Hoy, sobre el altar de la Catedral hemos celebrado y contemplado a nuestro
Señor Jesucristo. Hoy, hemos sido alimentados con el carbón del fuego de
su amor, a la sombra del cual cantan los coros angélicos. Hoy hemos oído
la voz poderosa y suave a la vez que nos dice: “Este cuerpo quema los
pecados e ilumina el alma de los hombres”, pues es Pan transmutado en el
Cuerpo de Cristo, y es cáliz transformado en su sangre. A este Cuerpo se
acercó la pecadora con todo el ardor de su alma, y fue liberada del barro
de sus pecados. Este Cuerpo, lo tocó Tomás y lo reconoció exclamando: “Mi
Señor y mi Dios”. El mismo Verbo de la Vida declaró: “Esta sangre ha sido
derramada por vosotros y entregada para la remisión de los pecados”. Hemos
bebido, hermanos míos, la sangre santa e inmortal; la sangre que fluyó del
costado del Señor, que cura toda enfermedad, que libera todos los
espíritus. Hemos bebido la sangre con la que hemos sido rescatados.
¡Mirad,
hermanos, qué cuerpo hemos comido! Desde antaño el pueblo de Toledo se ha
destacado por sacar al Dios encarnado por sus preciosas calles y plazas en
la Custodia. Como en tantos lugares, el templo se ha quedado pequeño para
tamaño misterio de la Eucaristía. Todos estamos aquí. Y nadie duda de que
seamos dignos de participar del don y hermosura de Cristo. Pero el Señor
nos pone algunas condiciones; siempre lo ha hecho: lo vemos en las
parábolas que Jesús narró para invitar a entrar en la sala del banquete
que Dios ha preparado a sus hijos: hay que aceptar la invitación, hay que
ir con el traje de boda. Quisiera, ante Ti, Señor Sacramentado, comprender
y hacer comprender las condiciones que Tú nos pones para disfrutar de tu
Presencia en la Eucaristía:
1.- La caridad
en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida
terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal
fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la
humanidad (Car. In Ver. 1). Hay que creer en la verdad de Cristo, en la
Verdad que es Cristo. No estamos ante palabras desvaídas o sin contenido:
se trata del desarrollo auténtico de la humanidad, de los hombres y
mujeres que pueblan este mundo. Este no lo impulsan únicamente las fuerzas
económicas o sociales, los planes diseñados sin alma, sin tener en cuenta
la dignidad única de la persona humana.
2.- El amor
–“caritas”- es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a
comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de
la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad
absoluta. (Ibid. nº 1). ¿Cómo vamos a tener fuerza para resolver los
problemas humanos, si los cristianos –por supuesto, también los no
cristianos- no contamos con Dios y nos creemos los dueños absolutos de
nuestras personas? La condición en este caso es creer que Cristo vale para
vivir una existencia digna del ser humano; no es un personaje más, del que
tomo ideas: o estamos con Él o contra Él.
3.- Jesucristo
purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y
la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de
vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad
en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación de
amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. (Ibid. nº1) No vale
decir que amamos a Dios, que Cristo nos interesa, si no vemos su rostro en
los empobrecidos, si no estamos preocupados por el sufrimiento concreto de
la gente, si la caridad no llega a cambiar mi actitud con mi dinero, con
mi tiempo, con mi esfuerzo por ser más justo.
4.- Por esta
estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como
expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia
fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter público.
Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida
auténticamente. (Ibid. nº 3).
El mundo ha renunciado a la verdad, no le interesa. La verdad tantas veces
no tiene relación con el negocio, o, mejor el negocio, el trabajo, la
empresa, mi carrera no interesa que se confronte con la verdad: la verdad
de las cosas, la verdad del hombre, la verdad de actividad política o
social. ¿Cómo llegaremos a una auténtica humanidad, si huimos de la
verdad?
5.- Sin verdad,
la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un
envoltorio vacío que se llena arbitrariamente. Este es el riesgo fatal del
amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las
opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y
que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. (Ibid., nº 3).
Todos tenemos una enorme capacidad para engañarnos a nosotros mismo en
tantos campos. Sabemos o entrevemos por dónde había que ir o cómo hacer,
pero nos refugiamos en opiniones para no actuar en conciencia. Sólo Jesús
fue capaz de no ser engañado por el Padre de la mentira; Él es veraz y
digno de fe. Quiere que seamos como Él.
6.- Sólo con la
caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir
objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El
compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico
desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras
relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal
con el bien (cf. Rom 12,21) y abre la conciencia del ser humano a
relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad. (Ibid. nº 9). Al
terminar de hablar de Ti, Señor sacramentado, en esta mañana en que te
acompañamos colocado en la Custodia, signo de amor y respeto a su Santo
Cuerpo y Sangre, quisiera recordarme a mí y recordar a cuantos formamos
esta procesión por nuestras calles que los cristianos sólo nos
arrodillamos ante Dios o ante este Santísimo Sacramento porque sabemos y
creemos que el verdadero Dios está presente en él; el Dios que creó el
mundo y que tanto lo amó que le dio a su Hijo Unigénito.
Nos postramos
ante un Dios que primero se inclinó hacia el hombre como Buen samaritano
para asistirlo y restaurar su vida, y que se arrodilló ante nosotros para
lavarnos nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo significa que
allí, en ese trozo de Pan, Cristo está realmente presente y da verdadero
sentido a la vida, al inmenso universo como a la más pequeña criatura, al
total de la historia humana como a la más pobre existencia. La adoración
no es un lujo, sino una prioridad. En la vida de hoy, a menudo ruidosa y
dispersiva, es más importante que nunca recuperar la capacidad de silencio
interior y del recogimiento. Como dijo san Agustín: “Nadie come de esta
carne sin antes adorarla (…), pecaríamos si no la adoramos” (Citado por
Benedicto XVI en Sacramentum caritatis, 66).
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Braulio Rodríguez Plaza