Hermanos: Ciertamente
este Papa, como ya ocurría con Juan Pablo II, no nos deja en paz, aunque
no nos mete en guerra alguna de las que usamos los hombres para humillar y
hacer daño a los demás. Pero es sobre todo a los jóvenes a los que
Benedicto XVI no deja en paz. Ya dijo al despedirse en la JMJ de agosto
último: “El Papa ha venido (al IFEMA) a daros las gracias y se va
pidiendo. Sí, así es. Esta es la misión del Papa, sucesor de Pedro”. Es
que había dicho antes, tras dar las gracias a los voluntarios: “Es posible
que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una
pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre
mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi
vida entera en la misión de anunciar al mundo la grandeza de su amor a
través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido
esa inquietud, dejaos llevar por el Señor”.
Pues así es, queridos jóvenes. A vosotros que vivís en el corazón cultural
y social de nuestro tiempo, que sois protagonistas de una dinámica
histórica que a veces parece abrumadora, se os invita a la espera de Dios,
a preguntaros: “¿Qué significa para mí la Navidad? ¿Es realmente
importante para mi existencia, para la construcción de la sociedad? La
cuestión de Dios, el sentido que tiene en la vida y en la historia, la
paciencia, la constancia de la búsqueda de Dios, de la apertura a Él abre
el horizonte del futuro del hombre a una perspectiva de esperanza firme y
segura.
Ahora se le ocurre al Santo Padre escribir sobre el tema Educar a los
jóvenes en la justicia y la paz. Nada menos. “Al comienzo de un Año nuevo,
don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha
confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado
por la justicia y la paz” (Mensaje, 1). Pero nos invita el Papa a abrir el
año 2012 con actitud de confianza, aunque el año que terminó hace pocas
horas haya aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que
agobia a la sociedad, al mundo del trabajo, a la economía. Parece como si
un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara
ver con claridad la luz del día.
Pero lo que pide el Papa, ¿es un simple ejercicio voluntarista en esta
hora complicada? El Papa Benedicto no tiene nada de voluntarista. Cree en
Jesucristo, el que se venido a nuestro barrio con nueva luz, que nada y
nadie puede apagar. Sabe el Papa que el corazón del hombre y la mujer no
cesa de esperar la aurora de la que habla el Sal 130, 6. Él afirma que se
percibe de manera especial y visible esa aurora en los jóvenes, y por eso
se dirige a vosotros, jóvenes, teniendo en cuenta vuestra aportación a la
sociedad, convencido de que vosotros, con vuestro entusiasmo e impulso
hacia ideales grandes, podéis ofrecer una nueva esperanza. ¿Estáis
vosotros convencidos? –Somos pocos-, podríais decir. ¿Y eso os acobarda?
¿Hace falta que todos sean discípulos de Cristo para predicarles el
Evangelio? ¿A quién predicaríais? Pero se trata de educar, algo que
necesitáis los jóvenes.
El Papa se dije también a los padres, las familias y todos los estamentos
educativos y formativos. Aquí no se salva nadie, pues Benedicto XVI alude
igualmente a responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa,
social, política, económica, cultural y de la comunicación. ¿Cuál el
contenido de esta educación a los jóvenes? Primero de todo, aprecio por el
valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al
servicio del bien. Bastante tiempo lleva la sociedad española perdiendo la
vida en vanidades, vaciedades, en lo que la gente dice “disfrutar”, que es
dilapidarla estúpidamente en el puro narcisismo o en un ocio cuanto menos
nocivo que no lleva al bien común.
Ya sabemos que os preocupan a los jóvenes muchas cosas, entre ellas el
recibir una buena formación para afrontar la realidad con más profundidad.
¿No queréis afrontar la dificultad de formar una familia, de contribuir un
puesto estable de trabajo, de contribuir al mundo de la política, de la
cultura y la economía, y edificar una sociedad con un rostro más humano?
Yo confío en vosotros, pero no estoy dispuesto a ocultaros que hace falta
sacrificio y mucho amor para que nueva civilización basada en el amor de
Cristo emerja en nuestro mundo. No se trata de marketing ni de acciones
llamativas. Es el esfuerzo, la oración, la gracia de tener un grupo con
quien caminar, el apoyarse en la Iglesia comunidad de fe que nos da a
Cristo; es el hogar de mi familia, de mi parroquia, de mi movimiento
apostólico lo que hay que potenciar. Es, además, cuestión de vida o caer
en el ostracismo, que el cristianismo sea o no posible en esta sociedad.
“¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y
en la justicia?”, se pregunta el Papa. Ante todo la familia. “En la
familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que
permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde
se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las
reglas, el perdón y la acogida del otro” (Discurso a los administradores
del Lacio, del ayuntamiento y de la provincia de Roma, 14.01.2011). Es un
hecho objetivo: en la familia se aprende todo esto; es difícil aprender en
otro lugar, pues ella es la primera escuela donde se recibe educación para
la justicia y la paz. Esa es la mejor educación para la ciudadanía.
Ya sé que padres y madres no lo tenéis fácil y que son muchas las
zancadillas y los obstáculos que la familia tiene que superar. El Papa en
su discurso desea que los padres no se desanimen. Sabe las amenazas que se
ciernen sobre tantos hogares, por el paro, las responsabilidades
familiares, los ritmos de vida frenéticos, la difícil posibilidad de
asegurar a los hijos los bienes más preciosos: su presencia benéfica en
casa que permite compartir con sus hijos el camino, transmitirles esa
experiencia y certezas que ellos poseen. El Papa, por ello, se dirige a
los responsables de las instituciones dedicadas a la educación y a los
responsables políticos con unas palabras que quiera Dios que les lleguen y
les ayuden en su enorme responsabilidad.
Pero a los padres les dice el Papa algo muy realista: que exhorten con el
ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en
Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica. Eso no cuesta mucho
dinero, ni hay que hacer grandes inversiones. Nada serio podemos hacer en
la Iglesia sin la familia, “iglesia doméstica”; por ello, nuestro Plan
diocesano de pastoral girará, si Dios quiere, en torno a la evangelización
desde la familia, según el modo de la Iniciación Cristiana. Pero también
les dice a los jóvenes algo muy cierto: tener el valor de vivir ante todo
ellos lo que piden a quienes están en su entorno. Tenéis la enorme
responsabilidad de tener la fuerza de usar bien y conscientemente la
libertad, pues sois responsables también de la propia educación y
formación en la justicia y la paz. Hay que exigiros y dejarnos ya de
adolescencias que no llevan nunca a la madurez, porque ahí existe un
camino de felicidad y no en la vagancia y en la renuncia a no renunciar a
nada.
Pero, ¿qué es, en realidad, lo que quiere el Papa? En tres apartados
concisos, concretos y sugerentes de su Mensaje Benedicto XVI, con su
maestría, habla de “educar en la verdad y la libertad”, “educar en la
justicia” y “educar en la paz”. Merece la pena que ustedes los lean,
jóvenes, padres, educadores, presbíteros. Son los números 3,4 y 5 del
documento. Yo lo he leído, pero considero que debo meditarlo despacio. Lo
haré, si Dios quiere.
1. Para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la
persona humana, conocer su naturaleza. He aquí un tema muy querido por el
Papa, pues es un tema muy de san Agustín: El hombre es un ser que alberga
en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad capaz de explicar el
sentido de la vida. Y esto es así porque ha sido creado a imagen y
semejanza de Dios. Luego reconocer a Dios y creer en Él con acatamiento de
fe no es una cosa rara, sino lo normal en el ser humano. ¿Será por ello
que la educación consista en aprender a reconocer en el hombre la imagen
del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser
humano?
La auténtica libertad no es la ausencia de vínculos, no es el absolutismo
del yo, como pretenden nuestros ilustrados progresistas. Por el contrario,
el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y,
sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar
alejándose de Él. El recto uso de la libertad es, pues, central en la
promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno
mismo y hacia el otro. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales
la paz y la justicia quedan en palabras sin contenido, porque no hay
posibilidad del perdón, la compasión hacia los más débiles, así como la
disponibilidad para el sacrificio.
2.- La tendencia en nuestro mundo a recurrir exclusivamente a criterios de
utilidad, del beneficio y del tener, debilita el valor de la persona, de
su dignidad y de sus derechos. Y debemos saber muy bien los cristianos que
la justicia no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no
está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la
identidad profunda del ser humano. De ahí que la visión integral del
hombre abra para la justicia el horizonte de la solidaridad y del amor.
¿Dónde hemos llegado los humanos cuando hemos separado la justicia de la
caridad y de la solidaridad? La ciudad del hombre no se promueve sólo con
relaciones de derechos y deberes. ¿Para cuándo la gratuidad y la
misericordia?
3.- Después de citar el nº 2304 del Catecismo de la Iglesia Católica,
Benedicto XVI afirma: “La paz es fruto de la justicia y efecto de la
caridad. Y es ante todo un don de Dios”. Pero cuando oímos “don de Dios”
podríamos pensar que sólo Él tiene que actuar. No, la paz no es sólo un
don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Y para
ser constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la
solidaridad, la colaboración, la fraternidad; ese es el vocabulario de la
paz; y hemos de ser activos dentro de nuestras comunidades y atentos a
despertar las conciencias sobre cuestiones nacionales e internacionales,
así como la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la
riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y
de la resolución de los conflictos.
Al final el Papa os invita, jóvenes, a buscar la justicia y la paz, a
cultivar el gusto por lo que es verdadero, aun cuando esto pueda comportar
sacrificio e ir contracorriente. Por cierto, esto no es hacer “política”
ni “meterse en política”. Cada uno es libre de realizar una actividad
política en partidos o no; pero ya en Colonia en la JMJ de 2005 Benedicto
XVI avisó: “No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo
dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de
nuestra libertad (…), mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y,
al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino sólo el
amor?”.
Lo que no vale es no hacer nada. Hay que hacer mucho. Y no os desalentéis
ante las dificultades, queridos jóvenes, y no os estreguéis a las falsas
ilusiones. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo
y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y
constancia; sois un estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os
esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis
un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Nunca estáis solos. La
Iglesia confía en vosotros, o sigue y os anima y desea ofreceros lo que
tiene de más valor: encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la
paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a lo que todos debemos
aspirar. Unamos nuestras fuerzas para “educar a los jóvenes en la justicia
y la paz”.
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Braulio Rodríguez Plaza