Corpus
Christi en rito hispano-mozárabe
HOMILÍA EN
LA CATEDRAL PRIMADA
23 de junio de 2011
Tras escuchar las
lecturas «Profecía-Prophetia» y «Apóstol-Apostolus» y haber proclamado el
fragmento del Santo Evangelio de san Juan, vamos a sumergirnos en la venerable
liturgia de esta solemnidad del Santísimo Corpus Christi del Rito
Hispano-Mozárabe. En ella se nos anuncia que nuestros antepasados consideran que
la Cruz de Cristo es Cruz de gloria. De esa Cruz surge la Eucaristía del Señor,
pues sólo de la entrega y oblación de Jesucristo puede llegar tanta riqueza para
la Novia o Esposa del Cordero, que es también ciudad santa, Jerusalén del cielo,
esto es, la Iglesia.
Según el libro del
Apocalipsis, la Iglesia es una Ciudad bien construida y con un río de agua viva,
que surge de Dios y del mismo Cordero. Es una Ciudad con un árbol, el de la
vida, que da doce cosechas, una cada mes del año, y cuyas hojas sirven de
medicina a las naciones. Ciertamente, ese árbol sólo puede ser el «árbol de la
cruz». Cruz que es también sol y lámpara para la ciudad, que dan una luz
esplendente: la salvación de Cristo Jesús, el León de Judá, el retoño de David,
que ha vencido y es capaz de abrir «el libro y sus siete sellos».
A este Cristo,
Cordero de Dios, hemos cantado en el inicio de la celebración con alabanzas
propias (Praelegendum, Gloria, Trisagio). Nuestra liturgia Hispano-Mozárabe es
propicia para la plegaria con esas hermosas oraciones que preceden, se
intercalan y siguen en las intercesiones solemnes. Todo gira en torno al Don del
Señor, que es Cristo Eucaristía, presencia perenne en su Iglesia, que despliega
toda su fuerza en la fiesta del Corpus.
En Toledo, como en
todas las Iglesias particulares, no puede faltar ese Don de la Eucaristía ni del
Domingo («Sin el domingo no podemos vivir»), que despliega toda su fuerza y
esplendor en la fiesta del Corpus. Pero, como bien sabéis, podemos merecer su
celebración de dos maneras: en la hermosa y bien ponderada liturgia romana; pero
también en esa liturgia hispano-mozárabe que nos llega tan adentro, guardada con
amor en Toledo y en otros lugares de nuestra Patria, para ofrecerla como tesoro
a cuantos en España quieran celebrarla bien y con toda su profundidad.
Hoy, jueves, en
Toledo, celebramos la Eucaristía para que su riqueza nos deje tanto gusto que la
prolonguemos en la gran procesión con la Custodia esperada cada año con nuevo
deseo y entusiasmo. Este regusto eucarístico se prolonga en nuestra ciudad hasta
la celebración del Corpus el domingo próximo. La Eucaristía del Señor da para
mucho: es el Señor quien prepara el vino y adorna su mesa y envía a sus criados
a invitarnos, proclamando desde lo más alto de la ciudad: «jóvenes inexpertos,
venid aquí... venid, comed de mi pan y bebed del vino que yo he preparado».
Esta es nuestra
propia tradición; eso sí, recibida directamente de Jesucristo. Es nuestra propia
historia, no es otra. Quiero decir que del árbol glorioso de la Cruz, de la Cruz
gloriosa comemos para tener vida. Porque lo necesitamos, ya que al comer también
nosotros del árbol prohibido, no nos vino de ello la vida y el calor, sino que
se enfrió para nosotros -¡oh paradoja!- el sol al mediodía.
Hoy, al acogernos a
la manifestación del sacrificio de Cristo en la cruz, que es la Eucaristía,
también a mediodía se esconde, por el contrario, el sol del pecado que nos daña
como plantas frágiles. Es que la Cruz es Cristo, el que extendió sus propias
manos en el madero, y nos salva así de nuestros pecados.
He aquí, pues, el
Cuerpo de Cristo, nuestra salvación; he aquí la Sangre de Cristo, que permanece
con nosotros como verdadera redención. Es el don eucarístico, pan partido para
la vida del mundo, que enseguida mostraremos exclamando: «Lo Santo para los
santos».