Año 2015

 

SAGRADA FAMILIA 2015

 

Homilía pronunciada por el Sr. Arzobispo de Toledo en la

Santa Iglesia Catedral Primada el domingo 27 de diciembre de 2015

 

 

Queridos hermanos:

En el tiempo de Navidad, el domingo posterior a la solemnidad del Nacimiento de Jesús, celebramos el día de la Sagrada Familia de Nazaret. Tiene en cuenta la Iglesia que la familia es el núcleo fundamente de la sociedad. En palabras de Pablo VI, en su viaje a Tierra Santa en 1964: “Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable”. Las lecturas que hemos escuchado refuerzan la importancia de ser familia.

En la época de Jesús, como nos narra el evangelio de este día, había tres grandes peregrinaciones anuales a Jerusalén, coincidiendo con las tres grandes fiestas del judaísmo: Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos; muchos judíos de la Diáspora, que vivían fuera de Palestina, venían también a Jerusalén por tierra y por mar a celebrar estas fiestas. Las peregrinaciones se preparaban con una instrucción al pueblo y una colecta de los fondos necesarios; luego la fiesta transcurría entre sacrificios rituales, oraciones y regocijos populares. La ascensión a Jerusalén, al igual que el regreso, se hacía en forma de caravanas. Es precisamente a causa de tales caravanas, cuya disciplina no era ni mucho menos rígida, como se explica el episodio que nos narra el evangelio de hoy: un niño podía fácilmente desaparecer, sin ser echado en falta por sus acompañantes hasta el primer lugar de reunión, al fin de la jornada. Y la religiosidad de estas marchas se expresa bien en los Salamos llamados “de las subidas” (Salmos 120-134), que se cantaban durante el camino y que expresan el gozo de participar en el culto y formar parte del pueblo elegido, la seguridad y la confianza en Dios que ha escogido el Templo como morada, y el amor a Jerusalén. En la piedad de una fiesta hubo de participar con frecuencia la familia de Jesús, como toda familia piadosa de Palestina.

Existe, pues, un dato muy a tener en cuenta por los cristianos: Jesús nació en una familia. Contemplad, queridas familias, esta escena de la Sagrada Escritura: os ayudará a redescubrir con alegría vuestra vocación de padres, madres, esposos e hijos. Cada familia cristiana como hicieron María y José puede acoger a Jesús, escucharlo, hablar con Él, crecer con Él; y así mejorar el mundo, que falta le hace. Una gran misión de la familia cristiana es dejar sitio a Jesús que viene, acoger a Jesús en la familia, en la persona de los hijos, del marido, de la esposa, de los abuelos… Jesús está allí. Acogerlo en la familia, para que crezca Cristo en vuestra familia.
“Yo me pregunto –dice el Papa Francisco el 15 de abril de 2015- si la así llamada “ideología de género” no sea también expresión de una frustración y de una resignación, orientada a cancelar la diferencia sexual porque ya no saber confrontarse con la misma. Sí, corremos el riesgo de dar un paso atrás. La remoción de la diferencia, en efecto, es el problema, no la solución. Para resolver sus problemas de relación, el hombre y la mujer deben en cambio hablar más entre ellos, escucharse más, quererse más. Deben tratarse con respeto y cooperar con amistad. Con estas bases humanas, sostenidas por la gracia de Dios, es posible proyectar una unión matrimonial para toda la vida”. Y es que el vínculo matrimonial y familiar es algo serio, y lo es para todos, no sólo para los creyentes. La desvalorización de la alianza estable y generativa del hombre y la mujer es ciertamente una pérdida. Por ello, concluye el Papa: “¡Tenemos que volver a dar el honor debido al matrimonio y la familia” (29 de abril 2015).

Pero, ¿no te preocupan las familias que por doquier se rompen, y, además en continuo crecimiento? A mí, mucho. Pienso que a nuestros responsables políticos y sociales no les preocupa tanto el dato, cuando con tanto ahínco han luchado para que se implante el llamado “divorcio exprés”. ¡Ah!, pero sí están preocupados por los asesinatos violentos, masivamente cometidos por varones contra mujeres: esposas, exparejas de hecho, en unión afectiva o recién divorciadas de ellos. A mí también me preocupan esos asesinatos. Pero no me parece que se los deba denominar simplemente “violencia de género”. Me apena, porque veo que casi lo único que hace nuestra sociedad y, en ella, nuestras autoridades es manifestarse y declarar que hay que endurecer las leyes y la prevención contra estos asesinos. Me parece bien, pero cuando ha aparecido cómo tratar este problema en los programas electorales de los partidos, me quedo asombrado. ¡Tan poco conocemos al ser humano, hombre y mujer!

Por muy buenas leyes que existan o salgan de nuestros parlamentos, el ser humano es interioridad y poco se puede hacer si no se cambia por dentro. Dice Jesús: “Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro: lo que hace impuro al hombre (…) Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad” (Mc 7, 14-15, 20-22). Las leyes positivas, ¿pueden sin más cambiar ese corazón? Sinceramente no lo creo; a lo más cohibirán a algunos en sus propósitos asesinos.

La mayor parte de las mujeres que mueren lo son por sus maridos que no las aceptan, las rechazan por no aceptar tal vez sus imposiciones; o por su expareja, o también por el que convivía con ella; frecuentemente la reacción machista tiene su origen en que ella ha pedido la separación. Estupendo que esas mujeres amenazadas lo digan y haya posibilidad de evitar el crimen con nuevos mecanismos de alerta. Pero el problema serio radica en que en esas parejas no ha habido verdadero matrimonio. Dejémonos ya de las zarandajas que la “ideología de género” enturbia. Cuando digo que no hay verdadero matrimonio, no estoy pensando sólo en el matrimonio canónico; también en el civil, ante el representante del Estado. No pienso en otro de tipo de uniones afectivas, donde casi lo único que les une es lo físico, lo genital y poco más.

¿Cómo se puede pensar en una relación personal entre hombre y mujer sin las más elementales disposiciones para vivir en común? Entrar en la vida del otro o de la otra, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueva la confianza, el respeto y el amor; estas cualidades cuando es más íntimo y profundo el afecto, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar. No digamos la necesidad de dar gracias al otro o a la otra por lo que cada uno hace en favor del otro. O pedir con frecuencia “perdón”. Palabra difícil, pero necesaria, para que las pequeñas grietas no sean fosas profundas.

Sé que son muchas más las familias que viven su matrimonio sanamente, con sus dificultades, sus altibajos, pero venciendo la rutina y comenzando cada día de nuevo algo tan grande como es la familia. Pero sería deseable que hubiera entre nosotros una cultura más proclive a la familia.” Dios ha confiado a la familia el emocionante proyecto de hacer doméstico el mundo. Precisamente la familia está al inicio, en la base de la cultura mundial que nos salva; nos salva de tantos, tantos ataques, de tantas destrucciones, de tantas colonizaciones, como la del dinero o de las ideologías que amenazan tanto al mundo. La familia es la base para defenderse” (Papa Francisco, Audiencia general de 16.9.2015, catequesis final sobre la familia)..

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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