Escrito dominical, 19 de diciembre
"Os anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino
también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba
consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará, la diadema
del reino divino». Así comienza una catequesis de san Cirilo de Jerusalén en el
siglo IV. «No pensamos, pues, –continúa– tan sólo en la venida pasada; esperamos
también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en
nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y, saliendo al encuentro del
Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre
del Señor».
La Iglesia celebra, así, cada año el misterio de este amor
tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. Y nos
enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en tiempos del
Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos
recibir, mediante la fe y los sacramentos –la Eucaristía y la Penitencia con la
confesión de los pecados–, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra
conducta conforme a sus mandamientos. Por ello la Iglesia desea vivamente
hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la
misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar en
nosotros con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte,
quitamos todo obstáculo.
Lo decimos mejor con san Bernardo en su homilía quinta en el
Adviento del Señor: «Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la
primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero
ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los
hombres, cuando, como atestigua Él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última,
todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en
cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo íntimo de sí
mismos, y así sus almas se salvan (…). Esta venida intermedia es como una senda
por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra
redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en esta, en nuestro
descanso y nuestro consuelo».
Es muy distinto celebrar de este modo la Navidad a celebrarla
únicamente como una fiesta más o, por supuesto, a celebrarla como fiestas de
invierno o pensando en Papá Noel. ¿Quién será ese personaje, capaz de eclipsar
en tantos hogares a Cristo que nace? Es preciso que cambiemos nuestro sentir y
actuar en Navidad. Nadie duda de que estas fiestas tienen que ser unos días
alegres, una fiesta familiar, pero debemos ir más allá. Es una oportunidad para,
en encuentro con Cristo en la oración, en la Eucaristía y en el sacramento de la
Reconciliación, darnos nuevos motivos para renovarnos, para crecer en
motivación, para tener una nueva actitud en una amor más grande al Señor y a los
demás, los que nos rodean y cuantos necesiten de nosotros.
En esta sentido, la Navidad es muy seria, esto es, es
oportunidad que se va si no la aprovechamos, si no nos ayuda a ser mejores
personas, capaces de perdonar y de ser perdonados, capaces de vivir la paz y la
justicia, capaces de salir de nosotros mismos para encontrarnos con los demás,
capaces de ver lo sencillo y lo humilde, capaces de jugar con nuestros niños y
aprender de ellos la admiración y la ilusión. De lo contrario, la Navidad cansa
y puede hastiar. Lo cual es una pena y una responsabilidad. Yo deseo que no sea
así; también pido al Señor por todos vosotros, deseándoos una Santa y Feliz
Navidad.
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Braulio Rodríguez Plaza