Escrito dominical, 31 de octubre
Hay que
reconocerlo: el Oriente Próximo nos queda algo lejos. Como decía alguien,
un poco más allá del pago de la hipoteca, del viaje de fin de semana y de
lo que echan en la tele esta noche. Por eso los cristianos del Medio
Oriente apenas tienen un rostro para nosotros. Sin embargo, si la Iglesia
no hace algo, Cristo será un desconocido o un personaje histórico confuso
y lejano, un desconocido en su tierra en definitiva. De hecho los
católicos en Tierra Santa, por ejemplo, y en las regiones vecinas, allí
donde nació el cristianismo, no son más que el 1,6% de la población.
Pero los cristianos orientales sí están haciendo algo: desde
hace muchos siglos, aunque sobre todo desde la segunda guerra mundial, mantienen
el testimonio de la fe cristiana en medio de una mayoría, en ocasiones
aplastante, de musulmanes y judíos en toda esa zona del mundo que llamamos
Oriente Próximo o Medio Oriente. Y eso que su futuro corre serio peligro, pues
el fundamentalismo radical islámico está logrando expulsarlos de tierras en las
que viven desde hace dos mil años, siglos antes del nacimiento del Islam. El
caso más clamoroso ha sido el éxodo de cristianos que ha vivido en estos últimos
años Irak, como me decía con amargura el obispo católico caldeo de Alepo
(Siria), a donde se habían refugiado para salir hacia Europa o América del
Norte.
También está haciendo algo Benedicto XVI, convocando un
Sínodo de Oriente Medio, cuyo tema es La Iglesia católica en Oriente Medio:
comunión y testimonio, que acabó el domingo 24 de octubre. Conoceremos más
adelante conclusiones y asuntos del trabajo sinodal, pero el Papa en la homilía
de su inauguración expuso con claridad lo que quiere conseguir el Sínodo: «En
esos países, por desgracia marcados por profundas divisiones y heridos por
largos conflictos, la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de unidad y
reconciliación, sobre el modelo de la primera comunidad de Jerusalén». Tarea
difícil, pues estos cristianos, como he dicho, soportan condiciones de vida
duras, tanto a nivel personal como familiar y de comunidad. ¿Cómo no desanimarse
y optar por irse de Oriente Próximo a lugares más seguros?
El Papa les invita a no desanimarse. Nosotros, ¿qué hacemos?
Casi nada: algunos viajamos a Tierra Santa y casi no nos damos cuenta de que
existen. Benedicto XVI les dice: «Los primeros cristianos, en Jerusalén, eran
pocos. Nadie habría podido imaginarse lo que ocurrió después». Son palabras
esperanzadoras porque el Papa recuerda que «la salvación es universal, pero pasa
a través de una mediación determinada: la del pueblo de Israel, que se convierte
luego en la de Jesucristo y la Iglesia. La puerta de la vida está abierta para
todos pero, justamente, es una puerta, es decir, un pasaje definitivo y
necesario». Con lo cual está diciendo el Santo Padre que el Señor ha querido
realizar la salvación de este modo plenamente humano, «por los hombres y en los
hombres, a partir de las coordenadas de espacio y tiempo en los que ellos viven
y que Él mismo ha dado: de dichas coordenadas forma parte, con su especificidad,
lo que llamamos Oriente Medio». Es la puerta que Dios mantiene abierta,
siguiendo este Sínodo tan especial, que se centra en la comunión y el
testimonio: la clave que abre la puerta.
Cambiadas las cosas que haya que cambiar, la difícil
situación de los cristianos en Medio Oriente se asemeja a la que soportamos en
el caso del aborto, con la legislación tan negativa para la vida naciente.
También nosotros debemos mantener el testimonio de defender el valor de la
dignidad del ser humano desde su concepción, pese a declaraciones
(¿aclaraciones?) tan desafortunadas y empecinadas de la hasta hace unos días
ministra de Igualdad que mantiene que un aborto no supone la eliminación de un
ser humano, ya que, en su desinformación, que el cigoto sea o no un ser humano
«es fruto de una simple opinión o de una creencia filosófica o moral sobre la
que no existe una evidencia científica». Asusta, la verdad.
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Braulio Rodríguez Plaza