Escrito dominical, 26 de septiembre
La concesión a Manos Unidas del premio Príncipe de
Asturias de la Concordia me proporciona la ocasión de felicitar a todos
los miembros de la Delegación Diocesana de Toledo, sus voluntarios y
tantos donantes para tan hermosos proyectos de desarrollo; pero quiero
hacer extensiva también mi felicitación a los demás organismos y
asociaciones católicos que trabajan en el campo de la caridad, acción
fundamental de la Iglesia. Pienso en Cáritas Diocesana, Secretariado de
Migraciones y en otros muchos grupos cristianos en parroquias o de
congregaciones religiosas o de vida consagrada. Gracias de corazón, porque
sin el amor de Dios mostrado a los más necesitados la Iglesia no es nada.
«Deus caritas est»: así quiso Benedicto XVI titular su
primera encíclica a todo el Pueblo de Dios. Es la declaración central del Nuevo
Testamento. Pero aun cuando la verdad de que «Dios es amor» es anhelada y quizá
experimentada por la persona que lo desea, ese amor no es el producto del deseo
humano. El amor de Dios nos viene de fuera de nosotros de una manera objetiva.
Pienso, por tanto, que el hecho de que el Papa haya hecho un énfasis tan fuerte
en la primacía del amor del Dios, debe dar que pensar seriamente a todos los que
están comprometidos en las actividades caritativas de la Iglesia, que en
realidad son todos los católicos.
Esta Encíclica está pensada no como una declaración más, sino
para llenar tanto a los portadores de amor al prójimo como a los dirigentes de
sus asociaciones con un nuevo espíritu. Todos los que realizan actividades
caritativas necesitan quedarse sobrecogidos de nuevo con la verdad bíblica de
que Dios es amor. El texto es una especie de «espejo de conciencia» para todos
los católicos. Bien entendido que la acción profesional es necesaria para el
servicio caritativo a nuestro prójimo, y así lo dice el Papa: «Los individuos
que se ocupan de los necesitados deben primero ser profesionalmente competentes»
(Deus caritas est, 31). Sin embargo, el servicio caritativo a nuestros hermanos,
tal y como está plasmado en la doctrina y la tradición de la Iglesia, no se
puede limitar a la perfección técnica.
Lo cual significa que ocuparse de nuestros hermanos
necesitados, sea como profesionales, sea como voluntarios, debe comportar en
cada bautizado entablar una relación de cercanía y amistad con el que sufre.
Cada uno de nosotros está llamado a ser un buen samaritano. Por ello hemos de
tener muy claro que «la Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta
familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario» (Deus caritas
est, 25b), aunque la caritas de los miembros de la Iglesia y de sus
asociaciones se extiende más allá de los límites de la misma Iglesia. Y es que
la Iglesia, en el fondo, es en sí misma el verdadero sujeto de las distintas
asociaciones católicas que llevan a cabo el ministerio de la caridad. Por eso,
el trabajo de estas organizaciones o de cada persona católica no es algo
meramente técnico, a fin de que el amor de Dios manifestado en Cristo pueda
extenderse por todo el mundo.
El amor de Cristo nos anima o, como decía san Pablo, nos
urge, y es el que nos da ánimos para no pensar que nuestros esfuerzos son vanos
ante tanta necesidad, o para creer que, en nuestras limitaciones sobre todo
económicas, la solución única es buscar socios poderosos. Sabemos, sí, que el
orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política;
también conocemos que la Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la
empresa política de realizar la sociedad más justa. No puede ni debe sustituir
al Estado, aunque no deba tampoco quedarse al margen en la lucha por la
justicia.
Lo que afirma valiente y con cierta sorpresa el Papa es que
el servicio caritativo gana fuerza con la oración al Señor, para evitar el
debilitamiento de nuestro compromiso contra la pobreza y la necesidad de
nuestros hermanos. «La gente que reza no pierde el tiempo», escribe Benedicto
XVI, «incluso aunque la situación parezca desesperada y parezca llamar sólo a la
acción» (Ibid. n. 36).
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Braulio Rodríguez Plaza