Escrito dominical, 19 de septiembre
He asistido el domingo 12 de septiembre en Granada a la
beatificación de Fray Leopoldo de Alpandeire, el sencillo y humilde fraile
capuchino que, como limosnero, dejó una huella imborrable en esa ciudad
andaluza y en otros muchos lugares. Y lo dejó por el amor que en su vida
mostró a Dios nuestro Señor y a cuantos con él se encontraba. Es el amor
que ha mostrado Jesucristo. Fray Leopoldo era –y es– un hombre de Dios. Y
las mujeres y hombres de nuestro tiempo, tan poderosos en su tecnología,
tan llenos de cosas, tenemos una sed inmensa de Dios. Tal vez no
confesada, censurada por la cultura dominante, disfrazada de mil maneras,
pero no por eso menos sed, y menos ardiente, y precisamente de Dios.
Una sed de Dios que las cosas no sacian, que la vida por sí
misma no sacia. Una carencia de Dios que es al mismo tiempo carencia y anhelo de
una humanidad buena y cumplida. Sorprendentemente la gran idea de Dios y de la
vida eterna, que sostenía la vida de los hombres y mujeres hasta hace no mucho
tiempo, se ha oscurecido. Ya lo anunciaba F. Dostoyevski, en una de sus más
admirables, y no suficientemente valoradas, creaciones, «El adolescente». Merece
la pena conocer su «profecía»: los hombres se han quedado solos, como habían
deseado; la gran idea de antaño y la persona de Dios los ha abandonado: el gran
dispensador de la fuerza, del que durante largo tiempo habían tomado el alimento
y el calor, ha desaparecido. Pero de pronto los hombres han comprendido que se
quedaban solos, huérfanos.
Se le dice a aquel adolescente de la novela de Dostoyevski
que los hombres abandonados, sí, se acercarán pronto los unos a los otros más
estrecha y tiernamente; y se cogerán de la mano al comprender que ya no les
queda nada salvo ellos mismos. Porque la gran idea de la inmortalidad habrá
desaparecido y, para reemplazarla, los hombres volverán a volcar sobre el mundo,
sobre la naturaleza, sobre sus semejantes, el amor desbordado que consagraran
antaño a la visión de la vida eterna. Desearán la tierra y la vida con frenesí,
pero, en la medida en que gradualmente se habitúen a ver en ellas su origen y su
fin, querrán con un amor particular, no con el mismo de antaño. Harán lo posible
y se empeñarán en acercarse unos a otros, pero sabiendo que sus días están
contados y que eso es todo lo que tienen. Y no estarán sostenidos ya por la
esperanza de un encuentro en el más allá, sino por el pensamiento de que después
de ellos otras criaturas los reemplazarán sobre la tierra.
Este es el cuadro del amor sin Dios, en las antípodas del
amor cristiano, pues no procede de la esencia del Ser, sino de un ser irrisorio,
no de la afirmación de la vida eterna, sino de la utilización del instante
efímero de la existencia. Y esto no es más que una utopía fantasmagórica. Porque
la humanidad sin Dios no conocerá un amor semejante. Amar a los semejantes sólo
es posible en Dios: tal amor revela en cada persona la eternidad. El amor
verdadero está ligado a la persona, y la persona está ligada a la inmortalidad.
Esto es verdad tanto para el amor erótico como para toda otra forma de amor
humano.
Existe también un amor que no está dirigido hacia la vida
eterna, que empuja a los hombre y mujeres a unirse unos a otros, pero a fin de
que les resulte menos espantoso vivir, una vez que han perdido la fe en Dios y
en la inmortalidad, es decir, en el Sentido de la vida. En el amor cristiano,
como el vivido por Fray Leopoldo de Alpandeire, todos los hombres son hermanos
en Cristo. Y el amor en Cristo es la percepción de la filiación divina de cada
hombre, imagen y semejanza de Dios.
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Braulio Rodríguez Plaza