Año 2010

 

HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS Y UN DIÁCONO

 

S. I. Catedral Primada

19 de diciembre

Queridos hermanos:

Otra vez nos convoca aquí, en vísperas de Navidad, este acto solemne de la Ordenación sacerdotal. Yo os acojo a todos vosotros, a vosotros dos, diáconos de Jesucristo en nuestra Iglesia de Toledo, y a ti diácono ordenado por mí mismo en julio pasado, Hermano de la Sagrada Familia, y os doy desde ahora el abrazo de la paz y la consagración. Felicito a todos vosotros, al Rector y a los Formadores y Profesores del Seminario, a los familiares y amigos de los ordenandos, a toda la comunidad diocesana. Juntos formamos esta asamblea del Señor en la Iglesia de Toledo, reunida en la Catedral con su cabildo de forma tan significativa.

Me dirijo ahora a los que vais a ser ordenados con palabras del Apóstol; nos dice en su Carta a los Romanos (1,1) para qué os ordenáis y qué es lo que vais a ser. Dice él de sí mismo que es “siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol para predicar el Evangelio de Dios”. Podrían ser éstas las palabras que vosotros pusierais como lema de vuestras vidas, a partir de ahora: “Siervos de Cristo Jesús”; por ahí hay que empezar, por ahí habéis empezado de hecho y habéis seguido a lo largo de los años del Seminario. Por ahí seguiréis. “Siervos de Jesucristo”. Sí, no hay que disimular: la palabra es “siervos”. Y cuando no se entiende esto, no es bueno entrar en el sacerdocio.

Ser siervo es ser esclavo por amor; es ser obediente a Cristo hasta la muerte; es vivir conscientemente el hecho de que somos portadores de algo que no es nuestro: el sacerdocio de Jesucristo. Es admitir que hay una regulación radical de nuestras vidas, para lograr lo cual la Iglesia de los siglos, no sólo la de ahora, ha marcado el camino tal como Cristo y los Apóstoles lo señalaron. Regulación radical de una vida humana, de un hombre elegido que consiente en ser nada menos que eso tan grande y dichoso: “Siervo de Cristo Jesús”.

 “Llamado a ser apóstol”, añade san Pablo. Esta es la vocación que habéis sentido, de manera muy distinta y por diversos caminos, unos y otros; pero alguien os ha llamado. Pueden haber sido vuestros padres, con su ejemplo, más que con la palabra, ya que no suele ser frecuente la palabra de los padres que inviten a sus hijos a ser sacerdotes. Pero sí que suelen dar buenos ejemplos, porque hay muchos padres de familia, espléndidos cristianos, que sufren y aman en silencio, y, a veces, esto llega al fondo del alma de su hijo produciendo efectos que sólo la gracia de Dios completa. Otras veces un sacerdote. O un acontecimiento especial; o la visita a un santuario de María o a Compostela, como este verano último, o la celebración de las JMJ; o una meditación prolongada sobre lo que es y va siendo la vida de cada uno. O quizá también, el candor espiritual de una vida cristiana que desde niño se ha movido en torno a esos signos espléndidamente bellos de la religión cristiana, y que, poco a poco, han hecho madurar en ellos una decisión que llegó a ser en su día una libre opción de un camino, renunciando a otros. ¡Tantas maneras de llamar! Y de llamar para ser apóstoles, no para otra cosa: “para predicar y anunciar el Evangelio de Dios”.

Yo me figuro que habéis estudiado mucho en el Seminario, que os habéis sometido a la disciplina común del Seminario, sin la cual la formación es imposible, pues no hay otra manera de fortalecer vuestra voluntad y de haceros capaces de decisiones libres. Habéis meditado y orado, habéis visto ejemplos magníficos de los sacerdotes que se han ocupado y se ocupan de vosotros. Pues bien, todo eso es poco para eso tan grande de “predicar y anunciar el Evangelio de Dios”. Y tendréis que estar toda la vida meditando en el mejor modo de cumplir esta misión sagrada, anunciando el Evangelio con la vida, predicándolo con la palabra, ofreciéndolo con el amor a todos, presentándolo con la esperanza de que sea recibido, aunque se convierta en signo de contradicción, que ya es una manera de recibir esa gracia de Dios, que golpea el corazón de los hombres y de la historia humana. “No me avergüenzo del Evangelio, porque es fuerza de Dios para dar la salvación a todo el que cree”, dijo san Pablo en Rom 1.16.

Queridos ordenandos: en el camino que habréis de recorrer, lo mismo los que llegáis al sacerdocio hoy, como los que vais a llegar más tarde, tenemos un modelo que es señal y que es esperanza: la Virgen María. De ella nos hablan las lecturas sagradas hoy. Ayer mismo la llamábamos “Virgen de la Esperanza”, de tanta tradición en Toledo desde los tiempos de san Ildefonso, que compuso la Misa de Santa María en el rito hispano-mozárabe.

Es la señal que quiso dar Dios a aquel pueblo de dura cerviz, y es la señal que sigue dando Dios al sacerdote que quiere ser hijo fiel de la Iglesia. Hay que mirarla a Ella y ver en esa señal el modelo del silencio, de la piedad, de la obediencia, de la abnegación, de la sonrisa, de la caridad, del amor, de la fidelidad, de la fe, del sacrificio, de la fortaleza, de la pureza, de la entrega total. Parece un programa difícil, pero ahí está la Virgen María y, porque Ella es así, y así despierta nuestros amores y fortalece nuestras esperanzas. Hoy tenéis que coger su mano y vivir siempre junto a Ella. Ella os dará luz hoy también, sois hijos de María. Y este regalo de Navidad que viene a nuestra Iglesia, gracias a vuestra incorporación, este regalo nos lo da también Ella, la Madre silenciosa que está alimentando el corazón de la Iglesia, continuamente, desde el puesto y la misión que Dios le ha señalado.

Vosotros también seréis señal en el pueblo cristiano y en la sociedad en que vivimos. Es verdad que en un pueblo de vieja tradición católica como el nuestro, la Iglesia sufre un desgaste de su encarnación histórica: somos la forma de este pueblo para creyentes y no creyentes. Pero la marcha del tiempo y de la sociedad hacen que muchos juzguen el sacerdocio de Cristo muchas veces con prejuicios, y se juzga los pecados y deficiencias de los sacerdotes más que al sacerdocio, a las órdenes religiosas más que a la religión, a una historia más que a una Iglesia, y se trasladan los defectos reales –y los supuestos- de las personas, tal y como han sido presentados, al hecho mismo de la vida cristiana, que el sacerdote y otros cristianos tratan de predicar y propagar. Esto no es honrado ni justo. Si procediéramos así en los demás aspectos de la existencia humana en la tierra, no quedaría en pie nada: ni personas, ni familias, ni movimientos culturales o esfuerzos sociales que hacen progresar a la humanidad.

La Iglesia se reconoce débil y siempre con deseos de reforma en su seno, pero su mayor deseo es realizar su misión de evangelizar, de llevar a Cristo a las personas, a su encuentro, a las grandes metas de la civilización del amor, a que el reinado de Dios esté presente en la sociedad, porque aporta algo que otras realidades no tienen: el Evangelio de Jesucristo, la palabra de Dios, el amor al prójimo junto al que profesamos a Dios. Debéis, pues, uniros a los innumerables sacerdotes, religiosos, y fieles católicos que dan un altísimo testimonio de virtudes evangélicas y de servicio al hombre en lo más íntimo y profundo de las necesidades que éste experimenta.

La actual sociedad española está muy necesitada de clarificación en los contenidos de la fe; muy necesitada del evangelio de la familia, de la defensa de la vida ante una ley del aborto inicua e injusta, de la vivencia de una caridad que tenga en cuenta la dignidad de los más pobres; está necesitada también de humildad y valentía para proclamar esos contenidos de la fe católica, sin complejos, con audacia. Solamente podréis hacerlo vosotros, los hoy ordenados, si sois tan humildes como para ser “siervos de Dios”, y sois tan fuertes como para ser Apóstoles del Evangelio de Dios”. No os alteren ni las calumnias, ni las persecuciones, ni la indiferencia de unos o el hostigamiento de otros. Es normal: lo hicieron con Cristo.

Afortunadamente nuestro pueblo ama a sus sacerdotes, los quiere y los necesita; y os amará a vosotros, si seguís siendo ministros del Señor, tal como san Pablo os pide. No temáis a los que en cualquier época lo confunden todo; son ignorantes muchas veces y se creen cultos; se creen modernos y son retrógrados; quieren ser, dicen, justos con la sociedad o la ciudadanía, y causan sin saberlo el daño más grande que se puede causar a la sociedad al privarla de aquellos valores que pueden a ser humano un sentido trascendente a su vida. No hay justicia, cuando se ahogan las aspiraciones y los derechos del hombre, derechos que culminan en su unión con Dios, Creador y Redentor. Hay que predicar el Evangelio siempre con dignidad, siempre humildemente, siempre con respeto al hombre que puede equivocarse; pero con valentía frente al error que les equivoca.

Que la Virgen Santísima, la Virgen de la Esperanza, os conduzca poco a poco, a lo largo de toda vuestra vida, hacia el logro de este ideal sacerdotal. Y que broten de las piedras nuevos hijos de Abraham, es decir, que vengan nuevos jóvenes. ¿Por qué no ha de haber alguno aquí, en esta Catedral, que hoy mismo se decida a dar el paso, el paso para convertirse en un servidor de la Verdad, en un apóstol del Evangelio de Dios, sin avergonzarse? Así sea. 

 

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