Escrito dominical, 5 de diciembre
Es verdad que nuestra comunión con el Papa, como
obispos, tiene sus cauces de expresión ordinaria cuando ejercemos en
nuestras diócesis, en el nombre del Señor, el servicio del magisterio, la
celebración de los misterios de la fe y las tareas de gobierno, «con Pedro
y bajo Pedro». Pero encuentros con él, como los que hace un mes hemos
tenido en Santiago y Barcelona, son un nuevo modo extraordinario de
expresar nuestra unidad como Colegio Apostólico que, no por ser ahora más
frecuentes, dejamos de valorar y de agradecer como se merecen. Estoy
citando casi palabras textuales del Presidente de la Conferencia Episcopal
en la última plenaria del episcopado español.
Pero es así: Hemos podido escuchar de modo vivo, en
escenarios preciosos de la Plaza del Obradoiro y de la Sagrada Familia, palabras
que dejan bien claros los objetivos que mueven el empeño apostólico del Santo
Padre, que nos indican además la misión de la Iglesia en España. El Papa ha
venido, en efecto, a hablarnos a los católicos, y a quienes quieran escuchar,
ante todo de Dios. Lo ha venido haciendo de igual modo en sus encíclicas Deus
caritas est, Spe salvi y Caritas in veritate. Todo en la Iglesia,
viene a decir el Papa, está al servicio del anuncio de la gracia y la salvación
de Dios. El Papa es especialmente consecuente con este núcleo esencial de la
vida cristiana y eclesial.
Nada distrae en el magisterio de Benedicto XVI el anuncio de
Dios y de su misericordia: ni las incompren-siones o las manipulaciones que
tantas veces llegan desde fuera, ni la diversidad de empeños apostólicos a los
que ha de responder la propia Iglesia. La buena noticia del amor de Dios es lo
que da unidad en la parroquia, en la enseñanza, en la familia, en el trabajo;
buena noticia, además, porque los ruidos del mundo pretenden acallarla o
desnaturalizarla.
De hecho, los dos grandes temas de sus discursos en Santiago
y Barcelona –la peregrinación y la belleza– son lugares del encuentro con Dios:
en el camino, que nos saca de nosotros, y en la belleza del lugar de culto, que
nos extasía. «Que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa»,
dijo en Compostela; una invitación apremiante y amorosa a nuestro viejo
Continente, pues «a todo hombre que hace silencio en su interior y pone
distancias a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre y mujer
que oran, Dios le alumbra para que le encuentren y para que reconozcan a
Cristo». Pero puedo decirles que yo mismo he contemplado esta realidad en las
parroquias del arciprestazgo de Quintanar de la Orden, que acabo de visitar
pastoralmente: gentes que buscan y se encuentran felices con Dios, que es el
sentido de sus vidas.
Y es que Dios es el origen de nuestro ser, subrayó el Papa, y
cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente. Hay, pues, que romper
«el silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana» que
es Dios, manifestado en su Hijo Jesucristo. Dios existe y es Él quien nos ha
dado la vida. Sólo Él es el Absoluto, el amor fiel e indeclinable, meta infinita
que se trasluce detrás de todos los bienes como Luz, y la Belleza misma, que nos
le revela, pura libertad que invita a la libertad y arranca del egoísmo.
Esa es nuestra gran tarea: mostrar a todos que Dios es Dios
de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no
discordia. La Iglesia, sin Dios, sin Cristo, no tiene consistencia por sí misma
y tampoco si no se dedica a esta sublime misión de anunciarle y mostrarle a los
hombres y mujeres de nuestro mundo.
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Braulio Rodríguez Plaza