Quiero decir que María pudo
haber tenido más excusas importantes que nadie para dejar pasar su turno
ante el anuncio del ángel. El contraste fuerte está en que nosotros apenas
tenemos excusas para decir a Dios que no; ella podía haber dicho: “Yo no
soy de Jerusalén, busque ustedes a otra más capitalina que yo, porque aquí
en los pueblos no damos la talla”; “miren, en realidad ni siquiera he
empezado mis estudios universitarios, y carezco de los conocimientos
necesarios para entender lo que puede pasar”; “realmente hay familias
mejores y mujeres ilustres que quizá estarían encantadas”; o “¿cómo a mí,
que apenas he dejado de ser una adolescente? ¿A quién se le ocurre, yo que
soy un ser humano mortal?”.
Pero María dijo sin titubeos
sí, esa palabra tan breve, tan sencilla, tan directa, y en este caso además
tan humilde. En realidad, podría afirmarse teológicamente que María no hizo otra
cosa que -¡y no fue poco!- pasar la vida diciendo sí al sí de Dios en Cristo,
ese otro sí fundamental para nosotros. En efecto, dijo sí al hijo suyo que,
siendo Hijo eterno del Dios Padre, fue concebido en su seno por obra y gracia
del Espíritu Santo. Dijo sí luego al niño que un buen día comienza a dar noticia
de su identidad en el Templo, cuando ella lo buscaba desconcertada en otros
lugares.
Dijo sí a la tarea de su Hijo, al
predicar el Reino. Dijo sí en el momento sufriente de la cruz, ese costado
abierto que sólo la mirada de una madre puede soportar sin morir. Dijo sí cuando
fue nombrada madre de todas las madres desde la cruz misma, sin que por eso
dejase de ser conocida por el Crucificado como la madre más personal de todas
las madres.
María, mujer fuerte, pasó su vida
diciendo sí al Dios que se fijó en ella y que la eligió para madre de un Dios y
hombre verdadero. María, la elegida, iba guardando la mirada de su Hijo, y a
cada imagen de su retina iba diciendo sí. Sencillamente sí.
Pero María es una mujer real, de
carne y hueso, madre de una humanidad de carne y hueso: lo fue y lo sigue
siendo, cuya sempiterna maternidad resulta modélica para quienes en lugar de
virtudes de adormidera prefieren el riesgo, la audacia, la aventura de
entregarlo todo no queriendo ser algo en nada. Una mujer así es la Madre de Dios
y madre nuestra, la que la vida va enseñando a invocar a quienes en este valle
de gozos y de sombras saben que sólo se posee lo que se regala, que hay más
alegría en dar que en recibir, y que da más fuerza sentirse amado que creerse
fuerte. ¡Qué bueno es todo esto en una época en que todo lo queremos tener a
mano, donde nadie arriesga nada, donde hasta los niños reciben paga de sus
padres! ¿Por qué hemos hecho a los niños, adolescentes y jóvenes tan peseteros,
tan interesados, tan poco acostumbrados a arriesgar la vida?
El ángel hace de ti, Madre, una
alabanza impresionante: “Has hallado gracia delante de Dios”. ¿Qué pensaste
cuando te diste cuenta de lo que el ángel te estaba diciendo? ¿Cómo pudiste
aceptar la idea de llegar a ser madre del Mesías, del Salvador esperado, del
Hijo eterno de Dios? Desde aquel día -¿o desde aquella noche?- comenzaste a
rezar de otra manera las maravillas de los Salmos, y seguro que te viste dentro
de las más hondas profecías y esperanzas de Israel, y te sentirías Arca y Templo
de la Alianza, nueva Jerusalén, portadora de la salvación, roca segura, aurora
saludada por los centinelas del espíritu.
Nosotros no somos como tú; no
sabemos que es una vida sin pecado; tú eres humana como nosotros, pero no
sabemos que es amar a Dios y al prójimo sin pecado. Tú eres la “sin pecado”.
Porque luego hemos sabido, Tú y nosotros, que Dios te había pensado y querido
así y para eso, que habías comenzado a vivir en el cuenco de su mano para ser la
Madre de su Hijo en la tierra; esto es, toda santa, madre de la nueva humanidad
comenzada y recomenzada por el Espíritu de Dios en tu Hijo Jesucristo, venido de
la eternidad del Padre a tu pequeño mundo interior, para comenzar desde allí su
vida humana que ya no tendrá fin.
Así que los cristianos
descubrieron pronto que eras tú la nueva Jerusalén, la ciudad santa, la
humanidad habitada y glorificada por Cristo, Hijo de Dios, la honra y la
esperanza de nuestro pueblo. Todo eso quiere decir que tú eres Inmaculada, y que
nosotros recibimos con reverencia de las fuentes de la Revelación y del
testimonio solemne de la Iglesia docente: que tú, desde el primer momento de tu
existencia, en virtud de la futura muerte redentora de tu divino Hijo, estuviste
exenta de toda mancha de pecado original. De modo que tú poseíste, como todo ser
humano rescatado en Cristo, pero desde el principio, la gracia santificante de
la filiación divina, que originariamente estaba destinada a todo el linaje de
Adán y Eva y que mediante la muerte sacrificial de Jesucristo, el Hombre-Dios,
nacido de ti, será de nuevo entregada a cada creyente.
Los cristianos de todos los
tiempos te han recordado y querido; también nosotros hoy y quisiéramos tenerte
siempre en nuestra memoria. Ellos multiplicaron tus imágenes, las ermitas, las
invocaciones. Con ellos sabemos que estar cerca de ti es tener cerca de la santa
humanidad y la presencia salvadora de Cristo, y estar a las puertas de la
Trinidad, de la gloriosa Trinidad de Dios.
Madre de Jesús, Madre de Dios,
Madre de todas las madres de la tierra, gloria de la humanidad y exaltación de
la grandeza espiritual de las mujeres, de las esposas, de las madres, mujer
espléndida, madre profunda, porque eres la morada de Dios eres también la cumbre
de la más bella y amable humanidad. Bienaventurada, te glorificamos y tú nos
glorificas, madre de todas las madres, sonrisa maternal del Dios que nos espera,
resplandor de la salvación.