Escrito dominical, 26 de diciembre
Navidad nos recuerda siempre el inaudito gesto de amor de
Dios que nos da su Hijo uni-génito, hecho carne de niño pequeño de María Virgen,
nacido en Belén de Judá. Pero el nacimiento de Jesucristo fue en una familia
concreta: la que formaron José y María, desposados ya sin vivir juntos. A su
esposa, José quiso recibirla en su casa, una vez que conoció que estaba encinta
por obra del Espíritu Santo. Familia y vida están, así, íntimamente unidas.
¿Qué le pasa a nuestra sociedad española que insensatamente
no defiende la familia ni invierte con generosidad los medios necesarios de cara
al futuro, preocupándose de darle las bases éticas necesarias? ¿Existe alguna
otra institución humana mejor para suscitar, por ejemplo, el sentido duradero de
la solidaridad necesario para la armonía social en tiempos de crisis? ¿O para la
educación de los jóvenes que formarán más tarde una familia? ¿Acaso para la
emergencia educativa que estamos atravesando hay mejor remedio, ahora que hemos
conocido el informe PISA acerca de la situación de la educación escolar?
¿Por qué, en lugar de una familia que es célula básica de la
sociedad, que cumple su misión cuando es fomentada y promovida por los poderes
públicos como primer lugar de aprendizaje de la vida en sociedad, nos llenan con
algo tan destructor como es la ideología de género, o nos proponen un modelo de
educación sexual que necesariamente rompe la armonía familiar? Miren ustedes los
terribles casos de muertes de mujeres por violencia machista: en la inmensa
mayoría de ellos estamos ante parejas rotas, separadas o a punto de hacerlo. ¿De
qué sirven leyes de alejamientos, juzgados especiales, si no se ataja la
violencia en sus raíces: la falta de verdadero amor que da una educación sexual
que hace salir de sí a hombres y mujeres para buscar el bien del otro y no la
mera satisfacción de una actividad sexual que no pasa del nivel de la pura
genita-lidad de «hacer el amor»? Estoy convencido que nuestro medio ambiente,
nuestra sociedad en definitiva, que pretende liberar la sexualidad, es en
realidad antisexual.
Quiero felicitar a la verdadera familia, que lucha cada día
por ser familia, pese a tantas dificultades. Pero, en la fiesta de la Sagrada
Familia, quiero expresar mi felicitación con mayor intensidad a las familias
cristianas. Sé que, tantas veces sin ayuda suficiente, estáis facilitando
eficazmente armonía y cohesión social a nuestro mundo; nadie está trabajando
como vosotros por el bien común. Y eso que muchas veces sois denigrados con el
epíteto «familia tradicional», de la que nada se puede esperar, porque os
consideran antiguos, pasados de moda. Conozco que muchos de vosotros,
matrimonios cristianos, si queréis tener más hijos de lo que estipula la cultura
dominante, se os mira con desdén, incluso con pena o acusándoos de desfasados.
Cuando lucháis contracorriente no aceptando para vuestros
hijos que el Estado o el gobierno de turno quiera educarlos según sus criterios,
que no tienen que ser los buenos, en Educación para la ciudadanía, por ejemplo;
cuando sois discriminados como familia numerosa; cuando protestáis por esa
cultura que os arrebata a vuestros hijos, que no quieren ser ya «distintos»;
cuando sufrís por la dificultad en la educación de vuestros hijos, por el tipo
de educación sexual que quieren imponernos; cuando esto sucede y resistís, sois
bienaventurados. Lo sois también cuando sufrís por el futuro incierto de
vuestros hijos en busca del primer trabajo, pero igualmente cuando os unís con
otras familias y buscáis nuevos caminos y vencéis a un pensamiento único, unos
medios hostiles. María y José, con Jesús, el recién nacido estén cerca, muy
cerca de vosotros, y de las familias que sufren la lacra del paro o la
enfermedad. Pido al Señor por vosotros.
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Braulio Rodríguez Plaza