Escrito dominical, 1 de agosto
Nuestra
actividad se ralentiza un tanto en agosto, porque el descanso es buscado
como necesario. Es un alto en el caminar, que luego hay que continuar. La
vida no se paraliza, sin embargo. Necesitamos vivir. No todo el mundo
tiene calidad de vida que le permita un descanso. Otros no tienen trabajo
y siguen con ese angustioso problema. ¡Qué compleja es la vida humana!
Creemos que todo va a ir bien, nace en nosotros siempre la esperanza de
cambiar a mejor, y no lo conseguimos en muchas ocasiones. Quisiera, por
ello, animar a los cristianos a no perder la fortaleza y ayudar a cuantos
se encuentran deprimidos y angustiados por un futuro inmediato.
Agosto es tiempo de
reunión de mucha gente a la que no se ve en otro momento del año; en pueblos y
ciudades llegan las fiestas, o simplemente el verano, y hay posibilidad de
hablar con aquellos con los que compartimos la niñez o la juventud y el trabajo,
la profesión y otras circunstancias han separado. Pienso que son momentos gratos
para el reencuentro. También en las fiestas patronales son posibles muchos
momentos gratos en la tradición común, en el ejercicio de la fe, en la
convivencia sencilla de la relación entre los humanos.
En el centro del mes
de agosto aparece la fiesta de la Virgen, la que celebra su Asunción a los
cielos, esto es, su plenitud. En muchos lugares es la fiesta patronal. También
en la ciudad de Toledo, pues la Virgen del Sagrario abandona esa bellísima
capilla del Santísimo y es colocada en un lugar especial de la Catedral para
recibir el amor de sus hijos en la Novena que prepara la gran fiesta del 15 de
agosto. La Catedral se abre a la ciudad y cuantos quieren honrar a la Virgen del
Sagrario.
A ella la pedimos que
nos atraiga la bondad del Padre de los cielos que es su Hijo Jesucristo, que nos
consiga nuevas ilusiones en nuestras comunidades cristianas, que nos enseñe la
belleza de la vida en familia y la caridad mutua, para que seamos capaces de
ayudarnos y alegrarnos juntos en esta ciudad de Toledo o en tantas parroquias
que también celebran sus fiestas. Nuestra Señora, ya glorificada en cuerpo y
alma, sigue preocupándose de nosotros, precisamente porque tiene libre acceso a
su Hijo, al Padre de los cielos y al Espíritu Santo. Es tiempo, pues, de oración
sencilla, de avemarías y jaculatorias que nos enseñaron, de momentos de
plegarias junto a otros cristianos.
Yo quiero pedirle a
la Virgen que nos ayude a luchar bien, con imaginación e iniciativas concretas,
contra las nefastas consecuencias de la Ley del aborto, que ha entrado en vigor
desgraciadamente en el mes de julio. Ahora no vale lamentarse. Creo que la
Iglesia Católica ha hablado, y claro, sobre la injusticia de dicha ley, que no
soluciona nada, ni amplia derechos de la mujer, por mucho que lo cacareen sus
partidarios. La situación es ahora peor que cuando, para abortar, se apoyaban en
los tres «supuestos» despenalizados desde 1985. Sigue además el «negocio» de las
clínicas abortistas, y en mayor escala. Pero ahí están las mujeres, en ocasiones
casi niñas, que el entorno le impulsa a abortar.
Es en este campo
donde tenemos los católicos que actuar sin miedo, buscando posibilidades de
acercarse a las embarazadas en peligro de abortar. Redes de todo tipo deberían
aparecer para que la vida gestada no se aborte. Ese es el ámbito de actuación de
los católicos, sin dejar de oponerse a esa ley con argumentos y actuaciones que
nuestro estado de derecho permite sin duda. La Reina de la Vida, Santa María
interceda por nosotros.
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Braulio Rodríguez Plaza