Homilía en la S. I. Catedral Primada
Toledo, 8 de diciembre
De lo
escuchado en las lecturas, el ser humano viene al mundo marcado por una herida
de un pecado y con todas las tremendas y negativas consecuencias que tal culpa
de origen lleva consigo: inclinación al mal, desencuentro con Dios y con los
demás, vidas sin mucho sentido, a lo que salga, lo incomprensible de la muerte…
Este es un dato de la antropología humana y cristiana, de la manera de entender
al hombre y a la mujer en la Biblia.
¿Qué
ha sucedido en los primeros días de la humanidad? ¿Por qué esa presencia del
mal? Preguntas difíciles de contestar. San Pablo habla del “misterio de la
iniquidad”. Quiere decir que también el mal y el pecado tienen sus secretos.
Pero de lo que no cabe duda es de la inseparable conexión entre la culpa, el mal
de origen y la redención de Cristo, pues si el hombre y la mujer quisieron
hacerse como Dios con el riesgo de caer en el pecado, Dios no tuvo inconveniente
en hacerse hombre para salvar a lo que estaba perdido.
Todo
misterio religioso es una verdad grande, fascinante, llena de vida y o
oscuridad imposible de penetrar. Así, en el misterio de la Inmaculada Concepción
de la Virgen María resplandece la inmensa bondad de Dios. Es sencillamente el
triunfo del bien, la apoteosis de la justicia. Dios quiere la salvación. Y esta
es la señal: una mujer concebida sin pecado de la que nacerá el Prometido, el
Salvador. María, la mujer bendita de Nazaret, fue la única que, desde el primer
momento de existencia, estaría libre de toda culpa y llena de las gracias y los
favores de Dios.
Dios
se va a meter, como levadura nueva, en la misma naturaleza humana, precisamente
allí donde anidaba el mal y el pecado. Es la encarnación del Verbo: Dios se hace
hombre. Y el ser humano, renacido en Cristo, tiene la esperanza de poder vencer
el pecado y la muerte. ¿Qué valor tienen estas verdades, nos dicen los incapaces
de ver más allá de lo fáctico, de lo tangible? ¿No hay cosas más importantes que
hacer, cuando hay guerras en el mundo, un terrorismo que asusta, unos parados e
inmigrantes que atender, el problema de cómo tomar medidas contra la crisis,
drogas, botellones que llevan a ingestas y borracheras innecesarias, cuando la
dignidad de los pobres está pisoteada? Pero yo pregunto: ¿Acaso ese pecado, esa
herida no curada en nosotros, hombres y mujeres, no explica todo esa serie de
injusticias y dolencias de nuestra sociedad que hemos enumerado?
En la
historia de la salvación, que es la realización en el tiempo de lo que Dios
quiere para sus hijos, hay ciertamente un momento de turbación: aquel en que el
hombre y la mujer, libremente, rechazan al mismo Dios. Es el pecado. Un intento
de destruir los planes del Dios que quiere el bien. Parece que el hombre se
empeña en la injusticia y en el mal. El tema es arduo y escandaloso.
Se
han buscado explicaciones desde todas las creencias y puntos de vista a este
escándalo, pero continuamos desconcertados ante unas situaciones que hieren
nuestra capacidad de comprender. Dolor, injusticias, hambrunas, catástrofes…
Incomprensible victoria del sufrimiento y de la angustia: el bien, la paz, la
alegría, el bienestar han sido derrotados. Y parece que el mal campa por sus
respetos en un mundo que ha sido creado por un Dios bueno y sabio. Es el gran
quebradero de cabeza para el hombre: ¿cómo un Dios bueno consiente esto?
De la
presencia del mal se toma ocasión para rechazar la posibilidad de que Dios
exista: Dios y el mal son incompatibles. Como no puede pensarse en un Dios que
sea incapaz de impedir la acción del mal, se prefiere negar a Dios antes de
reducir el concepto de Dios a la impotencia. Y en la presencia del mal en el
mundo siempre queda la sombra de la duda, algún vacío imposible de llenar. Y es
que el mal no cabe en la cabeza del hombre, el sufrimiento enerva, la injusticia
subleva. Por el contrario, nos sentimos muy a gusto con el bien y la bondad, con
la paz y la justicia.
Todo
ello quiere decir que lo propio del ser humano es el bien. ¿Y el mal? ¿Algo que
se ha cruzado en el camino? ¿Obstáculo que habrá que sortear para no perder el
equilibrio? Evidentemente, piensa el necio, pues si aparece el mal, sentado en
el trono de los sufrimientos de la humanidad y amenazante: he aquí el argumento
incontrastable de la incompatibilidad entre ese mal y la fe; por tanto Dios no
existe, aseveran. Así que no hay más remedio que afrontar este asunto del mal y
del presumible e inexplicable consentimiento por parte de Dios de que el mal
exista. Y hay que hacerlo con lealtad y coherencia, no para el acatamiento
credulón, sino para el trabajo de búsqueda sincera de la verdad.
Pero
negar a Dios es, cuanto menos, cerrar definitivamente una posible fuente de
conocimiento. El discurso de la fe no se puede tratar de resolverlo negando esa
misma fe y limitándose al conocimiento racional. Esa es una solución muy fácil:
¡Lo que no comprendo, no tiene razón de ser! No me parece a mí esta la solución.
Por otro lado hay que tener en cuenta que, si se habla de Dios, hay que aceptar
a un Dios vivo, que ha hablado, que se ha manifestado, que ha creado las cosas
con sabiduría y amor, que ha dado al ser humano la capacidad de ser libre y amar
el bien.
Precisamente con el reconocimiento de la Inmaculada Concepción de María se
vislumbra la aurora que anuncia la revelación del gran misterio de Dios, que
busca, más allá de cualquier impedimento, la salvación del hombre. Llegará el
Redentor y se abrirán de nuevo los caminos que llevan a la gran alianza entre
Dios y los hombres. Cristo es el vencedor del dolor, del mal y de la muerte del
hombre. Este es un misterio donde están el pecado y la gracia, el bien y el mal,
la amistad y el alejamiento de Dios, el agravio y la reconciliación, la nueva
alianza, la redención. Y hay que saber qué significan estos conceptos.
Este
es, en realidad, el misterio de la Inmaculada, de la limpia y pura Señora, que
es como una inmensa luz que ayuda a encontrar el más profundo y verdadero
significado de todas las cosas. Quiere decir que donde había pecado –la Biblia
nunca niega el pecado del hombre-, sobreabundó la gracia (cf Rom 5,20). Pues en
el privilegio de María –su inmaculada concepción- ha quedado bien patente la
misericordia de Dios, que hace posible que el bien sea siempre más abundante y
generoso que los males que provienen del pecado. María Inmaculada es la prueba y
la señal: en Ella ha triunfado plenamente la gracia. Y ésta ha abierto el camino
para la recuperación de toda la humanidad, de ti y de mí.
El
pecado había alejado de Dios y vino la confusión, pero Dios no cambió en su
voluntad de colmar al hombre de felicidad. La gracia ha dado a María tanta
cercanía de Dios que el Verbo, por obra y gracia del Espíritu Santo, se hará
hombre en las entrañas benditas de la Virgen María. Y Dios está con nosotros, si
queremos estar con Él. El Emmanuel es la consecuencia del sí de María, aunque
sea todo gracia para nosotros y no se lo debamos a José, que no engendró a
Jesús, ya que nació de Madre Virgen.
Dos
grandes razones había para que la Virgen María estuviera llena de gracia y
limpia de todo pecado: la maternidad divina y la redención de Cristo. Ella iba a
ser la madre del Verbo, la madre de Dios y por ello, la sobreabundancia de los
méritos de Cristo Redentor tenía que llegar, y de modo eminente y privilegiado,
a su propia madre, la Virgen María. Así que cuando Dios anuncia, después del
pecado del ser humano, la victoria sobre el mal y sobre ese mismo pecado,
también proclama que la historia de la salvación vendrá por una mujer, en la
que nunca existirá amistad alguna con el pecado. Así lo dice la Escritura:
“pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya” (Gn
3,15).
Pero
esa mujer sería la que primero, y de una manera completamente excepcional,
recibiera el fruto de la obra salvadora de su Hijo. María es también la mujer
que Dios ha puesto a su lado para que por Ella llegara la vida humana del Verbo
y la gracia de Cristo para todo hombre y mujer. Es, además, en María donde
resplandece la verdad de Dios sobre el ser humano, porque Ella es la criatura
tal como saliera de las manos del mismo Dios, anterior a cualquier mancha que
pudiera dejar el pecado. Quien se acerca a María se pone junto a lo que Ella
posee de manera plena: la gracia de Dios. Sí, en Ella ha llegado la plenitud de
los tiempos, el tiempo verdaderamente nuevo, pues ha llegado la salvación.
María
Santísima es, por tanto, desde el primer instante de su concepción, la señal
incuestionable de esa presencia del bien que Dios ofrece más allá de todas
aquellas circunstancias que pretendieran empañar la gloria del Creador. El
hombre había pecado, pero Dios envía la salvación: Esta es la señal: Una Mujer,
elegida y santa, será la Madre del Mesías, la Madre del Redentor.
El
mal había seducido al hombre y la mujer y el pecado se adueñó de su corazón. El
orgullo llevó a la prepotencia y al desprecio del desvalido. El corazón se llenó
de resentimientos, el egoísmo hizo causa con la avaricia y la dureza de corazón
anuló la capacidad de amar. Pero donde hubo pecado, sobreabundó la gracia de la
misericordia y de la redención. Cristo, el Señor de la misericordia y Redentor
del hombre, nos sedujo y nos seduce con el bien y la gracia con abundancia. ¿Nos
dejaremos seducir, como el profeta, cuando dijo: “Me sedujiste, Señor, y me dejé
seducir; me has agarrado y me has podido (Jer 20,7)?