiago han marcado en parte la fisonomía de los cristianos españoles: entrega
a la evangelización y disposición al martirio, al testimonio. Y, a decir verdad,
necesitamos de ambas disposiciones de fe. Evangelizar y alejarnos de componendas
o rutinas; mostrar con nuestra vida que Cristo y su Evangelio dan la felicidad y
hacen un pueblo grande, con ideales, con vida que ofrecer a una sociedad
depauperada en lo esencial; un pueblo que rechaza la cultura de muerte que se ha
instalado entre nosotros, y la vida sin sentido que dan un consumismo poco
inteligente, que hace daño a la naturaleza y deja vacío al consumista, pues con
realidades efímeras no se llena una vida.
Muchos iréis este verano a Santiago, de diversos modos, con
parroquias, con grupos de amigos o de apostolado, solos o con otros que quieren
ver "más allá". Pedidle al Apóstol la grandeza de espíritu y la apertura al
Evangelio, y muchas ganas de evangelizar, de apostolado entre nosotros; pedidle
por nuestros misioneros en otras tierras y por los que aquí evangelizan. El 31
de julio más de 700 jóvenes peregrinan a Santiago, hasta el día 8 de agosto.
También lo haré yo. Así acabaremos el curso pastoral, pero con la mirada puesta
en los retos e ilusiones del próximo curso: gran ocasión, en la Jornada Mundial
de la Juventud Madrid 2011, de evangelizar, esto es, ofrecer a muchos jóvenes lo
más grande: Jesucristo, nuestro Salvador.
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Braulio Rodríguez Plaza