Año 2010

 

LA NOBLE TAREA DE LA EDUCACIÓN

 

Escrito dominical, 3 de octubre

 

Estamos ya inmersos en un nuevo curso escolar, con todo lo que esto lleva consigo: nuevos alumnos, nuevas materias, la esperanza de que todo funcione mejor, la tarea de estudiar y, más importante, de adquirir el hábito de estudiar, nuevos deseos en los profesores en llegar a los alumnos y el temor en los padres de un posible fracaso escolar de sus hijos. En definitiva, la enseñanza preescolar, infantil, primaria, secundaria y universitaria se ha puesto ya en marcha.

Me parece que no es ningún tópico subrayar la «noble tarea de enseñar» y, añadiría, de ser enseñado. Lo cual bien merece algún comentario. Por ejemplo, agradecer a todos los hombres y mujeres que dedican sus vidas a enseñar a niños y jóvenes, y manifestarles sentimientos de profundo reconocimiento. Así lo hizo el Papa en su reciente viaje al Reino Unido, durante un encuentro en un Colegio Universitario, en presencia del Secretario de Estado de Educación y, naturalmente, de profesores y alumnos. Era el 17 de septiembre. Es verdad que Benedicto XVI, al estar en un colegio universitario católico, aludió al hecho de que los profesores forman a las nuevas generaciones en el conocimiento de la fe; pero no olvidó el Pontífice destacar igualmente cada aspecto de lo que significa educar para vivir como ciudadanos maduros y responsables en el mundo actual, siendo lógicamente cristianos.

En cualquier caso, la tarea de un maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad. El Papa afirmó que la educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario, pues se trata de la formación de la persona humana, preparándola para vivir en plenitud. «En una palabra, se trata de impartir sabiduría. Y la verdadera sabiduría es inseparable del conocimiento del Creador, porque en sus manos estamos nosotros y nuestras palabras y toda la prudencia y destreza de nuestras obras» (Sab 7, 16).

Clarificadoras palabras, dirigidas también a sacerdotes y religiosos en las escuelas católicas, pues se trata de que la vida de fe sea la fuerza impulsora de toda actividad escolar en sus colegios, para que la misión de la Iglesia se desarrolle con eficacia, y los jóvenes puedan descubrir la alegría de participar en el «ser para los demás», propio de Cristo, como puede leerse en la encíclica Salvados en esperanza de Benedicto XVI (n. 28).

A los alumnos católicos el Papa les dijo nada menos que lo que Dios quiere de ellos es que sean santos. Y especificó qué quiere decir ser santos: preguntarse cuáles son las cualidades que vemos en otros y que nos gustarían para nosotros, o qué tipo de persona os gustaría ser de verdad. «Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás». Tuvo el Santo Padre la valentía de decir: «Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí mismo, no es suficiente para haceros felices (...) La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo Él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón».

Y un pequeño apunte al hilo de estas reflexiones del Papa sobre la hermosa tarea de la educación. No hace muchos días el ministro español de Educación consideraba que en educación sexual no sólo tienen los padres competencia, también el Estado. Lo decía a propósito de la injerencia del Gobierno en el derecho de los padres a elegir qué tipo de educación moral quieren para sus hijos. Lo que olvida el ministro no es que el Estado tenga competencias en la educación u orientación moral de los alumnos, que se puede entender que tiene alguna, sino que imponga las suyas sin que los padres lo acepten, sin pedirles permiso. Y de eso tenemos ejemplos muy claros. Los papeles respectivos de la Iglesia y el Estado en el ámbito de la educación, por ejemplo, siguen evolucionando en nuestro mundo, pero entre nosotros siguen anquilo-sados y se repiten las mismas historias, como vemos que ocurre con la permisión de algunos textos de Educación para la ciudadanía, que no sólo son permitidos en la escuela pública, sino que además son premiados.

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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