Han pasado ya unos
días del anuncio por parte de Benedicto XVI de su renuncia al ministerio de
Obispo de Roma, sucesor de san Pedro, que le fue confiado y aceptado en
obediencia coherente del que sigue a Jesucristo el 19 de abril de 2005. Tal vez
ya hemos podido dar todos y cada uno de nosotros nuestra opinión sobre este
acontecimiento sin duda excepcional. Ya hemos escuchado y leído todo tipo de
interpretaciones de una amplísima gama de personas. ¡Cuántas opiniones! Es
normal. Pero, en mi opinión, conviene en esto buscar un punto de sabiduría
cristiana.
No creo que sea muy interesante entrar en ese debate sobre si están de acuerdo o
no con la decisión del Papa. Yo la acepto sin hacer juicios; es comprensible que
otros muchos la consideren desde otros prismas o ángulos o puntos de vista. Así,
son muchas las personas que sencillamente dicen: “El Papa es mayor, es bueno que
descanse”, sin duda con un sentimiento de benevolencia hacia el Santo Padre.
Otros especulan y nos dan otras versiones del hecho. Por supuesto que con
algunas de estas versiones estoy en total desacuerdo; con otras puedo en parte
sentir un cierto acuerdo o un gran acuerdo. Ciertamente las hay de todo tipo,
desde las disparatadas a las malévolas y positivamente negativas. Pero no quiero
encauzar por este camino mi reflexión.
Me parece a mí que muchas de las opiniones están hechas desde una consideración
del poder, desde la óptica del poder. Esa no es la consideración que Benedicto
XVI tiene del ministerio petrino; tal vez por ello, tantas consideraciones sobre
su renuncia no dan en el blanco. Ya en una catequesis en el año 2006 dijo el
Santo Padre: “La vida de la Iglesia es y sigue siendo de Cristo. Siempre es la
Iglesia de Cristo y no de Pedro”. El futuro es de Dios: ésta es la certeza de la
vida, dijo el Obispo de Roma a sus seminaristas hace muy pocos días. Pero no es
un pensamiento reciente en Joseph Ratzinger. En aquel libro-entrevista llamado
“Informe sobre la fe”, hace ya muchos años, sus palabras eran que sólo Cristo
puede salvar a su Iglesia:”Ésta es de Cristo, y a Él le corresponde proveer. A
nosotros se nos pide que trabajemos con todas nuestras fuerzas, sin dar lugar a
la angustia, con la serenidad del que sabe que no es más que un siervo inútil,
por mucho que haya cumplido hasta el final con su deber”.
Ahí está la firmeza de este Pontífice que hace de su renuncia un acto grande,
hermoso, testimonio de la confianza con la que Benedicto aceptó ser sucesor de
san Pedro y con la responsabilidad y amor a la Iglesia con la que ahora deja ese
ministerio/servicio. Yo no veo otra razón a la renuncia del Papa sino en su
convicción de que su Pontificado debía mostrar que la causa de Dios es la de la
verdad, la bondad y la razón, como confesaba un profesor de Teología en un
Diario madrileño el día 12 de febrero. Ha sido un caso, prosigue este profesor,
absolutamente claro y valiente de preeminencia de la verdad y la bondad sobre
supuestos intereses eclesiales. Muy lejos está esta consideración de la ha hecho
el economista Miguel Boyer (El Mundo, 14.02.2013, p. 17), que pretende probar
que Benedicto XVI, Papa intelectual, cree “en la filosofía, en la ontología, en
la ética, y en la metafísica. Es decir, en la religión de Kant”, pues en el
fondo el cristianismo es lo mismo que la Ilustración, con el “detallito ese de
que la razón se haya encarnado en un niño al que poder amar”.
Sencillamente no, señor Boyer. Sí es cierto, Benedicto XVI ha mostrado hasta la
saciedad que la religión en nuestro mundo no está reñida con la inteligencia ni
con el estudio; tampoco nuestro Dios es irracional ni fuente de irracionalidad
ni de la violencia. El Papa se ha opuesto a toda suerte de fundamentalismo
religioso. Pero la fe de Benedicto XVI está expresada en esa tal vez más
significativa frase de este Pontificado: “No se comienza a ser cristiano por una
decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con
una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello una orientación
decisiva… Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora
el amor ya no es sólo un "mandamiento", sino la respuesta al don del amor, con
el cual Dios viene a nuestro encuentro” (Deus caritas est, 1).
Por haber mostrado a todo el Pueblo de Dios este centro de la fe cristiana, por
su amor a todos, por su magisterio profundo y sencillo, yo doy gracias a nuestro
Dios y a su Hijo Jesucristo por este Papa; pero también a él, siempre dispuesto
a trabajar como humilde siervo de la Viña del Señor, que ahora ha decidido con
humildad que otro sucesor del apóstol Pedro venga a servir a todas las Iglesias
en la caridad de Cristo. Gracias Santo Padre.
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Braulio Rodríguez Plaza