Catequesis para jóvenes en San Martín Pinario
(Santiago, 6 de agosto 2010)
Entremos en esta catequesis
aludiendo a toda una serie de tópicos aplicados a los jóvenes, de los que
posiblemente estaréis un poco cansados de oír: 1º) parte de la juventud actual
entre nosotros es presa de la apatía y del tedio; 2º) la familia y la escuela
son las instituciones donde más visiblemente percibimos el aburrimiento
existencial de muchos jóvenes; 3º) no hay duda: en la apatía y el tedio, en la
familia y en la escuela se explican esos fenómenos sociales como el botellón y
la diversión regada en alcohol, drogas y sexo de los fines de semana. Porque son
jóvenes que quizá no han sido acompañados por adultos orgullosos de serlo (aquí
todos jugamos a ser adolescentes); tal vez son jóvenes ayunos de orientación,
víctimas del mercado y de la última moda descerebrada.
Estoy seguro, sin embargo,
que la inmensa mayoría de los que os encontráis aquí no estáis de acuerdo con
esta descripción de los jóvenes. Claro: vosotros no sois así; por tanto no todos
los jóvenes son igual. ¡Estoy leyendo en vosotros la alegría! Esta es un signo
de que sois cristianos: que para vosotros Jesucristo vale mucho; aunque sea
exigente seguirle, vale más que cualquier otra cosa. No os pasa lo que al joven
rico del Evangelio, después de que Jesús le propusiera que dejara todo y le
siguiera: sabemos que se marchó triste porque estaba demasiado apegado a sus
bienes (cf. Mt 19,22).
Al contrario, vosotros habéis
creído que Dios es la perla preciosa que da valor a todo lo demás: a la familia,
al estudio, al trabajo, al amor humano. a la vida misma. Habéis comprendido tal
vez en estos días de peregrinación que Dios no quita nada, sino que os da "el
ciento por uno" y hace eterna vuestra vida, porque Dios es Amor infinito; el
único que sacia nuestro corazón. "Me gusta recordar la experiencia de san
Agustín -decía Benedicto XVI hace un mes en una catedral italiana (Sulmona),
dirigiéndose a jóvenes- la experiencia de san Agustín, un joven que buscó con
gran dificultad, por largo tiempo, fuera de Dios, algo que saciara su sed de
verdad y de felicidad. Pero al final de este camino de búsqueda comprendió que
nuestro corazón no tiene paz hasta que encuentra a Dios, hasta que descansa en
Él".
Pero no hay que negar la
evidencia: también es verdad que existe entre los jóvenes esa apatía y ese
aburrimiento y existe el botellón, el alcohol y el sexo fácil. Nosotros mismos,
en ocasiones, estáis tentados también de creer que ahí está la felicidad. ¿Qué
hacer, entonces, porque esas sombras oscurecen vuestro horizonte? Hay problemas
concretos que dificultan contemplar el futuro con serenidad y optimismo. Y
también existen falsos valores y modelos ilusorios que se os proponen y que
prometen llenar la vida, cuando en cambio la vacían.
Entonces, ¿qué hacer para que
estas sombras no sean demasiado pesadas? Viene muy bien saber que tenéis una
memoria histórica, que os permite una "marcha atrás" en la vida, porque sin
memoria no hay futuro. La actual cultura consumista en cambio tiende a aplanar
al hombre y la mujer en el presente, a hacer que se pierda el sentido del
pasado, de la historia, privándonos así de la capacidad de comprenderse a sí
mismo, de percibir los problemas y construir el mañana. Quiero deciros que el
cristiano es alguien que tiene buena memoria, que ama la historia y procura
conocerla. Nuestro mundo está necesitado precisamente de redescubrir algunas
cosas que valen siempre, que son perennes, por ejemplo la capacidad de escuchar
a Dios en el silencio exterior y sobre todo interior.
¿Cómo se puede reconocer la
llamada de Dios? ¿Se puede encontrar a Dios en el día a día o todo se está
quedando reducido, en el mejor de los casos, a experiencia espirituales
disociadas de la vida cotidiana? Lo que nos dice el Evangelio es que Jesús de
Nazaret sale al encuentro de personas concretas. Sin ir más lejos de Santiago el
Mayor y su hermano Juan, que viven una realidad familiar y profesional concreta.
El Señor invita al seguimiento, a estar con Él, a experimentar su amistad.
¿Estamos hablando de sueños y quimeras o de algo que sucedió y sucede hoy?
Veamos qué dice el texto de san Marcos.
Y, según iba por la orilla
del mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, hermano de Simón, echando las artes
de pesca en el mar, pues eran pescadores. Y Jesús les dijo: --Venid detrás de
mí, y haré que seáis pescadores de hombres. Y en seguida, dejando las redes, lo
siguieron. Y, según iba un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a
su hermano Juan, también ellos en la barca, reparando las redes. Y en seguida
los llamó. Y, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, fueron
tras Él (Mc 1,16-20)
En el contexto del pasaje de
san Marcos vemos a Jesús anunciando que se ha cumplido el tiempo y ha llegado el
reino de Dios: Sí, hay que arrepentirse, es decir, cambiar el rumbo de nuestra
vida, y creer en el Evangelio. Pero Jesús no se limita a la predicación del
mensaje de la salvación; pasa a la acción y llama a los discípulos. Conversión y
fe deben ponerse en obra en seguir a Jesús; su seguimiento es la respuesta plena
a la llamada de Cristo. La vocación de los cuatro primeros discípulos junto al
lago de Galilea no quiere sólo transmitir a la memoria una escena en los inicios
de la actividad de Jesús, sino que tiene un carácter típico y un significado
teológico. Quiero decir que, desde el punto de vista histórico, no era la
primera vez que Jesús se encontraba con estas dos parejas de hermanos, cuyo
oficio habitual era el de pescadores.
Por el evangelio de san Juan
sabemos que Jesús se había encontrado ya con ellos cuando se encontraban en la
escuela del Bautista y que la primera toma de contacto sucedió en tierra de
Judea, en el lugar en que Jesús fue bautizado (Jn 1,35-51). La llamada de los
primeros discípulos es pintada aquí como una escena de vocación más allá del
tiempo. La primera pregunta que se ha de dirigir a quien desea seguir a Jesús
es: "¿Qué buscas?" (v. 38). Después sigue la orden: "Ven y lo verás", donde
"ver" es igual a "creer" (cf. Jn 6,40). Quienes van y ven se convierten en el
nuevo Israel, el pueblo que ve a Dios. Lo que san Marcos describe es el
vocación/llamada definitiva a ser discípulos de Jesús en el pleno sentido de la
palabra, y su relato nos permite reconocer aquí las características que se
repiten cada vez que alguno de nosotros decide ponerse a seguir a Cristo,
llamado por Él.
Es Jesús mismo quien incita a
los cuatro a seguirle y tres momentos ilustran este acontecimiento. La mirada
de Jesús se posa sobre estos hombres y los llama inmediatamente a seguirle (v.
20a). La llamada del enviado de Dios, Cristo Jesús, es una llamada del mismo
Dios, categórico, lleno de autoridad, urgente. Cuando Dios llama, esta llamada
no admite tergiversación. El contenido de la llamada es la invitación a ponerse
en camino detrás de Jesús, entendida al pie de la letra: el maestro camina
delante de sus discípulos a lo largo de los caminos recorridos y ellos le
"siguen", dejándose guiar por él. Este "seguir" (v.18), que en un sentido
exterior llega a toda la gente, para el "discípulo" tiene un significado
espiritual muy profundo: el discípulo entrar a formar parte de una comunión de
vida con el maestro, que desde este momento le muestra las metas a conseguir, lo
instruye, lo guía, le traza con antelación la ruta terrena y lo hace participar
en sus empresas.
El tercer momento en el que
la intención de la vocación de los discípulos se expresa, de manera apropiada y
elocuente por los pescadores, con las palabras: Haré de vosotros pescadores de
hombres (v. 17). En efecto, la alusión al "oficio" ejercitado hasta ahora por
aquellos primeros llamados no es casual ni buscada, sino más bien una alegoría,
que testimonia la fuerza incisiva del lenguaje de Jesús. La gente llamada a su
seguimiento deberá mudar la profesión ejercida hasta aquel momento en otra de
naturaleza más elevada: en adelante deberán "pescar" hombres junto con Cristo,
conquistándoles para Dios y su reino. ¿Qué quiere decir esto? Sencillamente que
la llamada de Cristo a convertirse en sus discípulos es unirse muy estrechamente
a Él y participar en su género de vida y ayudarlo en su predicación. Es algo
activo. No es quedarse parados, es actuar de otra manera porque Cristo deslumbra
e invita no a ser personas pasivas, que cumplen lo que se les manda, sino con
sentido dinámico que da a la vida del discípulo una fuerza y capacidad
increíbles.
La llamada de Dios y el
seguimiento de Cristo se revelan como fuente de alegría, pues somos hechos
compañeros de Jesús, que participan con Él en un rápido y prodigioso florecer de
sus obras y de las que serán sus testigos. Los discípulos de Jesús son sus
confidentes. A ellos se les confía el misterio del reino de Dios. La llamada a
seguir personalmente a Jesús se convierte así en una disposición a insertarse
conscientemente en la comunidad de sus discípulos. Ahí está el caso de Vittorio
Messori, que él cuenta en su libro Por qué creo (Libroslibres, Madrid 2009): el
encuentro de este italiano con Jesucristo, inexplicable, le lleva a relacionarse
con cristianos, la Iglesia concreta, con lo que antes no tuvo ninguna relación
ni les conocía para nada, pues jamás había practicado.
A la llamada de los 4
primeros discípulos, que hemos comentado, podrían añadirse otras llamadas de
Jesús que nos narran los evangelios: la llamada a Leví-Mateo, a Zaqueo, las
llamadas que nos narra Lc 9, o la ya reseñada del joven rico, ésta fallida. Pero
es suficiente para mostrar esa característica de los que son cristianos: han
sido llamados; no son cristianos porque haya deducido una verdad o por
conveniencia o por costumbre; se han sentido llamado por Alguien, como Santiago,
hijo de Zebedeo.
Pues bien, el secreto de la
llamada-vocación está en la capacidad y en la alegría de distinguir, escuchar y
seguir su voz. Pero para hacer esto es necesario acostumbrar a nuestro corazón a
reconocer al Señor, a escucharle como Persona que está cerca y me ama. Es
importante aprender a vivir momentos de silencio interior en las propias
jornadas para ser capaces de escuchar la voz del Señor. Estad seguros de que si
uno aprende a escuchar esta voz y a seguirla con generosidad, no tiene miedo a
nada, sabe y percibe que Dios está con él, con ella, que es Amigo, Padre y
Hermano. En una palabra: el secreto de la llamada-vocación está en la relación
con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, en la
capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la
elección, o sea, en el momento de decidir y partir, como después, si se quiere
ser fiel y perseverar en el camino. ¡Hay que encontrar, queridos amigos, siempre
un espacio en vuestras jornadas para Dios, para escucharle y hablarle.
Y he deciros una segunda
cosa: la verdadera oración no os aleja de la realidad. Si orar os alienara, os
sustrajera de la vida real, estad en guardia: ¡no sería verdadera oración! Al
contrario: el diálogo con Dios es garantía de verdad, de verdad con uno mismo y
con los demás, y así de libertad. Estar con Dios, escuchar su palabra, en el
Evangelio, en la liturgia de la Iglesia, defiende de los desaciertos del orgullo
y de la presunción, de las modas y los conformismos, y da la fuerza para ser
auténticamente libres, también en ciertas tentaciones disfrazadas de cosas
buenas. Dios es el garante de la verdad y la libertad. Quien le sigue no tiene
miedo ni siquiera de renunciar a sí mismo, a su propia idea, porque "quien a
Dios tiene, nada le falta", como afirma santa Teresa de Jesús.
A mí me parece que deciros
esto es muy importante. Mirad una cosa: a diferencia de los mercaderes y de los
ideólogos de turno- y hay muchos- tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI os han
hablado al corazón y a la razón. Todo educador debe hacerlo. Pero hablar al
corazón es una de las actividades educativas más reprobadas en nuestro sistema
educativo, repleto de metodologías de plexiglás, pizarras digitales, ordenadores
de última generación y competencias que, a lo más, evalúan las emociones de
nuestros alumnos. Por eso, hablar al corazón es políticamente incorrecto.
Hablar al corazón es tomar en
serio a los jóvenes. Tal vez mucho desencanto juvenil puede ser debido a que los
educadores hemos ignorado a los jóvenes, no lo hemos tomado en serio. Cuando
hablamos al corazón de un joven surge inmediatamente la misma pregunta: ¿qué
quieres hacer con tu vida? Es la pregunta por el sentido de la existencia
propia, por el significado de una vida que está por hacer. La ideología elude
esta pregunta y, a la vez, lo cual es peor, responde por el joven manipulando.
Ante este ejercicio de brutal manipulación, las generaciones recientes está
desarmadas; el buen educador, respetuoso con la libertad del hombre y la mujer
que se están haciendo, confronta al joven con su destino personal y le pregunta
"¿Qué quieres hacer de ti mismo?" Así son las palabras de Jesús a sus primeros
discípulos: "¿Qué buscáis?". Digámoslo de otro modo, es la pregunta por la
llamada-vocación personal.
¡Qué palabra más hermosa!
Tener llamada-vocación es una de las experiencias más lindas de la vida. Pero
ésta es hoy una palabra desprestigiada o sin uso. La palabra "vocación" se ha
cambiado por otras que tienen que ver con la apetencia, o también con lo que me
da complacencia o no. Muchos jóvenes se manejan exclusivamente con criterios
utilitarista, pragmáticos, cargados de sueños facilotes que atraen su atención y
halagan sus impulsos más elementales, pero que les hacen ser tremendamente
vulnerables y débiles. La llamada-vocación, viene a afirmar Benedicto XVI, es la
respuesta a la pregunta por el sentido de mi vida; y es una respuesta no
exterior, expuesta a la publicidad del momento, sino interior, íntima, mía. La
llamada-vocación es respuesta (voz) que surge de mi corazón, que me pertenece
sólo a mí y que sé verdadera para mí a la pregunta por el sentido de mi
existencia. Tener llamada-vocación es aprender a esconderme en mí mismo y
descubrir en mi alma la respuesta que llevo dentro.
Un joven con llamada-vocación
es irreductible a las mentiras del poder. Es un joven libre. Por eso, no hay
palabra que se quiera poner más en desuso que ésta de la llamada-vocación en la
jerga pedagógica actual. Esos virtuosos de la nadería, esos embaucadores de la
vacuidad y el relativismo, los propagadores del trato cruel educativo
sienten alergia a cualquier apelación a la intimidad, a la interioridad del
alumno como ámbito personal de decisión y crecimiento. El negocio se les vendría
abajo y no podrían manipular.
Sin duda que reconocer la
propia voz y la voz de Dios no es fácil, pues ruidos y mensajes nos obligan a
vivir la vida a "tope", en un frenesí constante. El planteamiento del Papa a esa
dificultad sorprende por su hondura: "La respuesta a lo que quiero hacer con mi
vida sólo me pertenece en la medida en que me sobrepasa". Es decir, si quiero
descubrir mi llamada-vocación, necesito reconocer dentro de mí el timbre de una
voz -suave como la brisa que acarició a Elías en el monte de Dios- que resuena
en mi corazón. Es la voz de Dios, la voz de Cristo. Os invito a hacer silencio
para descubrir el secreto de la vocación de cada uno a ser de Cristo, a ser lo
que uno perciba que debe ser en la Iglesia. Vocación, oración, silencio. Sólo
así nos abriremos a nosotros mismos, daremos lo mejor de nosotros mismos a los
demás, estaremos firmemente anclados en el mundo, sin ser del mundo.
Si la educación, toda
educación, no ayuda a los jóvenes a descubrir su llamada-vocación, habrá
fracasado. Estamos ante la pregunta educativa por excelencia. Pero está
censurada por el poder actual, que reduce al hombre a los estrechos límites de
la razón instrumental. En la novela de Solzhenitsyn El pabellón del cáncer, un
tal Alekséi Filippovich, poco antes de una grave operación, reconoce a Oleg: "A
veces siento netamente que en mí no sólo reside mi yo. Que existe también algo
más, algo indestructible, sublime. Cierto minúsculo fragmento del Espíritu
Universal. ¿No tiene usted la misma sensación?" ¿No tenéis vosotros la misma
sensación? Es la pregunta siempre religiosa que existe en el ser humano, pues
éste es un ser religioso.
Acabamos de hacer la
experiencia del Camino de Santiago. Hemos intentado ser peregrinos. El
peregrino, en el encuentro de sí mismo se encuentra solo. El Camino del
peregrino tiene un pedagogo. Al caminante que descubre y saborea la soledad se
le desvela que no es un solitario. Alguien le va dando la mano revelándose en el
misterioso coloquio del Camino. Para el viandante del Camino de Santiago el
pedagogo es Cristo. Pedagogo y Camino, para el hombre medieval, se hacen uno.
Porque el camino para el hombre y la mujer creyentes es Jesús. Así, este Camino
que hemos hecho no es más que un símbolo de único y auténtico Camino para todos
los hombres.
La garantía para acercarse a
Dios, para alcanzar el Absoluto, es un camino concreto, visibilizado en la
Encarnación, en la humanidad de Jesús Cristo: la forma visible del que es
Invisible, la Imagen del Padre, el icono de Dios, es el Verbo hecho carne
concreta. Él es Camino, Verdad y Vida, Guía de todo caminante. Es sintomático
que en la historia del Camino de Santiago, el Camino como tal hay tenido siempre
una comprensión cristológica, de lo que es Cristo, Dios y hombre verdadero. A
ningún peregrino le escandalizaba la humanidad real de Cristo, caminante con el
caminante, como se ve en el famoso relieve del claustro de Silos, es decir, Dios
hombre en el camino de los hombres.
El peregrino sabe muy bien
que Dios ha concretado la salvación en su Hijo-hombre y, en consecuencia, sabe
asimismo que es buena la concreción de la salvación con la valoración de los
tiempos, de los lugares, de los símbolos, de los signos de los que Dios se sirve
para acercarse a los hombres. Por eso el caminante se siente impelido a ver,
siente necesidad de la realidad plástica, de descubrir y contemplar los lugares,
de tocar la tierra y la piedra, de grabar en sus pupilas las bellezas de la
creación. A medida que el camino gana al peregrino, éste acrecienta la capacidad
de contemplación y admiración. Queridos amigos, vibrar ante la belleza invisible
e indefinible; saber agradecer el aire y el agua, el saludo sin palabras, la
incomprensión del que nos juzga por caminar, la alegría del cansancio, y el
sonreír en el dolor es una experiencia que hoy no está al alcance de los que
sólo están rodeados de facticidad, de realidades que manejan, de artilugios
bonitos, pero que no dan la vida. La Vida sólo está en Dios y en su Hijo
Jesucristo por el Espíritu Santo.
Somos capaces de escuchar la
voz del Señor. Cristo resucitado está en su Iglesia y está vivo, palpitante, con
Corazón. Abríos a Él. La fe y la oración no resuelven todos los problemas
humanos, pero permite afrontarlos con nueva luz y fuerza, de manera digna del
hombre, y también de un modo más sereno y eficaz. Si contemplamos la historia de
la Iglesia, veremos que es rica en figura de santos y beatos que, precisamente
partiendo de un diálogo intenso y constante con Dios, iluminados por la fe,
supieron hallar soluciones creativas, siempre nuevas, para dar respuesta a las
necesidades humanas concretas en todos los siglos: la salud, la educación, el
trabajo, etc. "Queridos jóvenes -decía hace muy poco Benedicto XVI-: ¡Dejaos
conquistar totalmente por Cristo! Entrad también vosotros, con decisión, en el
camino de la santidad -que está abierto a todos-, estos es, de estar en
contacto, con decisión, en conformidad con Dios porque ello hará que seáis cada
vez más creativos al buscar soluciones a los problemas que encontráis y a
buscarlas juntos (.) Queridos jóvenes: ¡Amada a vuestras comunidades cristianas,
no tengáis miedo a comprometeros a vivir juntos la experiencia de fe! Quered
mucho a la Iglesia: ¡os ha dado la fe, os ha permitido conocer a Cristo! Y
quered mucho a vuestro Obispo, a vuestros sacerdotes: con todas nuestras
debilidades, los sacerdotes son presencias preciosas en la vida (.) ¡Conservad
vuestro entusiasmo, vuestra alegría, aquella que nace de haber encontrado al
Señor, y sabed comunicarla también a vuestros amigos, a vuestros coetáneos!"
Amén.
X
Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de
Toledo
Primado de España