Año 2012

 

JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

 

Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo

en la S. I. Catedral Primada el 1 de enero de 2012

 

Hermanos: Ciertamente este Papa, como ya ocurría con Juan Pablo II, no nos deja en paz, aunque no nos mete en guerra alguna de las que usamos los hombres para humillar y hacer daño a los demás. Pero es sobre todo a los jóvenes a los que Benedicto XVI no deja en paz. Ya dijo al despedirse en la JMJ de agosto último: “El Papa ha venido (al IFEMA) a daros las gracias y se va pidiendo. Sí, así es. Esta es la misión del Papa, sucesor de Pedro”. Es que había dicho antes, tras dar las gracias a los voluntarios: “Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en la misión de anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esa inquietud, dejaos llevar por el Señor”.

Pues así es, queridos jóvenes. A vosotros que vivís en el corazón cultural y social de nuestro tiempo, que sois protagonistas de una dinámica histórica que a veces parece abrumadora, se os invita a la espera de Dios, a preguntaros: “¿Qué significa para mí la Navidad? ¿Es realmente importante para mi existencia, para la construcción de la sociedad? La cuestión de Dios, el sentido que tiene en la vida y en la historia, la paciencia, la constancia de la búsqueda de Dios, de la apertura a Él abre el horizonte del futuro del hombre a una perspectiva de esperanza firme y segura.

Ahora se le ocurre al Santo Padre escribir sobre el tema Educar a los jóvenes en la justicia y la paz. Nada menos. “Al comienzo de un Año nuevo, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz” (Mensaje, 1). Pero nos invita el Papa a abrir el año 2012 con actitud de confianza, aunque el año que terminó hace pocas horas haya aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo, a la economía. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.

Pero lo que pide el Papa, ¿es un simple ejercicio voluntarista en esta hora complicada? El Papa Benedicto no tiene nada de voluntarista. Cree en Jesucristo, el que se venido a nuestro barrio con nueva luz, que nada y nadie puede apagar. Sabe el Papa que el corazón del hombre y la mujer no cesa de esperar la aurora de la que habla el Sal 130, 6. Él afirma que se percibe de manera especial y visible esa aurora en los jóvenes, y por eso se dirige a vosotros, jóvenes, teniendo en cuenta vuestra aportación a la sociedad, convencido de que vosotros, con vuestro entusiasmo e impulso hacia ideales grandes, podéis ofrecer una nueva esperanza. ¿Estáis vosotros convencidos? –Somos pocos-, podríais decir. ¿Y eso os acobarda? ¿Hace falta que todos sean discípulos de Cristo para predicarles el Evangelio? ¿A quién predicaríais? Pero se trata de educar, algo que necesitáis los jóvenes.

El Papa se dije también a los padres, las familias y todos los estamentos educativos y formativos. Aquí no se salva nadie, pues Benedicto XVI alude igualmente a responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. ¿Cuál el contenido de esta educación a los jóvenes? Primero de todo, aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Bastante tiempo lleva la sociedad española perdiendo la vida en vanidades, vaciedades, en lo que la gente dice “disfrutar”, que es dilapidarla estúpidamente en el puro narcisismo o en un ocio cuanto menos nocivo que no lleva al bien común.

Ya sabemos que os preocupan a los jóvenes muchas cosas, entre ellas el recibir una buena formación para afrontar la realidad con más profundidad. ¿No queréis afrontar la dificultad de formar una familia, de contribuir un puesto estable de trabajo, de contribuir al mundo de la política, de la cultura y la economía, y edificar una sociedad con un rostro más humano? Yo confío en vosotros, pero no estoy dispuesto a ocultaros que hace falta sacrificio y mucho amor para que nueva civilización basada en el amor de Cristo emerja en nuestro mundo. No se trata de marketing ni de acciones llamativas. Es el esfuerzo, la oración, la gracia de tener un grupo con quien caminar, el apoyarse en la Iglesia comunidad de fe que nos da a Cristo; es el hogar de mi familia, de mi parroquia, de mi movimiento apostólico lo que hay que potenciar. Es, además, cuestión de vida o caer en el ostracismo, que el cristianismo sea o no posible en esta sociedad.

“¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia?”, se pregunta el Papa. Ante todo la familia. “En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro” (Discurso a los administradores del Lacio, del ayuntamiento y de la provincia de Roma, 14.01.2011). Es un hecho objetivo: en la familia se aprende todo esto; es difícil aprender en otro lugar, pues ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz. Esa es la mejor educación para la ciudadanía.

Ya sé que padres y madres no lo tenéis fácil y que son muchas las zancadillas y los obstáculos que la familia tiene que superar. El Papa en su discurso desea que los padres no se desanimen. Sabe las amenazas que se ciernen sobre tantos hogares, por el paro, las responsabilidades familiares, los ritmos de vida frenéticos, la difícil posibilidad de asegurar a los hijos los bienes más preciosos: su presencia benéfica en casa que permite compartir con sus hijos el camino, transmitirles esa experiencia y certezas que ellos poseen. El Papa, por ello, se dirige a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación y a los responsables políticos con unas palabras que quiera Dios que les lleguen y les ayuden en su enorme responsabilidad.

Pero a los padres les dice el Papa algo muy realista: que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica. Eso no cuesta mucho dinero, ni hay que hacer grandes inversiones. Nada serio podemos hacer en la Iglesia sin la familia, “iglesia doméstica”; por ello, nuestro Plan diocesano de pastoral girará, si Dios quiere, en torno a la evangelización desde la familia, según el modo de la Iniciación Cristiana. Pero también les dice a los jóvenes algo muy cierto: tener el valor de vivir ante todo ellos lo que piden a quienes están en su entorno. Tenéis la enorme responsabilidad de tener la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad, pues sois responsables también de la propia educación y formación en la justicia y la paz. Hay que exigiros y dejarnos ya de adolescencias que no llevan nunca a la madurez, porque ahí existe un camino de felicidad y no en la vagancia y en la renuncia a no renunciar a nada.

Pero, ¿qué es, en realidad, lo que quiere el Papa? En tres apartados concisos, concretos y sugerentes de su Mensaje Benedicto XVI, con su maestría, habla de “educar en la verdad y la libertad”, “educar en la justicia” y “educar en la paz”. Merece la pena que ustedes los lean, jóvenes, padres, educadores, presbíteros. Son los números 3,4 y 5 del documento. Yo lo he leído, pero considero que debo meditarlo despacio. Lo haré, si Dios quiere.

1. Para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. He aquí un tema muy querido por el Papa, pues es un tema muy de san Agustín: El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad capaz de explicar el sentido de la vida. Y esto es así porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Luego reconocer a Dios y creer en Él con acatamiento de fe no es una cosa rara, sino lo normal en el ser humano. ¿Será por ello que la educación consista en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano?

La auténtica libertad no es la ausencia de vínculos, no es el absolutismo del yo, como pretenden nuestros ilustrados progresistas. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él. El recto uso de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia quedan en palabras sin contenido, porque no hay posibilidad del perdón, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio.

2.- La tendencia en nuestro mundo a recurrir exclusivamente a criterios de utilidad, del beneficio y del tener, debilita el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos. Y debemos saber muy bien los cristianos que la justicia no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. De ahí que la visión integral del hombre abra para la justicia el horizonte de la solidaridad y del amor. ¿Dónde hemos llegado los humanos cuando hemos separado la justicia de la caridad y de la solidaridad? La ciudad del hombre no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes. ¿Para cuándo la gratuidad y la misericordia?

3.- Después de citar el nº 2304 del Catecismo de la Iglesia Católica, Benedicto XVI afirma: “La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo un don de Dios”. Pero cuando oímos “don de Dios” podríamos pensar que sólo Él tiene que actuar. No, la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Y para ser constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; ese es el vocabulario de la paz; y hemos de ser activos dentro de nuestras comunidades y atentos a despertar las conciencias sobre cuestiones nacionales e internacionales, así como la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos.

Al final el Papa os invita, jóvenes, a buscar la justicia y la paz, a cultivar el gusto por lo que es verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente. Por cierto, esto no es hacer “política” ni “meterse en política”. Cada uno es libre de realizar una actividad política en partidos o no; pero ya en Colonia en la JMJ de 2005 Benedicto XVI avisó: “No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad (…), mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino sólo el amor?”.

Lo que no vale es no hacer nada. Hay que hacer mucho. Y no os desalentéis ante las dificultades, queridos jóvenes, y no os estreguéis a las falsas ilusiones. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia; sois un estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, o sigue y os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a lo que todos debemos aspirar. Unamos nuestras fuerzas para “educar a los jóvenes en la justicia y la paz”.
 

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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