Año 2010

 

PADRE DE LOS POBRES

 

Homilía en la clausura del 350 aniversario de la 

Muerte de San Vicente de Paúl y de Santa Luisa de Marillac

S. I. Catedral Primada, 27 de septiembre
 

En septiembre de 1659 a San Vicente se le agravan las llagas que tenía en las piernas que le flaquean, no duerme demasiado y come poco. La mañana del 27 de septiembre, sentado junto al hogar, como el criado que vigila la llegada de su buen amo, muere dulcemente después de impartir la bendición a los lazaristas y a las Hijas de la Caridad que habían sido autorizadas a entrar en su estancia para despedirse de él.

También por esas fechas la salud de santa Luisa se había quebrantado. San Vicente, aún siguiendo de lejos su última enfermedad, se alejó físicamente de ella; tampoco volvió a escribir a quien tanto había trabajado en las tareas de la misión. Santa Luisa murió el 15 de mayo de 1660.

¿Por qué celebramos los cristianos la muerte, en concreto la muerte de estos dos santos? Buena pregunta. Pero tiene sencilla respuesta: la muerte culmina la vida y, en el caso de los discípulos de Cristo, la muerte indica que la vida, seguimiento del único Santo ha sido verdadera. Aquí, pues, celebramos la muerte de dos personas, cuyas vidas son increíblemente bellas y dignas de ser mostradas a los demás cristianos, para que la fe, la esperanza y, sobre todo, la caridad no sea vivida por nosotros con rutina ni como pequeños burgueses que buscamos amar al prójimo pero… no demasiado y sin jugarnos mucho.

¿Quiénes son estos santos? San Vicente de Paúl, el conocido padre de los pobres, hizo que la Iglesia en la edad moderna (siglo XVII) recuperase algunos de sus planteamientos básicos: sacerdocio dignificado, compromiso hacia los pobres, religiosidad cercana al corazón, iniciando una auténtica renovación eclesial a partir de la predicación del Evangelio a la gente sencilla y el servicio de la caridad para con los más pobres. Su perfil se popularizó ampliamente de manera que hasta Voltaire decía: «Mi Santo es Vicente de Paúl». Y su primer biógrafo lo describía: «de mirada dulce, vista penetrante, oído fino, talante grave y gravedad benigna, ademán sencillo e ingenuo, proximidad afable y naturaleza bondadosa y amable…».

San Vicente “el gran santo del gran Siglo”, como se dijo en su entierro, el que cambió la imagen de la Iglesia, tenía una personalidad bastante compleja y atractiva como para seducir a personalidades como Comet, Berulle, Francisco de Sales, los doctores de la Sorbona, Luis XIII, Richelieu, y los Marillac…, entonces una familia en auge. Luisa de Marillac, que no encontró el equilibrio interior hasta muy tarde, por las condiciones de su nacimiento que marcaron su infancia y adolescencia, encuentra a san Vicente poco antes de la muerte de su esposo y, ya viuda y con un hijo, vislumbra muy pronto al director de su alma y con quien trabó una relación de dedicación y confianza que duraría 36 años.

En condiciones económicas precarias, santa Luisa se traslada cerca de la casa donde san Vicente había establecido la congregación de los sacerdotes de la Misión. Es la salida de la soledad de viuda, cuando dedica su vida al servicio de los pobres y a socorrer a los enfermos. El intenso trabajo de estos años liberó, en efecto, a santa Luisa de las tristezas de la infancia y juventud y modificó su sensibilidad reforzándola. Es entonces cuando para atender a las llamadas caridades, conferencias de damas para socorrer a enfermos y pobres, tanto san Vicente como santa Luisa caen en la cuenta que hacía falta una congregación que formara a las jóvenes dispuestas a servir a esos pobres. Así que santa Luisa educaba ya a jóvenes, en su casa allá por 1633, carentes de instrucción. Nace de este modo la primera comunidad de Hijas de la Caridad.

No son religiosas, sino seglares que renuevan todos los años los votos y cuyo modelo era la sencillez y la humildad de las muchachas del campo; aprendían también a conocer los remedios con que curar las enfermedades y a asistir a los pobres; debían saber además el catecismo y aprender la meditación. Pero sobre todo eran las “siervas de los pobres”, en quienes veían a Cristo. Más tarde santa Luisa se ocupó también de la instrucción de los pobres, en particular de las niñas y de las jóvenes pobres, y consiguió abrir en el barrio de san Lázaro de París una escuela gratuita, de la que ella fue la primera maestra. No fue, tampoco, insensible al drama de la infancia abandonada, las Hijas de la Caridad se emplearon en organizar centros de acogida y, más tarde, en 1643, un verdadero albergue en el castillo de Bicetre, en los alrededores de París.

San Vicente puede ser hoy malentendido; de hecho ya lo fue en la Ilustración, que tuvo la tentación de difuminar su perfil de seguidor de Cristo, sobredimensionando su personal compromiso social por subrayar en exceso sus capacidades organizativas, que las tenía y muchas. Así pasó por ser para el siglo de las luces el amigo de los condenados a galeras, el protector de los huérfanos, el refugio de los miserables… En definitiva el gran filántropo y gran bienhechor. ¿Fue todo esto? Sin duda, pero no sólo; de lo contrario, estaríamos desestimando el agudo planificador de eficientes organizaciones caritativas porque llegaba al ser humano con el amor de Cristo.

En definitiva, se ha situado su bondad –quién duda que fue bondadoso– Por encima de su capacidad y su fe. Es cierto que san Vicente no se le puede encuadrar en la categoría de místico. Pero eso no hace su vida interior menos rica: una espiritualidad práctica, orientada a la acción –los pobres no pueden esperar–, pero que encubre un corazón ardiente en Jesucristo, al que podemos acercarnos en sus sermones en las más de 2000 cartas conservadas y conferencias que dirigió a los misioneros y a las Hijas de la Caridad. Hombre inquieto, va perfilando su vocación como sacerdote, sin olvidar la evangelización y la buena formación, y mantener relación con grandes cristianos: el cardenal Benulle, san Francisco de Sales y otros buenos sacerdotes.

Al final de su vida, san Vicente había trabajado para hacer más cercano a los pobres el reinado de Dios, más real el Evangelio, más auténtico el amor. Y aquí, estos dos santos siguen siendo modelos para nosotros, cristianos del siglo XXI, que podemos estar tentados de lo más exterior, de grandes actuaciones mediáticas y no acercarse a lo que origina el desamor y la injusticia, que hace daño a hombres y mujeres; de no acercarse, en definitiva, a las personas concretas que lo pasan mal, a la pobreza real. Dios no lo permita. Ellos intercedan por nosotros, sobre todo por sus hijas e hijos de la gran familia vicenciana.  

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