S. I. Catedral
Primada
19 de diciembre
Queridos hermanos:
Otra vez nos convoca
aquí, en vísperas de Navidad, este acto solemne de la Ordenación sacerdotal. Yo
os acojo a todos vosotros, a vosotros dos, diáconos de Jesucristo en nuestra
Iglesia de Toledo, y a ti diácono ordenado por mí mismo en julio pasado, Hermano
de la Sagrada Familia, y os doy desde ahora el abrazo de la paz y la
consagración. Felicito a todos vosotros, al Rector y a los Formadores y
Profesores del Seminario, a los familiares y amigos de los ordenandos, a toda la
comunidad diocesana. Juntos formamos esta asamblea del Señor en la Iglesia de
Toledo, reunida en la Catedral con su cabildo de forma tan significativa.
Me dirijo ahora a
los que vais a ser ordenados con palabras del Apóstol; nos dice en su Carta a
los Romanos (1,1) para qué os ordenáis y qué es lo que vais a ser. Dice él de sí
mismo que es “siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol para predicar el
Evangelio de Dios”. Podrían ser éstas las palabras que vosotros pusierais como
lema de vuestras vidas, a partir de ahora: “Siervos de Cristo Jesús”; por ahí
hay que empezar, por ahí habéis empezado de hecho y habéis seguido a lo largo de
los años del Seminario. Por ahí seguiréis. “Siervos de Jesucristo”. Sí, no hay
que disimular: la palabra es “siervos”. Y cuando no se entiende esto, no es
bueno entrar en el sacerdocio.
Ser siervo es ser
esclavo por amor; es ser obediente a Cristo hasta la muerte; es vivir
conscientemente el hecho de que somos portadores de algo que no es nuestro: el
sacerdocio de Jesucristo. Es admitir que hay una regulación radical de nuestras
vidas, para lograr lo cual la Iglesia de los siglos, no sólo la de ahora, ha
marcado el camino tal como Cristo y los Apóstoles lo señalaron. Regulación
radical de una vida humana, de un hombre elegido que consiente en ser nada menos
que eso tan grande y dichoso: “Siervo de Cristo Jesús”.
“Llamado a ser
apóstol”,
añade san Pablo. Esta es la vocación que habéis sentido, de manera muy distinta
y por diversos caminos, unos y otros; pero alguien os ha llamado. Pueden haber
sido vuestros padres, con su ejemplo, más que con la palabra, ya que no suele
ser frecuente la palabra de los padres que inviten a sus hijos a ser sacerdotes.
Pero sí que suelen dar buenos ejemplos, porque hay muchos padres de familia,
espléndidos cristianos, que sufren y aman en silencio, y, a veces, esto llega al
fondo del alma de su hijo produciendo efectos que sólo la gracia de Dios
completa. Otras veces un sacerdote. O un acontecimiento especial; o la visita a
un santuario de María o a Compostela, como este verano último, o la celebración
de las JMJ; o una meditación prolongada sobre lo que es y va siendo la vida de
cada uno. O quizá también, el candor espiritual de una vida cristiana que desde
niño se ha movido en torno a esos signos espléndidamente bellos de la religión
cristiana, y que, poco a poco, han hecho madurar en ellos una decisión que llegó
a ser en su día una libre opción de un camino, renunciando a otros. ¡Tantas
maneras de llamar! Y de llamar para ser apóstoles, no para otra cosa: “para
predicar y anunciar el Evangelio de Dios”.
Yo me figuro que
habéis estudiado mucho en el Seminario, que os habéis sometido a la disciplina
común del Seminario, sin la cual la formación es imposible, pues no hay otra
manera de fortalecer vuestra voluntad y de haceros capaces de decisiones libres.
Habéis meditado y orado, habéis visto ejemplos magníficos de los sacerdotes que
se han ocupado y se ocupan de vosotros. Pues bien, todo eso es poco para eso tan
grande de “predicar y anunciar el Evangelio de Dios”. Y tendréis que estar toda
la vida meditando en el mejor modo de cumplir esta misión sagrada, anunciando el
Evangelio con la vida, predicándolo con la palabra, ofreciéndolo con el amor a
todos, presentándolo con la esperanza de que sea recibido, aunque se convierta
en signo de contradicción, que ya es una manera de recibir esa gracia de Dios,
que golpea el corazón de los hombres y de la historia humana. “No me avergüenzo
del Evangelio, porque es fuerza de Dios para dar la salvación a todo el que
cree”, dijo san Pablo en Rom 1.16.
Queridos ordenandos:
en el camino que habréis de recorrer, lo mismo los que llegáis al sacerdocio
hoy, como los que vais a llegar más tarde, tenemos un modelo que es señal y que
es esperanza: la Virgen María. De ella nos hablan las lecturas sagradas hoy.
Ayer mismo la llamábamos “Virgen de la Esperanza”, de tanta tradición en Toledo
desde los tiempos de san Ildefonso, que compuso la Misa de Santa María en el
rito hispano-mozárabe.
Es la señal que
quiso dar Dios a aquel pueblo de dura cerviz, y es la señal que sigue dando Dios
al sacerdote que quiere ser hijo fiel de la Iglesia. Hay que mirarla a Ella y
ver en esa señal el modelo del silencio, de la piedad, de la obediencia, de la
abnegación, de la sonrisa, de la caridad, del amor, de la fidelidad, de la fe,
del sacrificio, de la fortaleza, de la pureza, de la entrega total. Parece un
programa difícil, pero ahí está la Virgen María y, porque Ella es así, y así
despierta nuestros amores y fortalece nuestras esperanzas. Hoy tenéis que coger
su mano y vivir siempre junto a Ella. Ella os dará luz hoy también, sois hijos
de María. Y este regalo de Navidad que viene a nuestra Iglesia, gracias a
vuestra incorporación, este regalo nos lo da también Ella, la Madre silenciosa
que está alimentando el corazón de la Iglesia, continuamente, desde el puesto y
la misión que Dios le ha señalado.
Vosotros también
seréis señal en el pueblo cristiano y en la sociedad en que vivimos. Es verdad
que en un pueblo de vieja tradición católica como el nuestro, la Iglesia sufre
un desgaste de su encarnación histórica: somos la forma de este pueblo para
creyentes y no creyentes. Pero la marcha del tiempo y de la sociedad hacen que
muchos juzguen el sacerdocio de Cristo muchas veces con prejuicios, y se juzga
los pecados y deficiencias de los sacerdotes más que al sacerdocio, a las
órdenes religiosas más que a la religión, a una historia más que a una Iglesia,
y se trasladan los defectos reales –y los supuestos- de las personas, tal y como
han sido presentados, al hecho mismo de la vida cristiana, que el sacerdote y
otros cristianos tratan de predicar y propagar. Esto no es honrado ni justo. Si
procediéramos así en los demás aspectos de la existencia humana en la tierra, no
quedaría en pie nada: ni personas, ni familias, ni movimientos culturales o
esfuerzos sociales que hacen progresar a la humanidad.
La Iglesia se
reconoce débil y siempre con deseos de reforma en su seno, pero su mayor deseo
es realizar su misión de evangelizar, de llevar a Cristo a las personas, a su
encuentro, a las grandes metas de la civilización del amor, a que el reinado de
Dios esté presente en la sociedad, porque aporta algo que otras realidades no
tienen: el Evangelio de Jesucristo, la palabra de Dios, el amor al prójimo junto
al que profesamos a Dios. Debéis, pues, uniros a los innumerables sacerdotes,
religiosos, y fieles católicos que dan un altísimo testimonio de virtudes
evangélicas y de servicio al hombre en lo más íntimo y profundo de las
necesidades que éste experimenta.
La actual sociedad
española está muy necesitada de clarificación en los contenidos de la fe; muy
necesitada del evangelio de la familia, de la defensa de la vida ante una ley
del aborto inicua e injusta, de la vivencia de una caridad que tenga en cuenta
la dignidad de los más pobres; está necesitada también de humildad y valentía
para proclamar esos contenidos de la fe católica, sin complejos, con audacia.
Solamente podréis hacerlo vosotros, los hoy ordenados, si sois tan humildes como
para ser “siervos de Dios”, y sois tan fuertes como para ser Apóstoles del
Evangelio de Dios”. No os alteren ni las calumnias, ni las persecuciones, ni la
indiferencia de unos o el hostigamiento de otros. Es normal: lo hicieron con
Cristo.
Afortunadamente
nuestro pueblo ama a sus sacerdotes, los quiere y los necesita; y os amará a
vosotros, si seguís siendo ministros del Señor, tal como san Pablo os pide. No
temáis a los que en cualquier época lo confunden todo; son ignorantes muchas
veces y se creen cultos; se creen modernos y son retrógrados; quieren ser,
dicen, justos con la sociedad o la ciudadanía, y causan sin saberlo el daño más
grande que se puede causar a la sociedad al privarla de aquellos valores que
pueden a ser humano un sentido trascendente a su vida. No hay justicia, cuando
se ahogan las aspiraciones y los derechos del hombre, derechos que culminan en
su unión con Dios, Creador y Redentor. Hay que predicar el Evangelio siempre con
dignidad, siempre humildemente, siempre con respeto al hombre que puede
equivocarse; pero con valentía frente al error que les equivoca.
Que la Virgen
Santísima, la Virgen de la Esperanza, os conduzca poco a poco, a lo largo de
toda vuestra vida, hacia el logro de este ideal sacerdotal. Y que broten de las
piedras nuevos hijos de Abraham, es decir, que vengan nuevos jóvenes. ¿Por qué
no ha de haber alguno aquí, en esta Catedral, que hoy mismo se decida a dar el
paso, el paso para convertirse en un servidor de la Verdad, en un apóstol del
Evangelio de Dios, sin avergonzarse? Así sea.
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