Homilía en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, 8 de septiembre
Queridos hermanos:
desde hace muchos años, bastantes siglos vienen a la Casa de la Virgen, aquí en
Guadalupe muchas, muchas personas, que oran trayendo consigo los deseos de su
corazón desde tantos lugares; traen consigo también sus preocupaciones y
esperanzas más íntimas. También lo hacemos hoy, fiesta de la Patrona principal
de Extremadura, la Virgen morenita, la Madre del Señor, su presencia entre
nosotros nos proporciona ?¿quién lo duda?? un lugar de paz y de unidad
reconciliada, tras la celebración de este año jubilar, que por especial
deferencia del Santo Padre hacia todos nosotros, acabamos de celebrar.
¡Qué bien se está
aquí! experimentamos en Guadalupe, en esta bella sierra extremeña, la bondad
consoladora de la Madre; aquí encontramos a Jesucristo, en quien Dios está con
nosotros como afirma el pasaje evangélico de hoy. Además, refiriéndose a Jesús,
la lectura del profeta Miqueas dice: “El será la paz” (cf. Miq. 5, 4). Me
gustaría, pues, que hoy insertáramos nuestra peregrinación en la venida durante
tantos siglos de esa multitud de cristianos que el 8 de septiembre ha venido a
esta preciosa casa de la Virgen. Ellos y nosotros llegamos, nos detenemos ante
la Madre del Señor y le imploramos: “muéstranos a Jesús”. Muéstranos a nosotros,
peregrinos, a Aquel que es al mismo tiempo el camino y la meta: la verdad y la
vida.
La genealogía de
Jesús que acabamos de escuchar en el evangelio amplía nuestros horizontes.
Presenta la historia de Israel desde Abrahán como una peregrinación que, con
subidas y bajadas, por caminos cortos y por caminos largos, conduce en
definitiva a Cristo. La genealogía con sus figuras luminosas y oscuras, con sus
éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe derecho con los
renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin
embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Y es que
Dios no fracasa; por ello esta genealogía es una garantía de la fidelidad de
Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar
siempre de nuevo nuestra vida hacia El, a caminar con la Virgen siempre
nuevamente hacia Cristo.
Algunos de los
peregrinos de la genealogía de Jesús habían olvidado la meta y querían ponerse a
sí mismos como meta. Pero el Señor ha suscitado siempre de nuevo nuevas personas
que, impulsados por la nostalgia de la meta, orientaron de nuevo su vida hacia
ella. Siempre hay personas con un corazón en búsqueda, personas que no se
acomodan a la rutina, sino que buscan algo más grande: Zacarías, Isabel, Simeón,
Ana, los Doce, y María ?sobre todo ella? y José. Necesitamos nosotros este
corazón inquieto y abierto: no quedarnos en la rutina. El proyecto de nuestra
vida va más allá de la vida de cada día, con sus luchas. Tenemos necesidad de
Dios, del Dios que nos ha mostrado su rostro y abierto su corazón: Jesucristo,
“El Hijo único, que está en el seno del Padre” (Jn. 1, 18). Así sabremos también
un poco quiénes somos nosotros, de dónde venimos y a dónde vamos.
Sólo El es Dios y
por eso sólo El es el puente que pone realmente en contacto a Dios y a los
hombres y mujeres. Y para ser cristianos hemos sido conquistados por Cristo que
nos ha tocado interiormente y nos ha colmado de dones, para que podamos
compartirlos con los demás. De hecho, nuestra fe se opone decididamente a la
resignación que considera al hombre incapaz de la verdad, como si ésta fuera
demasiado grande para él. “Hoy no podemos ser como antes”, oímos. “Las cosas son
así”, confesamos. Yo estoy convencido de lo contrario. Si para el hombre no
existe una verdad, en el fondo ni se puede siquiera distinguir entre el bien y
el mal. Pero entonces los grandes y maravillosos conocimientos de la ciencia se
hacen ambiguos: pueden abrir perspectivas importantes para el bien, para la
salvación y felicidad del hombre, pero también, como vemos cada día, pueden
convertirse en una terrible amenaza y desorientación.
Necesitamos la verdad. Eso no nos llevará a la intolerancia, como a veces se
oye. Si nos asalta este miedo, os invito aquí, en Guadalupe, a contemplar a
Jesús, en dos imágenes: una como niño en brazos de su Madre, y otra, en el
crucificado. Estas dos imágenes de la casa de Nuestra Madre nos dicen: La verdad
no se afirma mediante un poder externo, sino que es humilde y sólo se da al ser
humano por su fuerza interior: por el hecho de ser verdadera. La verdad se
demuestra a sí misma en el amor. No es nunca propiedad nuestra, producto
nuestro. Necesitamos esa fuerza interior de la verdad. “Mirar a Cristo en brazos
de su madre”. Esta invitación se transforma siempre aquí en Guadalupe, en una
petición espontánea, una petición dirigida en particular a María, que nos da a
Cristo como Hijo suyo: “Muéstranos Jesús”. María responde presentándonoslo ante
todo como niño. Dios se ha hecho pequeño por nosotros. Dios no viene con la
fuerza exterior, sino con la impotencia de su amor que constituye su fuerza. Se
pone en nuestras manos. Pide nuestro amor. Nos invita a hacernos pequeños, a
bajar de nuestros tronos y a aprender a ser niños ante Dios.
Naturalmente, el niño Jesús nos recuerda también a todos los niños del mundo, en
los cuales quiere salir a nuestro encuentro: los niños que viven en la pobreza;
los que son explotados como soldados todavía; los que no han pedido experimentar
nunca el amor de sus padres; los niños enfermos y los que sufren, pero también
los alegres y sanos. Europa se ha empobrecido de niños: lo queremos todo para
nosotros mismos, y tal vez no confiamos demasiado en el futuro. Pero la tierra
carecerá de futuro si se apagan las fuerzas del corazón, si el rostro de Dios
deja de brillar sobre la tierra. Donde está Dios, hay futuro. Y Dios está, sin
duda, en esta casa de la Virgen de Guadalupe.
“Mirar a Cristo”.
Pero ahora lo hacemos dirigiendo la mirada al Crucificado (el retablo mayor y el
que está junto al altar). Tiene que ver esta mirada también con María; Ella está
junto a la cruz y Dios nos ha redimido no con la espada, sino con la cruz. Al
morir, Jesús extiende los brazos. Este es el gesto de la Pasión: se deja clavar
por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo
tiempo la actitud del orante, del que transforma su sufrimiento y su muerte en
oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres.
"Mirar a Cristo” con
su Madre. Si lo hacemos, nos damos cuenta que el cristianismo es algo más, algo
distinto de un sistema moral, una serie de preceptos y leyes. Es el don de una
amistad que perdura en la vida y en la muerte. Nos fiamos de esa amistad, pues
ese don de la amistad implica, lleva consigo una gran fuerza moral, que
necesitamos tanto ante los desafíos de nuestro tiempo. Necesitamos un “si” a
Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos sostiene y que, sin embargo, nos
deja nuestra libertad. Necesitamos un “si” a la familia; un “si” a la vida; un
“si” a un amor responsable; un “si” a la solidaridad, a la responsabilidad
social y la justicia un “si” a la verdad; y un “si” al respeto del prójimo y a
lo que le pertenece.
“Muéstranos a
Jesús”. Con esta petición a Ntra. Sra., la Madre del Señor, empezamos y
terminamos. Sabemos que María escucha nuestra oración; sí, en cualquier momento,
cuando miramos a María. Sobre todo hoy; Ella nos muestra a Jesús. Así podemos
encontrar el camino recto con la alegre confianza de que ese camino lleva a la
luz, al gozo del Amor eterno.
Os deseo una buena
fiesta de Nuestra Señora. Ella nos alegra. Seguro.
Q