Esta Iglesia de
Toledo, que peregrina con Santa María hacia el encuentro con el Dios vivo
y verdadero, celebra hoy al santo Arzobispo Ildefonso, Patrono de la
Archidiócesis. Celebración gozosa, que convoca en esta Iglesia mayor
toledana a la Eucaristía en Rito Hispano-Mozárabe, que es parte importante
de la vivencia del misterio cristiano de la Liturgia en esta comunidad
diocesana. Felicidades, hermanos todos, en este día. Os pido a todos un
esfuerzo misionero por evangelizar, bajo la mirada atenta de Santa María,
Madre del Señor, que nos cubre con su manto, como se acercó a san
Ildefonso como muestra de predilección y de su defensa de la Virginidad de
la Madre de Dios.
En la Eucaristía, en
su celebración, Cristo está en medio de nosotros, la celebremos en Rito Romano,
de forma ordinaria o extraordinaria, o en Rito Hispano-Mozárabe. Ese núcleo de
la fe es lo importante. Sin Cristo, que realiza “acción de gracias” al Padre, al
hacer memoria de la obra de su salvación, renovando su sacrificio y anunciando
su resurrección y vida nueva, nuestras ceremonias no son nada y están
desprovistas de sentido. Pero nosotros sabemos que celebrar la Eucaristía que
nos dejó el Señor es fundamento de nuestra vida.La Liturgia Hispano-Mozárabe es
muy expresiva y nos conmueve su espíritu y su profunda espiritualidad. Así nos
dirigimos en esta Eucaristía, reconociendo que Jesús vino a salvar a los
pecadores y no a perderlos; acudimos, pues, a la omnipotencia divina para que
por los méritos de san Ildefonso nos limpie Dios de todo delito; él es abogado
nuestro ante Dios.
El que recita la
oración por la paz, ruega confiadamente que a los que aflige la carencia de
alimentos, veja la tribulación, abruman las enfermedades, a los que están
pasando tormentos, o cargados de deudas y sometidos a cualquier tristeza, a
todos, los libre la indulgente piedad del Señor. Es una hermosa oración, muy
adecuada para los momentos complejos que vivimos. Porque esa situación nos puede
atenazar por miedo. Los cristianos no podemos caer en ese miedo. Sí, el momento
actual está marcado lamentablemente por un profundo malestar y por diversas
crisis: económicas, políticas y sociales, que son su expresión dramática, que
golpea no sólo a las familias y empresas en los países económicamente más
avanzados, en los que ha tenido su origen, pero que golpea también profundamente
la vida de los países en vías de desarrollo. «No nos debemos desanimar –decía el
Santo Padre en su discurso al Cuerpo Diplomático, el 9 de enero 2012– sino
reemprender con decisión nuestro camino, con nuevas formas de compromiso. La
crisis puede y debe ser un acicate para reflexionar sobre la existencia humana y
la importancia de su dimensión ética…»
San Ildefonso tiene
que ayudarnos ante Jesucristo para que nosotros confiemos en la ayuda de la fe y
en las posibilidades que siempre se abren ante nosotros, si nos abrimos al
Evangelio y a su fuerza liberadora; también si anunciamos a Cristo y su
Evangelio a quienes no lo conocen; e igualmente si profundizamos en la gracia de
nuestra iniciación cristiana. Tal vez habíamos pensado –y lo seguimos pensando-
que sólo nos salvan las cosas, como si ellas nos dieran la felicidad. ¿Es esto
así?; ¿y no hay más, hermanos? Sabemos que necesitamos de las cosas temporales,
pero sin olvidar las eternas. Quisiéramos que la economía fuera mejor, pero ¿no
es ocasión de conseguir otras disposiciones del corazón que no nos alejen de
Dios y del amor al prójimo, o del bien común, la justicia y las cosas sanas y
buenas que tiene la vida?
«Acepta también,
Señor, –continúa la oración para la paz– las ofrendas de tus fieles y sana los
padecimientos de todos los enfermos; así, siendo tú nuestro médico, reciban la
plenitud de la salud, y ya curados, obedezcan siempre tus mandatos». Esto es, no
nos alejemos del que da sentido eterno a nuestra vida; por intercesión de san
Ildefonso, pedimos al Señor que nos alivie cuando enmendamos nuestras
costumbres, y nos reconforte su misericordia cada día.
Jesucristo hizo
confesor a san Ildefonso, y éste no se vio defraudado en la esperanza que
manifestaba en sus ruegos por su pueblo toledano, pues veía a Cristo en el
cielo, al que confesaba en la tierra con el corazón y los labios. Necesitamos
que no nos sintamos abandonados cuando nos golpean los acontecimientos de la
vida; que no nos dobleguemos bajo las dificultades, ni nuestras flaquezas nos
desarmen.
Este Arzobispo de
Toledo fue muy útil a su pueblo, por su doctrina, pero más por sus ejemplos y su
amor confiado a la Madre de Dios, Santa María. Con él acudamos a María con toda
confianza: "A ti acudo ahora, Virgen única, Madre de Dios; a tus pies me
arrodillo, cooperadora única de la Encarnación de mi Dios (…) Haz que ame la
gloria de tu virginidad; revélame la dulzura de tu Hijo; dame la gracia de
hablar con toda sinceridad de la fe de tu Hijo, y de saber defenderla (…) que
conozca a Jesús, por el mismo Espíritu que a ti te hizo conocer y concebir a
Jesús; que hable yo de Jesús, por el mismo Espíritu por el cual tú te declaraste
sierva del Señor; que ame a Jesús, por el mismo Espíritu por medio del cual tú
le adoras como tu Señor y le amas como Hijo tuyo; que obedezca, finalmente, a
Jesús con la misma sinceridad con que Él, siendo Dios, te obedeció a ti y a
José"... ¿No os parece una buena oración para disponernos al Año de la Fe que el
Santo Padre ha convocado? Dios nos conceda su gracia, hermanos.
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Braulio Rodríguez Plaza