Año 2012

 

INICIO DEL AÑO DE LA FE

 

Homilía pronunciada en el Monasterio de Guadalupe

14 de octubre de 2012


 

Mis queridos hermanos: comenzamos en nuestra Archidiócesis el Año de la Fe. Lo hacemos en la celebración eucarística de este domingo, junto a Nuestra Señora de Guadalupe. Pero tenemos muy presente la apertura de este Año de gracia que hizo el Santo Padre el jueves pasado en Roma. ¿Por qué? Sencillamente porque no es casual que el jueves fuera 11 de octubre, día en el que hace 50 años comenzó el Concilio Vaticano II; por ello, tiene un significado particular. Y es que se nos da la oportunidad de retornar al acontecimiento del Concilio, que ha determinado la vida de la Iglesia del siglo XX y aún del siglo XXI. Sus enseñanzas en transcurso de estos decenios han incidido fuertemente en la vida de los católicos; creemos también que en los próximos años llevarán a nuestra Iglesia en el empeño de una nueva evangelización.De hecho, el Vaticano II ha querido ser un momento privilegiado de nueva evangelización. Desde el discurso de apertura del beato Juan XXIII, atravesando por toda la enseñanza conciliar, que surge de los 16 documentos que une el magisterio de Pablo VI, la idea fundante que mana del Concilio era “hablar de nuevo al hombre de hoy y de la importancia de la fe para su vida”. “He pensado –dice el Papa- que iniciar el Año de la Fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padre conciliares, según la palabras del beato Juan Pablo II, `no pierden su valor y su esplendor. Es necesario leerlo de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia…´ (NMI, 57)” (Porta Fidei 5).

Trataremos en este Año que hoy empieza para nosotros de estos asuntos. Ahora deseo, antes de comentar el evangelio de este domingo, hablar un poco de la fe, el objeto de este Año. Hermanos, Dios está cerca con la fe, es tu vecino, está en tu corazón. La “puerta de la fe” (cf. Hech 14,27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite entrar en la Iglesia, está siempre abierta para nosotros. ¿No es hermoso, hermanos? Pero tal vez alguno se pregunte: ¿qué es la fe? Muy sencillo: una relación con Dios, es conocer a Dios. ¿Conocer a Dios? Sí, porque la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino un don de Dios. Cristo dice a Simón Pedro: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 17)”. La fe –parece claro- tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos revela su intimidad y nos invita a participar en su misma vida divina. Impresionante. La fe entendida como fruto del amor de Dios a mi persona es una gracia, un don de Dios. ¿Cómo no valorar, pues, al ser humano, a las personas, si Dios da ese valor tan grande a cualquiera de nosotros o a cada uno de nosotros? ¿Has experimentado tú esta fe como gracia, regalo de Dios? Tal vez si no ha sido así, pueda ser que, para experimentar la fe como gracia, necesites aceptar antes la fe dentro de ti como un regalo, que te sirve para vivir. Porque el corazón es el que indica que el primer acto, con el que se llega a la fe, es regalo de Dios y acción de gracias que mueve y transforma la persona en su intimidad. “No quita Dios sino para dar –dice el nuevo doctor de la Iglesia san Juan de Ávila-, no hiere sino para medicinar, no derriba sino para levantar y, en fin, no mata sino para dar vida, y vida que nunca se acaba, por trabajos que muy prestos se pasan”.

“La fe no es simplemente la adhesión a un conjunto de dogmas completo en sí mismo, que apagaría la sed de Dios presente en el alma humana. Al contrario, proyecta la fe al hombre, en camino en el tiempo, hacia un Dios siempre nuevo en su infinitud. Por eso, el cristiano al mismo tiempo busca y encuentra. Precisamente esto hace que la Iglesia sea joven, abierta al futuro y rica en esperanza para toda la humanidad” (Benedicto XVI, Angelus 28.08.2005). Algo serio la fe, ¿verdad, hermanos? Sí, y además gratificante. Por eso, la fe da alegría. Es alegría, porque Dios está cerca y no son necesarias expediciones complicadas para llegar a Él, ni aventuras espirituales extrañas. Dios, repito, con la fe está cerca, vecino nuestro: está en nuestro corazón.
¿Pone Dios condiciones para la fe? Sin duda. La primera es permitir que nos donen algo, no ser autosuficientes, no hacerlo todo nosotros mismos, porque sencillamente no podemos sino abrirnos, conscientes de que el Señor dona realmente. Este es también el primer paso para recibir algo que nosotros no hacemos y que no podemos tener, aunque intentemos hacerlo nosotros mismos. Este gesto de apertura, de oración -¡Dame la fe, Señor!- debemos realizarlo con todo nuestro ser, sin ser tantas veces raquíticos y calculadores. La fe comporta, por ello, abrirse el hombre a la gracia del Señor; reconocer que todo es don, todo es gracia. Semejante tesoro está escondido en una pequeña palabra: “¡Gracias!”. Pero la fe cristiana es ante todo encuentro con Cristo, porque ella nos abre para conocer y acoger la verdadera identidad de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra como fuente de vida, para vivir una relación personal con Él; una relación íntima con Cristo que no permite abrir nuestro corazón a aquel misterio de amor y vivir como personas que se reconocen amadas de Dios. La fe cristiana no quiere sólo alguna información sobre la identidad de Cristo; supone una relación personal con Él y la adhesión de toda la persona, con la propia inteligencia, voluntad y sentimientos a la manifestación que Dios hace de sí Mismo.

La fe no es una teoría. Supone seguir a Cristo, porque fe y seguimiento del Maestro están en estrecha relación. Creer significa entrar en una relación personal con Jesús y vivir la amistad con Él, consiste en una relación basada en el amor de Aquel que nos ha amado primero, hasta el ofrecimiento total de sí mismo. Por eso, la fe crece, crece con el deseo de encontrar caminos concretos, realidades concretas y no abstracciones, porque éstas no nos llevan a una Persona, Jesucristo, que quiere entrar en una relación profunda de amor con nosotros que implica a toda nuestra vida. Por todo ello, el lenguaje de la fe tiene que ver con “abandonarse a Dios, o en Dios”, tener “certeza en ese Dios y Hombre verdadero”. Pero también se puede “perder la fe” y “ser incrédulos” o “pasar por noches oscuras” en pruebas diversas. Por ello, fe y oración están juntas, deben ir de la mano. Pero también es cierto que “La fe es siempre y esencialmente un creer junto con otros. Nadie puede creer por sí solo. Nosotros, los cristianos, creemos siempre en y con la Iglesia. Recibimos la fe mediante la escucha, nos dice san Pablo. Y la escucha es un proceso de estar juntos de manera física y espiritual. Únicamente puedo creer en la gran comunión de los fieles de todos los tiempos que han encontrado a Cristo y que han sido encontrados por Él. El poder creer se lo debo ante todo a Dios que se dirige a mí y, por decirlo así, enciende mi fe. Pero muy concretamente, debo mi fe a los que me son cercanos y han creído antes que yo y creen conmigo. Este gran “con”, sin el cual no es posible una fe personal es la Iglesia. Y esta Iglesia no se detiene ante las fronteras de los países” (Benedicto XVI, Homilía en Erfurt (Alemania) el 24.09.2011). Seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús solos. El que cede a la tentación de andar “por su cuenta” o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrara Cristo Jesús, o de acabar siguiendo a “una imagen falsa de Él”. Son palabras que hemos oído en la JMJ Madrid 2011 de labios del Papa.

Ahora bien, el discípulo de Cristo no sólo debe guardar la fe y vivir de ella en la Iglesia, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla. Evangelizar es una necesidad para nosotros. Ya dijo el Concilio: “Vivan <todos> preparados para confesar a Cristo ante los hombres y seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42). Las palabras de Cristo son muy claras: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32-33). El Señor pidió que rogáramos al Padre de los cielos que mande trabajadores a su mies. Hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas: padres, sacerdotes, religiosos, apóstoles laicos, catequistas, evangelizadores. Volvamos ahora la mirada a Cristo en la escena evangélica que ha sido proclamada en este día. La figura de Cristo es formidable: se le acerca un joven que tiene ansias de infinito, de vida eterna; Él no le halaga, le dice la verdad de la vida; le exige algo más que un cumplimiento rutinario de deberes religiosos: “vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. Como muchas veces pasa; como muchas veces nos pasa a nosotros, fruncimos el ceño y nos marchamos pesarosos porque “somos muy ricos”. ¿Muy ricos? Sí, somos ricos pobres o pobres ricos de nosotros mismos.
 

Los católicos debemos dar un paso adelante, dejarnos de componendas, conocer que la fe y el seguimiento de Cristo nos enriquecen sobremanera. Dejarnos de miedos y vivir esta alianza maravillosa, esta aventura increíble de la fe. No nos pesará, como nos decía san Juan de Ávila en las palabras antes citadas. Nosotros somos cristianos, hermanos. Por la fe María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería Madre de Dios en obediencia a su entrega. Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro. Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos. Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio. Por la fe, hombres y mujeres han consagrado sus vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones a favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación a los oprimidos y un año de la gracia del Señor. Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida, han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir a Cristo: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

¿Queréis seguir vosotros este camino de vida, que es Cristo? ¿Queréis seguir iluminado con vuestra vida a las personas de esta sociedad en las comunidades parroquiales, grupos apostólicos y asociaciones católicas en nuestros pueblos y ciudades? ¿Queréis seguir amando a María, Reina de Guadalupe, Madre del Señor y pedir al Espíritu Santo que nos proteja? Como tantos, a lo largo de los siglos, venimos ante nuestra Señora para ser fuertes y firmes en la fe, esa fe que, desde Guadalupe, llegó hasta América y Filipinas como regalo de Dios que antes Él nos dio y que no podemos retener sino anunciar en esta nueva evangelización. ¡Reina de Guadalupe, Señora y Madre de la Iglesia, no nos desampares! En ti confiamos.
 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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