Escrito dominical, 28 de noviembre
A Jesús le llamamos de muchos modos: Hijo del Hombre,
Hijo de Dios, Jesucristo, el Nazareno, Ungido del Señor, Mesías esperado;
cabe llamarle también «el que siempre viene» y de distintas y variadas
maneras. Viene cabalgando en un asno, en un pollino de borrica, viene con
paz y con un tipo de fuego asombroso, que quema lo negativo que hay en
nosotros, viene desde el silencio de Dios, viene a llamar no a los justos
sino a los pecadores, viene con misericordia; viniendo a este mundo
alumbra a todo hombre y mujer. Viene y «está a la puerta llamando: Si
alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos», dice Apocalipsis.
Vino y vendrá. Alrededor de estas venidas gira la vida de sus
discípulos, de los hombres en definitiva, esto es, de su suerte o felicidad.
Cristo no es alguien que vino y ya pasó; eso es imposible. Porque los cristianos
sabemos que «El Espíritu y la Novia dicen: ‘¡Ven!’ Y el que oiga, diga: ‘¡Ven!’
Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera que reciba gratis agua de
vida» (…) Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo pronto. ¡Amén!
¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 17.20).
¡Qué programa tan atractivo para ti, joven que andas un poco
preocupado por tu futuro y despistado por tantas ofertas de vida! ¿Cuál de ellas
escoger? Porque hasta el Presidente del gobierno ofrece alternativas para
entender la vida de una determinada manera, que lleva aparejada una moral
concreta. Opina que esa manera de gobernar es libertad y capacidad de decidir
por uno mismo, y no desde instancias papales. Pero aquí existe un problema: En
el tono de la propuesta se ve que no la ofrece simplemente, sino que por muchos
medios quiere imponer un tipo de conducta moral a todo el mundo; a mi entender,
ese no es el cometido del Gobierno de una nación democrática, pues somos
muchísimos los que no tenemos esa manera concreta de sentir y entender la vida
humana y la conducta de los hombres y mujeres, lógicamente porque damos otra
proyección a la existencia y no queremos imponerla, sino proponerla en libertad,
sin anular a nadie.
Esa forma de entender la vida cuenta con que Dios existe y
con que lo que nos rodea tiene una explicación de trascendencia, hundiendo sus
raíces en la experiencia humana y de lo que es el ser humano. Nos viene esta
manera de ver las cosas, el mundo, la vida humana, no de mitos, sino de una
persona muy especial, Jesucristo, el que vino. Y el que vendrá: Sí es Aquel que
ofreció su vida por los demás, el que mandó amar incluso a los enemigos, el que
llamó felices a los pobres, los que lloran, los limpios de corazón, los que
hacen el bien sin mirar a quien.
Por eso, seguimos anunciando su primera venida, cuando nació
en Belén y cambió la vida y los valores de los hombres y mujeres; el que vendrá
al fin de los tiempo y el que, ahora, sigue viniendo en su Iglesia
preguntándonos: «¿Quieres alcanzar la vida eterna, esto, es, la felicidad?»
«Sígueme». Es condición, no imposición. Es propuesta que lleva consigo un vuelco
del corazón, una alegría indescriptible. Sería bueno que no hubiera trabas para
que esta manera de vivir fuera posible y no se ridicularizara, porque es
racional, esto es, creíble y adecuada al ser humano.
Ahí está el anuncio de la venida del Señor, que lleva consigo
conmemorar su nacimiento. No hagas de esta fiesta algo que nada tenga que ver
con el deseo de la Iglesia: encontrarse con Jesucristo, que honra al ser humano
y le devuelve su dignidad. Aprovecha esta oportunidad de parecerte algo al que
siendo rico con su pobreza nos hizo a nosotros ricos, que éramos y somos pobres.
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Braulio Rodríguez Plaza