Escrito dominical, 3 de octubre
Estamos ya
inmersos en un nuevo curso escolar, con todo lo que esto lleva consigo:
nuevos alumnos, nuevas materias, la esperanza de que todo funcione mejor,
la tarea de estudiar y, más importante, de adquirir el hábito de estudiar,
nuevos deseos en los profesores en llegar a los alumnos y el temor en los
padres de un posible fracaso escolar de sus hijos. En definitiva, la
enseñanza preescolar, infantil, primaria, secundaria y universitaria se ha
puesto ya en marcha.
Me parece que no es
ningún tópico subrayar la «noble tarea de enseñar» y, añadiría, de ser enseñado.
Lo cual bien merece algún comentario. Por ejemplo, agradecer a todos los hombres
y mujeres que dedican sus vidas a enseñar a niños y jóvenes, y manifestarles
sentimientos de profundo reconocimiento. Así lo hizo el Papa en su reciente
viaje al Reino Unido, durante un encuentro en un Colegio Universitario, en
presencia del Secretario de Estado de Educación y, naturalmente, de profesores y
alumnos. Era el 17 de septiembre. Es verdad que Benedicto XVI, al estar en un
colegio universitario católico, aludió al hecho de que los profesores forman a
las nuevas generaciones en el conocimiento de la fe; pero no olvidó el Pontífice
destacar igualmente cada aspecto de lo que significa educar para vivir como
ciudadanos maduros y responsables en el mundo actual, siendo lógicamente
cristianos.
En cualquier caso, la
tarea de un maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar
capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la
sociedad. El Papa afirmó que la educación no es y nunca debe considerarse como
algo meramente utilitario, pues se trata de la formación de la persona humana,
preparándola para vivir en plenitud. «En una palabra, se trata de impartir
sabiduría. Y la verdadera sabiduría es inseparable del conocimiento del Creador,
porque en sus manos estamos nosotros y nuestras palabras y toda la prudencia y
destreza de nuestras obras» (Sab 7, 16).
Clarificadoras
palabras, dirigidas también a sacerdotes y religiosos en las escuelas católicas,
pues se trata de que la vida de fe sea la fuerza impulsora de toda actividad
escolar en sus colegios, para que la misión de la Iglesia se desarrolle con
eficacia, y los jóvenes puedan descubrir la alegría de participar en el «ser
para los demás», propio de Cristo, como puede leerse en la encíclica Salvados en
esperanza de Benedicto XVI (n. 28).
A los alumnos
católicos el Papa les dijo nada menos que lo que Dios quiere de ellos es que
sean santos. Y especificó qué quiere decir ser santos: preguntarse cuáles son
las cualidades que vemos en otros y que nos gustarían para nosotros, o qué tipo
de persona os gustaría ser de verdad. «Cuando os invito a ser santos, os pido
que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta
limitada y que ignoréis las demás». Tuvo el Santo Padre la valentía de decir:
«Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí
mismo, no es suficiente para haceros felices (...) La felicidad es algo que
todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima
gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados.
Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente
en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o nuestras relaciones
personales, sino en Dios. Sólo Él puede satisfacer las necesidades más profundas
de nuestro corazón».
Y un pequeño apunte
al hilo de estas reflexiones del Papa sobre la hermosa tarea de la educación. No
hace muchos días el ministro español de Educación consideraba que en educación
sexual no sólo tienen los padres competencia, también el Estado. Lo decía a
propósito de la injerencia del Gobierno en el derecho de los padres a elegir qué
tipo de educación moral quieren para sus hijos. Lo que olvida el ministro no es
que el Estado tenga competencias en la educación u orientación moral de los
alumnos, que se puede entender que tiene alguna, sino que imponga las suyas sin
que los padres lo acepten, sin pedirles permiso. Y de eso tenemos ejemplos muy
claros. Los papeles respectivos de la Iglesia y el Estado en el ámbito de la
educación, por ejemplo, siguen evolucionando en nuestro mundo, pero entre
nosotros siguen anquilo-sados y se repiten las mismas historias, como vemos que
ocurre con la permisión de algunos textos de Educación para la ciudadanía, que
no sólo son permitidos en la escuela pública, sino que además son premiados.
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Braulio Rodríguez Plaza