Año 2010

 

VIGILIA DE LA INMACULADA

Homilía en la Iglesia de los PP. Jesuitas

Toledo, 7 de diciembre

Queridos hermanos:

Hemos escuchado ese relato del anuncio del ángel a María, un diálogo impresionante y lleno de sugerencias. Veamos algún rasgo del relato que nos ayude en esta fiesta de la Inmaculada, de modo que nos espolee a ser cristianos convencidos y dispuestos a seguir a Cristo. Porque María pudo haber dicho no al ángel, con una de esas apostasías razonables a las que en esta postmodernidad marchita tan acostumbrados estamos muchos de nosotros con motivos absoluta e infinitamente menores; esos noes que, sin embargo, tantas unanimidades suscitan en nombre de eso que suele denominarse prudencia, quizá sin serlo.

Quiero decir que María pudo haber tenido más excusas importantes que nadie para dejar pasar su turno ante el anuncio del ángel. El contraste fuerte está en que nosotros apenas tenemos excusas para decir a Dios que no; ella podía haber dicho: “Yo no soy de Jerusalén, busque ustedes a otra más capitalina que yo, porque aquí en los pueblos no damos la talla”; “miren, en realidad ni siquiera he empezado mis estudios universitarios, y carezco de los conocimientos necesarios para entender lo que puede pasar”; “realmente hay familias mejores y mujeres ilustres que quizá estarían encantadas”; o “¿cómo a mí, que apenas he dejado de ser una adolescente? ¿A quién se le ocurre, yo que soy un ser humano mortal?”.

Pero María dijo sin titubeos , esa palabra tan breve, tan sencilla, tan directa, y en este caso además tan humilde. En realidad, podría afirmarse teológicamente que María no hizo otra cosa que -¡y no fue poco!- pasar la vida diciendo sí al sí de Dios en Cristo, ese otro sí fundamental para nosotros. En efecto, dijo sí al hijo suyo que, siendo Hijo eterno del Dios Padre, fue concebido en su seno por obra y gracia del Espíritu Santo. Dijo sí luego al niño que un buen día comienza a dar noticia de su identidad en el Templo, cuando ella lo buscaba desconcertada en otros lugares.

Dijo sí a la tarea de su Hijo, al predicar el Reino. Dijo sí en el momento sufriente de la cruz, ese costado abierto que sólo la mirada de una madre puede soportar sin morir. Dijo sí cuando fue nombrada madre de todas las madres desde la cruz misma, sin que por eso dejase de ser conocida por el Crucificado como la madre más personal de todas las madres.

María, mujer fuerte, pasó su vida diciendo sí al Dios que se fijó en ella y que la eligió para madre de un Dios y hombre verdadero. María, la elegida, iba guardando la mirada de su Hijo, y a cada imagen de su retina iba diciendo sí. Sencillamente sí.

Pero María es una mujer real, de carne y hueso, madre de una humanidad de carne y hueso: lo fue y lo sigue siendo, cuya sempiterna maternidad resulta modélica para quienes en lugar de virtudes de adormidera prefieren el riesgo, la audacia, la aventura de entregarlo todo no queriendo ser algo en nada. Una mujer así es la Madre de Dios y madre nuestra, la que la vida va enseñando a invocar a quienes en este valle de gozos y de sombras saben que sólo se posee lo que se regala, que hay más alegría en dar que en recibir, y que da más fuerza sentirse amado que creerse fuerte. ¡Qué bueno es todo esto en una época en que todo lo queremos tener a mano, donde nadie arriesga nada, donde hasta los niños reciben paga de sus padres! ¿Por qué hemos hecho a los niños, adolescentes y jóvenes tan peseteros, tan interesados, tan poco acostumbrados a arriesgar la vida?

El ángel hace de ti, Madre, una alabanza impresionante: “Has hallado gracia delante de Dios”. ¿Qué pensaste cuando te diste cuenta de lo que el ángel te estaba diciendo? ¿Cómo pudiste aceptar la idea de llegar a ser madre del Mesías, del Salvador esperado, del Hijo eterno de Dios? Desde aquel día -¿o desde aquella noche?- comenzaste a rezar de otra manera las maravillas de los Salmos, y seguro que te viste dentro de las más hondas profecías y esperanzas de Israel, y te sentirías Arca y Templo de la Alianza, nueva Jerusalén, portadora de la salvación, roca segura, aurora saludada por los centinelas del espíritu.

Nosotros no somos como tú; no sabemos que es una vida sin pecado; tú eres humana como nosotros, pero no sabemos que es amar a Dios y al prójimo sin pecado. Tú eres la “sin pecado”. Porque luego hemos sabido, Tú y nosotros, que Dios te había pensado y querido así y para eso, que habías comenzado a vivir en el cuenco de su mano para ser la Madre de su Hijo en la tierra; esto es, toda santa, madre de la nueva humanidad comenzada y recomenzada por el Espíritu de Dios en tu Hijo Jesucristo, venido de la eternidad del Padre a tu pequeño mundo interior, para comenzar desde allí su vida humana que ya no tendrá fin.

Así que los cristianos descubrieron pronto que eras tú la nueva Jerusalén, la ciudad santa, la humanidad habitada y glorificada por Cristo,  Hijo de Dios, la honra y la esperanza de nuestro pueblo. Todo eso quiere decir que tú eres Inmaculada, y que nosotros recibimos con reverencia de las fuentes de la Revelación y del testimonio solemne de la Iglesia docente: que tú, desde el primer momento de tu existencia, en virtud de la futura muerte redentora de tu divino Hijo, estuviste exenta de toda mancha de pecado original. De modo que tú poseíste, como todo ser humano rescatado en Cristo, pero desde el principio, la gracia santificante de la filiación divina, que originariamente estaba destinada a todo el linaje de Adán y Eva y que mediante la muerte sacrificial de Jesucristo, el Hombre-Dios, nacido de ti, será de nuevo entregada  a cada creyente.

Los cristianos de todos los tiempos te han recordado y querido; también nosotros hoy y quisiéramos tenerte siempre en nuestra memoria. Ellos multiplicaron tus imágenes, las ermitas, las invocaciones. Con ellos sabemos que estar cerca de ti es tener cerca de la santa humanidad y la presencia salvadora de Cristo, y estar a las puertas de la Trinidad, de la gloriosa Trinidad de Dios.

Madre de Jesús, Madre de Dios, Madre de todas las madres de la tierra, gloria de la humanidad y exaltación de la grandeza espiritual de las mujeres, de las esposas, de las madres, mujer espléndida, madre profunda, porque eres la morada de Dios eres también la cumbre de la más bella y amable humanidad. Bienaventurada, te glorificamos y tú nos glorificas, madre de todas las madres, sonrisa maternal del Dios que nos espera, resplandor de la salvación.