Año 2010

 

LA DECISIÓN POR DIOS

 

Homilía en la inauguración del Curso Académico 2010-2011

Instituto Teológico San Ildefonso, 28 de septiembre
 

“Los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho «Yo soy el pan que ha bajado del cielo». Y decían ¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»? Respondió Jesús y les dijo: No murmuréis entre vosotros. Nadie viene a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos los discípulos de Dios”. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya vista al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna”( Jn. 6, 41-47).

Fe y seguimiento como acceso al Jesús verdadero.

Queridos hermanos: En la búsqueda de Jesús, del verdadero Jesús, como es lógico, el estudio de la Teología, con la filosofía y otras ciencias auxiliares tiene mucho que decir y así queremos exhortar a estos estudiantes del Instituto Teológico “San Ildefonso”, centro afiliado a la Facultad de Teología San Dámaso de la Iglesia hermana de Madrid, a ese quehacer teológico profundo, no para simplemente “aprobar asignaturas”. Lo hacemos de modo especial a los que comienzan este tipo de estudios, fieles laicos y, sobre todo, seminaristas.

Pero el problema propiamente dicho, de esa búsqueda de Jesús es la pregunta por Dios, o más exactamente, la pregunta por la ausencia de Dios en nuestro mundo, la “crisis de Dios” como alguien ha llamado. Si no conseguimos salir de ella, no hallaremos a Jesús. Claro, nadie puede venir a Jesús, si el Padre no le trae, dice él mismo en Jn 6, 44. Si llegamos a conocer al Padre, tal como Jesús lo ha expuesto, brillan sus palabras de repente en una luz completamente distinta, todo se hace razonable y creíble, y el Padre nos conduce entonces al Hijo, como antes nos ha llevado el Hijo al Padre.

La pregunta que tenemos que hacernos otra vez muy en serio es ésta: ¿existe Dios y es verdaderamente Dios, es decir, es capaz de intervenir en el mundo y de relacionarse con nosotros? Lo que dice Jesús es muy interesante: “Mi Padre sigue trabajando hasta hoy”, pues con ello se opone a la imagen del dios deísta, según el cual Dios se retiró después del big bang famoso y ya no puede intervenir aquí (cf. Jn. 5, 17). Incluso ahora se indaga que ese dios ya no necesario. Por esta razón, la pregunta es justamente: ¿Existe el Dios que interviene o no existe? ¿Es Dios realmente Dios o no lo es? Hay que ser aquí muy lúcidos, porque nos va la vida en ello. Alguien dijo que el principio de objetividad es el principio de toda ciencia, pero no es demostrable; a pesar de ello, el principio de objetividad se justifica con sus éxitos científicos.

De manera muy semejante se puede justificar nuestra decisión por Dios: se trata de una decisión de la razón, pero una decisión que acepta como realidades el bien y el mal, la verdad y la mentira, y no sólo las consideramos como meras categorías subjetivas, que le gusta decir a la cultura dominante. En este sentido, sí, hay que colocar al comienzo la fe, pero una fe que concede a la razón su dignidad y su amplitud.

Y es que el pensamiento y la existencia ya no son separables para el hombre cuando se hace las últimas preguntas, las decisivas para su vida. La decisión por Dios es una decisión simultánea del pensamiento y de la vida – ambas se condicionan mutuamente –. Ha sido San Agustín quien ha narrado de manera dramática esta relación en la historia de su conversión. Habla él de formas de vidas equivocadas, de una existencia dirigida totalmente a lo material –formas de vida que se convierten en costumbres, costumbres que llegan a ser necesidades y finalmente se transforman en ataduras y hasta la ceguera del corazón. Por eso habla san Agustín de los intentos de salir de esa situación y de abrirse camino hacia Dios, hacia Dios que interviene, y compara esto con la situación de un soñador, prisionero de su sueño que intenta despertar y salir de él, pero que siempre vuelve a caer en el mundo del sueño. Dice que, por así decir, él se había escondido detrás de su propia espalda y que Dios le sacó de su escondrijo por la voz del amigo, de manera que se vio obligado a mirarse a sí mismo a la cara.

A este nuevo conocimiento pertenece una vida renovada que rompe nuestro horizonte cerrado. Por eso la Iglesia, desde la antigüedad, ha considerado el proceso del camino hacia la fe ciertamente como un camino intelectual, en el que el hombre es confrontado con la “enseñanza de la verdad” y con sus argumentos, pero alcanza también una nueva comunidad de vida, en la que se hacen posibles nuevas experiencias y aperturas íntimas. Hoy son urgentemente necesarias nuevas formas de catecumenado, sobre todo con jóvenes, pues el camino del conocimiento hacia Dios y hacia Cristo es un camino de la vida. Para expresarlo con leguaje bíblico: para conocer a Cristo es necesario seguirle. Sólo entonces nos enteramos dónde vive. A la pregunta “¿Dónde vives?” (=¿quién eres tú?”) la respuesta de Cristo sigue siendo la misma: “Venid y lo veréis” (Jn. 1, 38). Por eso los discípulos eran capaces de dar a la pregunta que se les hacía por Jesús, una respuesta distinta a la que daba “la gente”, ya que estaban en comunidad de vida con El.

“A Dios nadie le ha visto jamás: El Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer” (Jn. 1, 18). De hecho nadie ha visto a Dios. Las visiones de los grandes iluminados de la historia de la religión siguen siendo visiones desde lejos. Sólo Dios se conoce a sí mismo del todo. Solamente Dios ve a Dios. Y por eso solamente el que es Dios pudo darnos la noticia de él y juntar en un todo las visiones contradictorias. La diferencia entre lo que dice el Hijo, que estaba en el seno del Padre, y las visiones lejanas de los iluminados permanece abismal. Sólo Cristo puede decir: “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida”, y todos los demás pueden mostrar partes del camino. Sobre todo es que en Jesucristo están ensamblados Dios y el hombre, el Infinito y lo finito, el Creador y la criatura.

Pero, si son así las cosas, ¿tenemos derecho los cristianos a la misión, a evangelizar? ¿No es una arrogancia hablar de verdad en cosas de religión, y llegar a afirmar haber hallado en la propia religión la verdad, la sola verdad, que por cierto no elimina el conocimiento de la verdad en otras religiones, pero que recoge las piezas dispersas y las lleva a la unidad? Ya es un slogan extendido rechazar como simplistas y arrogantes a todos aquellos a los que se puede acusar de creer que “poseen” la verdad. La verdad no la “posee” nadie, dicen. Sólo podemos estar en búsqueda de la verdad. Naturalmente que la verdad no puede ser una posesión; con relación a ella debo tener siempre una humilde aceptación, siendo consciente del riesgo propio y aceptando el conocimiento como un regalo, del que no soy digno, del que no puedo vanagloriarme como si fuera un logro propio mío. Si se me ha concedido, la debo considerar como una responsabilidad, que supone también un servicio a los demás. La fe, además, afirma que la desemejanza entre lo conocido por nosotros y la realidad propiamente dicha es siempre infinitamente mayor que la semejanza (DS 806).

Pero eso no convierte el conocimiento en desconocimiento. Por eso, hay que darle la vuelta a la cuestión de la arrogancia: ¿No es una arrogancia decir que Dios no nos puede dar el regalo de la verdad? ¿No es un desprecio de Dios decir que hemos nacido ciegos y que la verdad no es cosa nuestra? ¿No es una degradación del ser humano y su deseo de Dios el considerarnos como personas que van palpando eternamente en la oscuridad? A mí me parece mayor arrogancia querer nosotros ocupar el puesto de Dios y querer determinar quiénes somos y lo que hacemos y lo que queremos hacer de nosotros y del mundo.

No se excluyen mutuamente el conocimiento y la búsqueda. Pero el “talento” que se nos ha dado, el tesoro de la verdad, no se debe esconder, debe transmitirse a los otros con audacia y valentía, para que sea eficiente y para que penetre y renueve la humanidad como lo hace la levadura. Hoy día en occidente estamos muy ocupados en enterrar el tesoro, porque en el fondo quisiéramos vivir nuestra vida sin ser molestados por el peso de la responsabilidad que el tesoro trae consigo. Pero el grado de conocimiento de Dios, el regalo de su amor, que nos mira desde corazón abierto de Jesús, debería forzarnos a contribuir a que los fines de la tierra contemplen la salvación de nuestro Dios (cf. Is. 52, 10; Sal. 98, 3).

Pidamos al Espíritu Santo el esfuerzo y la gracia de abrirnos a este conocimiento de Dios en su Hijo Jesucristo, como lo hizo la que hoy es Trono de la Sabiduría.

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