Año 2010

 

DISTINTIVO DE LA CARIDAD CRISTIANA

 

Escrito dominical, 26 de septiembre

La concesión a Manos Unidas del premio Príncipe de Asturias de la Concordia me proporciona la ocasión de felicitar a todos los miembros de la Delegación Diocesana de Toledo, sus voluntarios y tantos donantes para tan hermosos proyectos de desarrollo; pero quiero hacer extensiva también mi felicitación a los demás organismos y asociaciones católicos que trabajan en el campo de la caridad, acción fundamental de la Iglesia. Pienso en Cáritas Diocesana, Secretariado de Migraciones y en otros muchos grupos cristianos en parroquias o de congregaciones religiosas o de vida consagrada. Gracias de corazón, porque sin el amor de Dios mostrado a los más necesitados la Iglesia no es nada.

«Deus caritas est»: así quiso Benedicto XVI titular su primera encíclica a todo el Pueblo de Dios. Es la declaración central del Nuevo Testamento. Pero aun cuando la verdad de que «Dios es amor» es anhelada y quizá experimentada por la persona que lo desea, ese amor no es el producto del deseo humano. El amor de Dios nos viene de fuera de nosotros de una manera objetiva. Pienso, por tanto, que el hecho de que el Papa haya hecho un énfasis tan fuerte en la primacía del amor del Dios, debe dar que pensar seriamente a todos los que están comprometidos en las actividades caritativas de la Iglesia, que en realidad son todos los católicos.

Esta Encíclica está pensada no como una declaración más, sino para llenar tanto a los portadores de amor al prójimo como a los dirigentes de sus asociaciones con un nuevo espíritu. Todos los que realizan actividades caritativas necesitan quedarse sobrecogidos de nuevo con la verdad bíblica de que Dios es amor. El texto es una especie de «espejo de conciencia» para todos los católicos. Bien entendido que la acción profesional es necesaria para el servicio caritativo a nuestro prójimo, y así lo dice el Papa: «Los individuos que se ocupan de los necesitados deben primero ser profesionalmente competentes» (Deus caritas est, 31). Sin embargo, el servicio caritativo a nuestros hermanos, tal y como está plasmado en la doctrina y la tradición de la Iglesia, no se puede limitar a la perfección técnica.

Lo cual significa que ocuparse de nuestros hermanos necesitados, sea como profesionales, sea como voluntarios, debe comportar en cada bautizado entablar una relación de cercanía y amistad con el que sufre. Cada uno de nosotros está llamado a ser un buen samaritano. Por ello hemos de tener muy claro que «la Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario» (Deus caritas est, 25b), aunque la caritas de los miembros de la Iglesia y de sus asociaciones se extiende más allá de los límites de la misma Iglesia. Y es que la Iglesia, en el fondo, es en sí misma el verdadero sujeto de las distintas asociaciones católicas que llevan a cabo el ministerio de la caridad. Por eso, el trabajo de estas organizaciones o de cada persona católica no es algo meramente técnico, a fin de que el amor de Dios manifestado en Cristo pueda extenderse por todo el mundo.

El amor de Cristo nos anima o, como decía san Pablo, nos urge, y es el que nos da ánimos para no pensar que nuestros esfuerzos son vanos ante tanta necesidad, o para creer que, en nuestras limitaciones sobre todo económicas, la solución única es buscar socios poderosos. Sabemos, sí, que el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política; también conocemos que la Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa. No puede ni debe sustituir al Estado, aunque no deba tampoco quedarse al margen en la lucha por la justicia.

Lo que afirma valiente y con cierta sorpresa el Papa es que el servicio caritativo gana fuerza con la oración al Señor, para evitar el debilitamiento de nuestro compromiso contra la pobreza y la necesidad de nuestros hermanos. «La gente que reza no pierde el tiempo», escribe Benedicto XVI, «incluso aunque la situación parezca desesperada y parezca llamar sólo a la acción» (Ibid. n. 36).

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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