Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo en la Catedral Primada
1 de noviembre de 2011
Muchos de ustedes han celebrado la Santa Misa en rito hispano-mozárabe. En ella,
antes de la comunión eucarística, el celebrante proclama mostrando los santos
dones, Cristo Sacramentado, exclamando: “Sancta Sanctis”: “Lo Santo para los
santos”, esto es, los fieles (sanctis) se alimentan con el cuerpo y la sangre de
Cristo (Sancta). ¿Santos nosotros? ¿Tú y yo? Hay en nosotros una cierta
repugnancia a ser considerados “santos”, como san Pablo llamaba a los cristianos
de las distintas comunidades. ¿Por qué este rechazo interior? Primero, porque
nos conocemos y, como somos muy orgullosos, reconocemos un tanto desalentados
que dejamos mucho que desear, y en el fondo que hemos fracasado porque no hemos
podido ser santos, como si dependiera todo de nosotros y fuéramos nosotros
quienes “nos hiciéramos santos”.
Pero, en nuestra más íntima interioridad, la repugnancia viene también porque ni
hemos entendido que es eso de ser santos y consideramos con frecuencia que ello
no merece la pena y no nos realiza como personas, ya que se llama santos a
gentes sin relieve, aburridos, que se ocupan de actividades que no llenan. ¡Qué
enorme equivocación! ¡Qué turbación ha introducido la cultura dominante en
nuestra Iglesia! Los santos son los que conocen a Cristo, han entendido lo que
vale la vida que nos ha traído con el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía,
y viven como Él, alimentando su vida por el Evangelio. En principio, santos
somos todos los cristianos, si hemos apreciado la perla preciosa de la vida
cristiana, el tesoro escondido que se nos da en la Iniciación cristiana y que
renovamos constantemente.
Pero, ¿somos santos? Por parte de Dios en Jesucristo, sí; ¿y nuestros pecados,
miserias, egoísmos, falta de amor? Ahí está la vida cristiana, que es combate,
pero con posibilidades de vencer, sin duda. Eso sí, hay que ser muy lúcidos y
saber que donde más nos separamos los cristianos de la cultura que domina
nuestra sociedad es en la manera de concebir la vida y de considerar la muerte.
Cómo hay que entender la vida está reflejado claramente en vivir nosotros las
bienaventuranzas que san Mateo ha reunido al inicio del Sermón de la Montaña.
Ser bienaventurado es ser feliz. ¿No queremos ser felices? Pues ahí tenemos una
manera muy práctica de serlo. El primer bienaventurado, feliz, es Jesús, porque
su vida es cara a Dios y para los demás y por eso es pobre, y manso, y llora, y
tiene hambre y sed de justicia, y misericordioso, limpio de corazón, y trabaja
por la paz y es perseguido por causa de la justicia.
¿Y eso da la paz y trae la alegría y la felicidad? Habrá que preguntárselo a
Jesucristo; pero es así, si es que somos de esa multitud inmensa que ha sido
llamada por Dios en Cristo, los santos, los que celebramos hoy en una sola
celebración, y nosotros, si es que queremos ser de los suyos, pues “ahora somos
hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él
se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn
3,2). Esa es nuestra esperanza, y aquí se han apoyado los que más técnicamente
llamamos santos, hombres y mujeres, que gozan ya de la infinita hermosura del
rostro de Dios.
El origen de la fiesta de Todos los Santos se remonta al siglo IV, pues en
Antioquia se celebraba ya una fiesta de todos los mártires, relacionada con el
triunfo pascual de Cristo, que también fue introducida en ese siglo en Roma. No
era el 1 de noviembre, sino el 13 de mayo, pues ese día el papa Bonifacio IV
dedicó el antiguo “Panteón” romano a la Virgen María y a todos los mártires. Así
se fue abriendo la idea de una celebración colectiva de los santos y nos sólo de
los mártires, que en el año 835 pasaba al 1 de noviembre simplemente por motivos
de facilidad para ofrecer un refrigerio a todos los peregrinos que asistían en
Roma a esa Misa, tras la recogida de la cosecha. Si es una celebración colectiva
es porque se quiere subrayar no este o aquel santo o santa sino la multitud,
todos, pues la Iglesia es un pueblo de santos, al que bien merece la pena
pertenecer: nuestra Madre es grande y hermosa y llena de los mejores hijos de
esta humanidad.
Por eso nos invita san Agustín: “También nosotros, hermanos, si amamos de verdad
a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es
imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si
Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de
Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los
mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión;
lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado
después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido
ellos. Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas
de los mártires, sino también los linos de las vírgenes y las yedras de los
casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea
su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos.
Con toda verdad está escrito de Él que quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad” (Serm. 304).
Pero decíamos también que estamos muy lejos de lo que nuestro mundo o cultura no
cristiana piensa de la muerte. En principio, nuestra sociedad no quiere oír
hablar de la muerte y cuando dice algo de ella o de la muerte de los hombres y
mujeres confunde muchas cosas. Ciertamente la piedad popular ha unido el culto a
todos los santos y el recuerdo de los difuntos, tal vez por la proximidad
cronológica de una y otra conmemoración litúrgica, la de hoy y la de mañana,
pero la conmemoración de los Fieles Difuntos no fue el 2 de noviembre hasta 150
años después que comenzara el día 1 la fiesta de Todos los Santos. Y ciertamente
late una misma fe eclesial en ambas celebraciones: la esperanza de la vida
eterna. Pero nada más, aunque muy pronto se extendió la celebración del día 2
por toda Europa, de manera que “se celebre el santo sacrificio por los espíritus
de los difuntos, a fin de que, participando de la vida bienaventurada, reciban
más puros sus cuerpos el día de la resurrección”, como decía san Isidoro de
Sevilla tres siglos antes en su Regla de los monjes. Pero él celebraba
esos sufragios por los difuntos en la liturgia hispano-mozárabe el día después
de Pentecostés, no el 2 de noviembre.
Pero aquí empieza a enturbiarse la genuina tradición cristiana, porque ni el día
de Todos los Santos es el día dedicado a recordar a nuestros seres queridos
muertos, ni estos días tienen que ver con la desgraciada importación de la
calabaza con los feos agujeros para los ojos y la boca, que carece de gracia y
atractivo, y que simboliza la muerte sin creencia en la resurrección, sino otras
lindezas paganas. Como leía esta mañana en un periódico, es una verdadera
lástima que, en vez de aprovechar el Día de Difuntos para rezar por ellos y
enseñarles a nuestros hijos y nietos a continuar con la hermosa costumbre de
llevar flores a sus tumbas, lo dediquemos a otras mascaradas incluso en colegios
católicos, en vez de orar y ofrecer la Santa Misa por el alma de nuestros seres
queridos y todos los difuntos.
Pero no paran ahí las confusiones. Según ese diario, en información de Toledo,
hoy, día uno, es la conmemoración de los fieles difuntos y en la catedral tiene
lugar el cabildo general de difuntos con solemne Eucaristía de Réquiem. Sin duda
es una equivocación, pero que denota por donde van las aguas en nuestra
sociedad. Vengan mañana, si pueden, a la Catedral a las 9 de la mañana y
entonces sí ofreceremos el mejor sufragio para nuestros difuntos: la Santa Misa.
Y si ustedes en ese día 2 quieren visitar una iglesia u oratorio y en ella rezar
el Padrenuestro y recitar el Credo, la Iglesia concede Indulgencia plenaria
aplicable sólo a las almas del purgatorio. Igualmente si visitan piadosamente un
cementerio y oran un rato por los difuntos desde le día 1 al 8 de noviembre, a
ellos se les puede también aplicar la Indulgencia plenaria.
Hermanos: gocemos de esta Jerusalén celeste, que es nuestra Madre, donde
eternamente alaba a Cristo y al Padre en el Espíritu la asamblea festiva de
todos los Santos, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos
de la Iglesia. Así sea.
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