|
UNIDA AL MISTERIO DE LA IGLESIA
Homilía del Sr. Arzobispo en la Catedral Primada con motivo
de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción
8 de diciembre de 2011
El tiempo del Adviento nos permite un año más celebrar “el misterio de la Virgen
Madre”, la protectora de la Iglesia. Con María, la Madre de Jesús, vivimos la
espera y la presencia de Cristo, el que nació en Belén y María mostró a los
pastores y a los Magos, el que vendrá gloriosamente y viene hoy “en cada hombre
y mujer y en cada acontecimiento”, si nosotros permitimos aprovechar esa ocasión
de gracia. Viene a mi memoria aquel momento en que, oyendo las palabras de Pablo
VI: “Declaramos a María Santísima Madre de la Iglesia”, los padres conciliares,
precisamente un 8 de diciembre de 1965, se pusieron espontáneamente de pie y
aplaudieron, rindiendo homenaje a la Madre de Dios, a nuestra Madre, a la Madre
de la Iglesia. De hecho, con este título el Papa resumía la doctrina mariana del
Concilio y daba la clave de su comprensión. María no sólo tiene una relación
singular con Cristo, el Hijo de Dios, que como hombre quiso convertirse en hijo
suyo; es que, al estar totalmente unida a Cristo, nos pertenece también
totalmente a nosotros. Sí, podemos decir que María está cerca de nosotros como
ningún otro ser humano, porque Cristo es el hombre para los hombres y todo su
ser es un “ser para nosotros”.
Uno comprueba cuando visita las parroquias cómo quiere la gente a la Virgen en
sus ermitas, que visitan casi a diario. Yo no sé si todos entienden por qué está
la Virgen tan cerca de nosotros, pero no importa; importa el hecho en sí.
Cristo, dicen los Padres, como cabeza es inseparable de su Cuerpo que es la
Iglesia, formando con ella, por decirlo así, un único sujeto vivo. La Madre la
Cabeza es también la Madre de toda la Iglesia; ella está por completo despojada
de sí misma; se entregó totalmente a Cristo, y con Él se nos da como don a todos
nosotros. En efecto, cuanto más se entrega la persona humana, tanto más se
encuentra a sí misma. Es una regla infalible. El Concilio quería decirnos, pues,
esto: María está tan unida al misterio de la Iglesia, que ella y la Iglesia son
inseparables, como lo son ella y Cristo. María refleja a la Iglesia, la anticipa
en su persona y, en medio de todas las turbulencias que afligen a la Iglesia
sufriente y doliente, ella sigue siendo siempre la estrella de la salvación.
Ella es su verdadero centro, del que nos fiamos, aunque muy a menudo los que nos
colocamos en la periferia por nuestros pecados somos un peso para nuestras
propias almas. No así María, la sin pecado, la Inmaculada, la Purísima.
El Vaticano II se expresó sobre los obispos y sobre el Papa, sobre los
sacerdotes, los fieles laicos y los religiosos en su comunión y en sus
relaciones, pues debía describir a la Iglesia en camino, la cual, “abrazando en
su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación”
(LG 8). Pero este aspecto “petrino” de la Iglesia –algunos lo llaman
institucional- está, gracias a Dios, incluido en el aspecto “mariano”. Es decir,
en María, la Inmaculada, encontramos la esencia de la Iglesia de un modo no
deformado. De la Virgen debemos aprender a convertirnos nosotros mismos en
“almas eclesiales” – así se expresan los Padres de la Iglesia-, para poder
presentarnos también nosotros, según la palabra de san Pablo en la segunda
lectura, “inmaculados” delante del Señor, tal como Él nos quiso desde el
principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4). ¿Cómo es esto posible cuando notamos el peso
de nuestros pecados e imperfecciones? ¿Qué puede significar en este contexto
hablar y celebrar a “María, la Inmaculada”? ¿Este título tiene algo que
decirnos? Hermanos, la liturgia de hoy nos aclara el contenido de esta palabra
Inmaculada con dos grandes imágenes. Una de ellas es el precioso relato del
anuncio a María, la Virgen de Nazaret, de la venida del Mesías. El saludo del
ángel esté tejido con hilos del AT, especialmente del profeta Sofonías. Nos hace
comprender que María, la humilde mujer de provincia, que proviene de una estirpe
sacerdotal y lleva en sí el gran patrimonio sacerdotal de Israel, es el “resto
santo” de Israel, al que hacían referencia los profetas en todos los períodos
turbulentos y tenebrosos.
En ella está presente la verdadera Sión, la pura, la morada viva de Dios. En
ella habita el Señor, en ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa
viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del
hombre vivo. ¡Ah! Esto es interesante, pues nos da una gran esperanza: en
nuestra humanidad hay alguien buena, incontaminada, que viene en nuestra ayuda.
Ella es el retoño que, en la oscura no che invernal de la historia, florece del
tronco abatida de David. El ella se cumplen las palabras del Salmo 67,7: “La
tierra ha dado su fruto”. Ella es el vástago, del que deriva el árbol de la
redención y de los redimidos. Dios no ha fracasado, como podía parecer al inicio
de la historia de Adán y Eva, o durante el período del exilio babilónico, y como
parecía nuevamente en el tiempo de María, cuando Israel se había convertido en
un pueblo sin importancia en una región ocupada, con muy pocos signos
reconocibles de su santidad. Dios no ha fracasado. En la humildad de la casa de
Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salvó y salva a su Pueblo. Del
tronco abatido resplandece nuevamente su historia, convirtiéndose en una fuerza
viva que orienta e impregna el mundo. María es el Israel santo; ella dice “sí”
al Señor, se pone nuevamente a su disposición, y asís e convierte en el templo
vivo de Dios.
La segunda imagen es más difícil, tomada del libro del Génesis, que sólo con
esfuerzo se puede aclarar, y únicamente a lo largo de la historia ha sido
posible desarrollar una comprensión más profunda de lo que el texto bíblico allí
refiere. Se predice, en efecto, que, durante toda la historia, continuará la
lucha entre la humanidad y la serpiente, es decir, entre el hombre y las fuerzas
del mal y de la muerte. Pero también se anuncia que “el linaje” de la mujer un
día vencerá y aplastará la cabeza de la serpiente, la muerte; se anuncia que el
linaje de la mujer –y en él la mujer que es también la madre misma- vencerá, y
así, mediante el hombre, Dios vencerá. ¡Qué increíble es nuestro Dios! Si junto
a la Iglesia creyente y orante nosotros nos ponemos a la escucha ante este texto
de Gen 3, entonces podemos comenzar a comprender qué es el pecado original, el
pecado hereditario, y también cuál es la defensa contra este pecado hereditario,
qué es la redención. ¿Cuál es el cuadro que se nos presenta en esta página? El
hombre y la mujer no se fían de Dios. Tentados por la presencia de la serpiente,
abrigan la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que
Dios es un competidor que limita nuestra libertad, y que sólo seremos plenamente
humanos cuando le dejemos de lado; como si únicamente de este modo pudiéramos
realizar plenamente nuestra libertad.
El hombre y la mujer vivimos con la sospecha de que el amor de Dios crea una
dependencia y que necesitamos desembarazarnos de esa dependencia para ser
plenamente nosotros mismos. No queremos recibir de Dios nuestra existencia y la
plenitud de nuestra vida. Nosotros queremos tomar por nosotros mismos del árbol
del conocimiento el poder de plasmar el mundo, de hacernos dios, de vencer con
nuestras fuerzas a la muerte y las tinieblas. Más que amor, buscamos poder, con
el que queremos dirigir de modo autónomo nuestra vida. Y al hacer resto, nos
fiamos más de la mentira que de la verdad. Sin embargo, si vivimos contra el
amor y contra la verdad –contra Dios- entonces nos destruimos y destruimos el
mundo. Esta es la lucha. El libro del Génesis, pues, describe no sólo la
historia del inicio, sino también la historia de todos los tiempos, y todos
llevamos dentro de nosotros una gota del veneno de ese modo de pensar. Esa gota
de veneno la llamamos pecado original. Tal vez en la fiesta de la Inmaculada
brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca, en el fondo es
aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos;
que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar
por sí mismo forma parte del verdadero hecho de ser hombres y mujeres; que sólo
entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del
hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a
prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros
mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo
necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser.
Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que
el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla;
no le hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece.
Por eso os digo, hermanos, que en el día de la Inmaculada debemos aprender bien
que si el hombre y la mujer se abandonan totalmente a las manos de Dios no se
convierten en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no
pierde su libertad. Es más: sólo el hombre que se pone totalmente en manos de
Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la
libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño,
sino más grande, porque gracias a Dios y junto con Él se hace grande, se hace
divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de
Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario,
sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una
persona sensible y, por tanto, benévola y abierta. Lo vemos en la Virgen María.
El hecho de estar totalmente en Dios es la razón por la que está también tan
cerca de los hombres. Por eso puede ser Madre de todo consuelo y de toda ayuda,
una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su
debilidad y en su pecado, porque ella lo comprende todo y es para todos nosotros
fuerza abierta a la bondad creativa. En este día de la fiesta queremos dar
gracias al Señor por el gran signo de su bondad que nos dio en María, su madre y
Madre de la Iglesia. Queremos implorarle que ponga a María Inmaculada en nuestro
camino como luz que nos ayude a convertirnos también nosotros en luz y llevar
esta luz en las noches de la historia. Amén..
X
Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de
Toledo
Primado de España
Q
|