Así quisiera yo empezar el nuevo curso pastoral, y de
este modo animar a los católicos toledanos a comenzar las tareas
eclesiales en parroquias, grupos apostólicos y asociaciones, con los
trabajos que se van poco a poco organizando en este mes de septiembre. Tal
vez cueste, tras el paréntesis del verano, pero la Viña del Señor sigue
estando necesitando de mucha gente y el Señor sale a todas horas a buscar
quien trabaje en ella.
¿Hay motivos para el optimismo? Con tan buen capitán
–Cristo–, que decía santa Teresa, ¿quién puede ser derrotista? Estamos en la
Iglesia y lo que en ella se hace no se pierde: Dios lo recoge, porque es el
trabajo de sus hijos. En el horizonte de la tarea diocesana están ya registradas
dos grandes prioridades: la pastoral y el apostolado con los jóvenes, y la
reflexión sobre el Directorio de los sacramentos de Iniciación Cristiana, texto
ya escrito, pero que hay que discutirlo y más tarde ponerlo en práctica. También
está diseñado cómo trabajar en la evangelización con jóvenes, con un programa
preciso, al que acompañará una carta pastoral sobre el tema escrita por mí
mismo.
Sin duda que en las comunidades cristianas hay otros muchos
campos que arar, sembrar y cuidar. De modo, que no estamos sin rumbo y yo os
pido que os dejéis afectar por la necesidad que la gente tiene de Dios, de
sentido, de orientación, de atención a los más pobres y necesitados, y que oréis
para encontrar en el Espíritu Santo la fortaleza que Dios nos da por Jesucristo,
la Escritura Santa, la Liturgia, los Sacramentos. Yo no voy a ocultar que los
católicos no tengamos problemas y que todo sea motivo de optimismo.
Si se trata de curso escolar que en estos días empieza,
lamentablemente hay puntos oscuros. La educación en nuestro país no va bien. Ahí
están los problemas de calidad en la enseñanza. Y continúan otros: sigue la
imposición de la asignatura obligatoria llamada pomposamente «Educación para la
Ciudadanía». Nadie estaría en contra de tal educación, si no fuera porque es un
eufemismo para referirse a otra realidad: la intromisión del Estado en la
educación moral de los hijos que éstos, muchísimos, no desean. Es un mal
endémico de nuestro gobierno, porque no creen en la capacidad educativa de los
padres, que cada año se va cegando con tantas intro-misiones.
Está también otra pretensión del gobierno, que participa de
la misma invasión en la tarea propia de los padres: imponer, porque dicen que es
buena, una formación «afectivo-sexual» sin la autorización de los mismos padres.
Son manías u otra cosa, puesto que ya conocemos cuál es la comprensión de la
sexualidad de nuestros dirigentes: bastante reduc-tiva, sin tener en cuenta lo
que es la persona y la sexualidad humana y donde casi todo vale. La guía que han
preparado los Ministerios de Educación y Sanidad es un exponente de lo que está
pasando: se da un paso más en el deseo de cambiar la manera de pensar de la
gente en ámbitos muy importantes de la conducta humana.
No me compete a mí solucionar los problemas de las aulas,
pero sí digo que cercenar el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme
a sus principios filosóficos, religiosos y morales no es bueno para nuestro
país. Un curso más estos padres, en muchos centros escolares, volverán a estar
en vilo por esa manía de los que nos gobiernan de querer ir más allá de lo que
les compete y no ir a lo más nuclear de la hermosa tarea de educar en libertad y
con respeto.