Homilía en la clausura del 350 aniversario de la
Muerte de San Vicente de Paúl y de Santa Luisa de Marillac
S. I. Catedral Primada, 27 de septiembre
En septiembre de
1659 a San Vicente se le agravan las llagas que tenía en las piernas que le
flaquean, no duerme demasiado y come poco. La mañana del 27 de septiembre,
sentado junto al hogar, como el criado que vigila la llegada de su buen amo,
muere dulcemente después de impartir la bendición a los lazaristas y a las Hijas
de la Caridad que habían sido autorizadas a entrar en su estancia para
despedirse de él.
También por esas
fechas la salud de santa Luisa se había quebrantado. San Vicente, aún siguiendo
de lejos su última enfermedad, se alejó físicamente de ella; tampoco volvió a
escribir a quien tanto había trabajado en las tareas de la misión. Santa Luisa
murió el 15 de mayo de 1660.
¿Por qué celebramos
los cristianos la muerte, en concreto la muerte de estos dos santos? Buena
pregunta. Pero tiene sencilla respuesta: la muerte culmina la vida y, en el caso
de los discípulos de Cristo, la muerte indica que la vida, seguimiento del único
Santo ha sido verdadera. Aquí, pues, celebramos la muerte de dos personas, cuyas
vidas son increíblemente bellas y dignas de ser mostradas a los demás
cristianos, para que la fe, la esperanza y, sobre todo, la caridad no sea vivida
por nosotros con rutina ni como pequeños burgueses que buscamos amar al prójimo
pero… no demasiado y sin jugarnos mucho.
¿Quiénes son estos
santos? San Vicente de Paúl, el conocido padre de los pobres, hizo que la
Iglesia en la edad moderna (siglo XVII) recuperase algunos de sus planteamientos
básicos: sacerdocio dignificado, compromiso hacia los pobres, religiosidad
cercana al corazón, iniciando una auténtica renovación eclesial a partir de la
predicación del Evangelio a la gente sencilla y el servicio de la caridad para
con los más pobres. Su perfil se popularizó ampliamente de manera que hasta
Voltaire decía: «Mi Santo es Vicente de Paúl». Y su primer biógrafo lo
describía: «de mirada dulce, vista penetrante, oído fino, talante grave y
gravedad benigna, ademán sencillo e ingenuo, proximidad afable y naturaleza
bondadosa y amable…».
San Vicente “el gran
santo del gran Siglo”, como se dijo en su entierro, el que cambió la imagen de
la Iglesia, tenía una personalidad bastante compleja y atractiva como para
seducir a personalidades como Comet, Berulle, Francisco de Sales, los doctores
de la Sorbona, Luis XIII, Richelieu, y los Marillac…, entonces una familia en
auge. Luisa de Marillac, que no encontró el equilibrio interior hasta muy tarde,
por las condiciones de su nacimiento que marcaron su infancia y adolescencia,
encuentra a san Vicente poco antes de la muerte de su esposo y, ya viuda y con
un hijo, vislumbra muy pronto al director de su alma y con quien trabó una
relación de dedicación y confianza que duraría 36 años.
En condiciones
económicas precarias, santa Luisa se traslada cerca de la casa donde san Vicente
había establecido la congregación de los sacerdotes de la Misión. Es la salida
de la soledad de viuda, cuando dedica su vida al servicio de los pobres y a
socorrer a los enfermos. El intenso trabajo de estos años liberó, en efecto, a
santa Luisa de las tristezas de la infancia y juventud y modificó su
sensibilidad reforzándola. Es entonces cuando para atender a las llamadas
caridades, conferencias de damas para socorrer a enfermos y pobres, tanto san
Vicente como santa Luisa caen en la cuenta que hacía falta una congregación que
formara a las jóvenes dispuestas a servir a esos pobres. Así que santa Luisa
educaba ya a jóvenes, en su casa allá por 1633, carentes de instrucción. Nace de
este modo la primera comunidad de Hijas de la Caridad.
No son religiosas,
sino seglares que renuevan todos los años los votos y cuyo modelo era la
sencillez y la humildad de las muchachas del campo; aprendían también a conocer
los remedios con que curar las enfermedades y a asistir a los pobres; debían
saber además el catecismo y aprender la meditación. Pero sobre todo eran las
“siervas de los pobres”, en quienes veían a Cristo. Más tarde santa Luisa se
ocupó también de la instrucción de los pobres, en particular de las niñas y de
las jóvenes pobres, y consiguió abrir en el barrio de san Lázaro de París una
escuela gratuita, de la que ella fue la primera maestra. No fue, tampoco,
insensible al drama de la infancia abandonada, las Hijas de la Caridad se
emplearon en organizar centros de acogida y, más tarde, en 1643, un verdadero
albergue en el castillo de Bicetre, en los alrededores de París.
San Vicente puede
ser hoy malentendido; de hecho ya lo fue en la Ilustración, que tuvo la
tentación de difuminar su perfil de seguidor de Cristo, sobredimensionando su
personal compromiso social por subrayar en exceso sus capacidades organizativas,
que las tenía y muchas. Así pasó por ser para el siglo de las luces el amigo de
los condenados a galeras, el protector de los huérfanos, el refugio de los
miserables… En definitiva el gran filántropo y gran bienhechor. ¿Fue todo esto?
Sin duda, pero no sólo; de lo contrario, estaríamos desestimando el agudo
planificador de eficientes organizaciones caritativas porque llegaba al ser
humano con el amor de Cristo.
En definitiva, se ha
situado su bondad –quién duda que fue bondadoso– Por encima de su capacidad y su
fe. Es cierto que san Vicente no se le puede encuadrar en la categoría de
místico. Pero eso no hace su vida interior menos rica: una espiritualidad
práctica, orientada a la acción –los pobres no pueden esperar–, pero que encubre
un corazón ardiente en Jesucristo, al que podemos acercarnos en sus sermones en
las más de 2000 cartas conservadas y conferencias que dirigió a los misioneros y
a las Hijas de la Caridad. Hombre inquieto, va perfilando su vocación como
sacerdote, sin olvidar la evangelización y la buena formación, y mantener
relación con grandes cristianos: el cardenal Benulle, san Francisco de Sales y
otros buenos sacerdotes.
Al final de su vida,
san Vicente había trabajado para hacer más cercano a los pobres el reinado de
Dios, más real el Evangelio, más auténtico el amor. Y aquí, estos dos santos
siguen siendo modelos para nosotros, cristianos del siglo XXI, que podemos estar
tentados de lo más exterior, de grandes actuaciones mediáticas y no acercarse a
lo que origina el desamor y la injusticia, que hace daño a hombres y mujeres; de
no acercarse, en definitiva, a las personas concretas que lo pasan mal, a la
pobreza real. Dios no lo permita. Ellos intercedan por nosotros, sobre todo por
sus hijas e hijos de la gran familia vicenciana.
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